Ecuador: urge que actúe la OEA

Alberto L. Alemán Aguirre La caída del presidente Lucio Gutiérrez, fuera del juego de poder como un hecho consumado, cerró un capítulo más de la larga historia de inestabilidad de Ecuador y abre cuestiones fundamentales para el futuro de la democracia en el continente americano. Gutiérrez es el cuarto Presidente que no termina su período […]

Alberto L. Alemán Aguirre

La caída del presidente Lucio Gutiérrez, fuera del juego de poder como un hecho consumado, cerró un capítulo más de la larga historia de inestabilidad de Ecuador y abre cuestiones fundamentales para el futuro de la democracia en el continente americano.

Gutiérrez es el cuarto Presidente que no termina su período desde el retorno de la democracia en 1979 y el quinto en el lapso de ocho años. El mismo ex general tuvo una gran parte de responsabilidad en el derrocamiento de Jamil Mahuad en el año 2000. Ahora fue su turno de salir a toda prisa, escapando a la furia popular y una venganza de sus enemigos políticos. Con suerte, pronto podría estar en Brasil, donde se la ha dado asilo político.

Su partida y la instalación del nuevo gobierno que aún no recibe el reconocimiento oficial de Estados Unidos y de otros países del hemisferio, son solamente una salida parcial a la reciente crisis, que comenzó desde finales del año pasado.

Evidentemente, el pequeño país sudamericano —que por momentos parecía estar a punto de caer en la anarquía— amerita una pronta y eficaz intervención de la Organización de Estados Americanos, que ha invocado los mecanismos de la Carta Democrática Interamericana.

“Si no aplicamos la Carta Democrática en el caso de Ecuador, creo que sería mejor cerrar el local de la OEA y colgarle un cartel de: ‘Se alquila’”, dijo un embajador latinoamericano hablando bajo condición de anonimato, según reportó la prensa internacional.

En parte influenciado por la vuelta a la calma de las calles ecuatorianas y por las declaraciones del embajador de Quito en el organismo, éste pospuso la adopción de una resolución sobre la situación ecuatoriana, pasándola para hoy. El embajador ecuatoriano Marcelo Hervaz negó que se haya producido una ruptura constitucional y sólo se sustituyó —dijo— a un Presidente que había abandonado el cargo.

Sin embargo, el principal motivo de esta suspensión es la falta de claridad en cuanto a importantes detalles de la destitución de Gutiérrez por el Congreso, y porque muchos gobiernos no saben aún cuál postura adoptar en el caso.

Se abren aquí interrogantes importantes: ¿Hubo o no ruptura del orden democrático constitucional? ¿cómo se comprobó el “abandono” del cargo por el Presidente Gutiérrez? ¿qué papel real jugaron unas Fuerzas Armadas que supuestamente deben ser obedientes al poder civil?

Algunas de esas dudas fueron expresadas por el representante de Panamá y el embajador de Perú. Este último destacó que no se podía pretender que no había pasado nada y dar un cheque en blanco al nuevo gobierno. Hasta ayer, “se trabajaba” con el equipo del recién designado mandatario Alfredo Palacio, pero no había reconocimiento diplomático.

Lo que diga la OEA, la decisión que adopte, tendrá consecuencias de largo alcance, pues se sentará un precedente en la práctica del Derecho Internacional que traerá efectos políticos en el continente.

Dada la inestabilidad y el descontento social en países como Bolivia y Nicaragua, dos ejemplos muy concretos de países crónicamente en desasosiego, un escenario similar al de Ecuador no es descabellado. Como se proceda en Ecuador, así se podrá proceder en el futuro en otras naciones.

Por estas razones, es muy urgente que la OEA adopte finalmente una posición y establezca si realmente hubo o no una ruptura democrática. Si eso sucederá hoy, está por verse. Es factible y dentro de las competencias de la organización, enviar una misión que reconozca la situación y que trate de establecer cómo se llegó a la expulsión de Gutiérrez.

La salud de la democracia en Latinoamérica lo necesita.

Pero no todo es malo con la salida del Presidente centro- izquierdista.

Un elemento realmente positivo fue la insurrección popular que forzó su salida, porque ésta halla su origen en el profundo hastío del pueblo con la corrupción de los politicastros y los abusos autoritarios del gobernante.

Gutiérrez irrespetó la independencia de poderes, anulando una Corte Suprema no afín y colocando a jueces favorables a él que, para remate, anularon los juicios por corrupción pendientes contra el rocambolesco ex Presidente Abdalá Bucaram, “el loco”. Eso entre otras cosillas. Libró además una permanente guerra con sus adversarios políticos.

El pueblo tuvo suficiente de crisis económica y de la falta de interés de políticos corruptos más interesados en librar sus miserables batallas personales, en repartirse puestos y sacar provechos personales. Dijo “¡Que se vayan todos!”, tomó las calles y mostró su furia dirigida a toda la clase política. Cuánta fuerza tiene un pueblo para cambiar las cosas. Eso lo sabemos en Nicaragua.

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