“La madrugada del 26 de febrero, cuando Daniel reconoció la derrota electoral en el discurso más memorable de su vida, dijo que habíamos nacido pobres y volvíamos a la calle pobres. Todos lloraban al final de ese discurso, hasta los camarógrafos de las cadenas norteamericanas de televisión. Era Jorge Navarro el que volvía a la calle, sin un peso en la bolsa para tomar un taxi.
Pero la operación que habría de demoler todo aquel código de reglas estrictas empezó poco después, bajo el amparo de una justificación estrictamente política, que fue la primera carga explosiva colocada en la base del muro de contención: el sandinismo no podía irse del Gobierno sin medios materiales, porque significaba su aniquilamiento. El FSLN necesitaba bienes, rentas, y había que tomarlos del Estado antes de que se cumplieran los tres meses de la transición.
Se dio entonces una transferencia apresurada y caótica de edificios, empresas, haciendas, participación de acciones, a manos de terceros que quedaban en custodia de esos bienes para pasarlos luego al FSLN, que terminó recibiendo casi nada. Muchas nuevas y grandes fortunas, muchas de ellas tan odiosas como las que por rechazo inspiraron el código de conducta de las catacumbas, nacieron de todo lo que se quedó en el camino. Y cuando se firmaron los Acuerdos de Concertación Económica con el nuevo Gobierno, en agosto de 1991, a cambio de consentir el plan de ajuste monetario y la privatización de las empresas del Estado, el FSLN obtuvo que una cuarta parte de esas empresas pasara a ser propiedad de los sindicatos sandinistas. Pero fueron los dirigentes de esos sindicatos los que vinieron a quedarse con todo, y entraron también a la lista de los nuevos ricos.
Todo eso fue la “piñata”, un término que matriculamos en el mundo, para desgracia nuestra, junto con el término “Contra”, los dos que mejor han sobrevivido al sandinismo. Los términos “muchachos” y “compañero”, “compa”, “compita”, se perdieron. La “piñata” no fue la transferencia justa de miles de viviendas y terrenos del Estado, mediante las leyes 85 y 86 a las familias que las habían habitado por años como inquilinos, y de fincas a beneficiarios de la Reforma Agraria que aún no tenían sus títulos en regla; unas leyes tan justas, que aún para los antiguos dueños expropiados se establecía una indemnización….
Mil veces peor que la derrota electoral fue la “piñata”. Esa operación de demolición que hundió, antes que nada, una opción de conducta frente a la vida, aún no ha terminado. Porque quienes lejos de las catacumbas defienden ahora una cuota de poder político dentro del sistema que de nuevo se reconstituye como fue antes, cada vez encuentran más difícil renunciar al poder económico o dejar de multiplicarlo. Ésta ha sido la verdadera pérdida de la santidad”.
* Tomado del libro Adiós Muchachos, una memoria de la Revolución sandinista, del escritor Sergio Ramírez Mercado.