Desencantada

Laura Franceschi En la década de los ochenta (del siglo veinte recién pasado) viajé dos veces a Nicaragua como integrante del Secretariado Internacional de Solidaridad Cristiana con América Latina (SICSAL). Los miembros de esa organización veíamos con entusiasmo al gobierno sandinista. Personalmente, creí que aquel proyecto revolucionario representaba la esperanza de un pueblo, que durante […]

Laura Franceschi

En la década de los ochenta (del siglo veinte recién pasado) viajé dos veces a Nicaragua como integrante del Secretariado Internacional de Solidaridad Cristiana con América Latina (SICSAL). Los miembros de esa organización veíamos con entusiasmo al gobierno sandinista. Personalmente, creí que aquel proyecto revolucionario representaba la esperanza de un pueblo, que durante cuarenta años había padecido una de las peores dictaduras de América Latina. Era conmovedora la alegría del pueblo. Nosotros volvíamos orgullosos a nuestros países a testimoniar lo que habíamos visto.

En aquellos tiempos éramos recibidos por los comandantes de la revolución, y creíamos en ellos a pesar de las dudas que despertaban estos líderes en los medios políticos franceses, que no creían en ellos. Muchas veces, los que nos sumamos a la solidaridad fuimos tachados de ingenuos.

No volví a Nicaragua por razones familiares. Pero siempre estuvo en mí el deseo de regresar y compartir con muchos amigos que tengo en este pueblo el desencanto vivido en esos años. Desilusión que todavía hoy, 15 años después, sigue latente. Me quisiera equivocar, pero creo que los medios de comunicación no mienten cuando reportan que tres personas han muerto envenenadas por el Nemagón y, lo que es peor aún, que una gran parte de los trabajadores afectados por el pesticida todavía siguen reclamando frente a la Asamblea Nacional, donde casi la mitad de los 91 diputados son del partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), antiguo defensor de las causas populares.

Es triste saber que en Nicaragua los hospitales no tienen medicamentos y que la gente se muere por falta de atención, que hay decenas de niños pidiendo en los semáforos. Uno no se imagina que en este país un maestro sobrevive con un sueldo mensual de 65 dólares. No entiendo cómo pueden acostarse con sus conciencias tranquilas los líderes sandinistas, ahora convertidos en grandes empresarios y latifundistas. No puedo dejar de pensar en otra noticia que vi durante mi estancia en Nicaragua, en la que se señala al comandante Borge de vender terrenos en varios millones de dólares. ¿Dónde quedaron todos esos ideales? ¿Dónde, toda esa ilusión que tanto albergó este valiente y querido pueblo?

Quiero terminar enviándole un saludo al pueblo nicaragüense, tan pobre y tan sufrido. Saludo también con mucha fraternidad a los amigos nicaragüenses que lucharon a favor del pueblo en aquel entonces, y siguen con él; a todos estos amigos que me abrieron las puertas de su casa y de su corazón.

Hasta la victoria siempre.

Hermana Dominica de Francia

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