El garífuna: la lengua amerindia de los caribes-negros de Nicaragua

Jorge Eduardo Arellano

Recurriendo a conocidas autoridades nacionales y, sobre todo, extranjeras, abordaré una de nuestras lenguas étnicas moribundas, si no del todo muerta: el garífuna. Su filiación lingüística corresponde al tronco Macro-Arawaco, procedente del macizo de las Guayanas, que se dispersó por las Antillas Menores y Mayores (Arrivillaga, 1992: 157). Según Eduard Conzemius, tuvo su origen en San Vicente, una isla de las Antillas Menores, de Barlovento —con una extensión de 388 kilómetros cuadrados— y fue adquirida por los esclavos africanos establecidos allí, a finales del siglo XVII, al mezclarse con las mujeres caribes, adoptar su lengua y establecer sus propias familias.

Denominada también garífuno (en Honduras, Guatemala y Belice), y alguna vez “garíf” en Nicaragua, consiste en la única lengua amerindia hablada por un grupo afrocaribeño, específicamente llamados Caribes-Negros para diferenciarlos de los Caribes-Rojos. Este otro pueblo había surgido del cruce de indígenas caribes, o habitantes originarios, con los arawak o arahuacos, trasladados desde la América del Sur en sucesivas migraciones que se remontan, según Margarita Toix (1975: 4), a los años 160, 410 y 1000 d.C. Los Caribes-Rojos vivían en San Vicente cuando los africanos, quienes habían arribado en dos barcos negreros que naufragaron entre 1664 y 1670, trataron de esclavizarlos; pero los Caribes-Negros se resistieron, logrando huir a las serranías nororientales de San Vicente, donde fundaron comunidades cimarronas (Idiáquez, 2001: 14)

Los Caribes-Negros permanecieron enfrentados a los Caribes-Rojos. Esto condujo a que cada grupo se aliara con una de las dos potencias coloniales que se disputarían San Vicente durante el siglo XVIII. Los primeros se unieron a las tropas francesas; los segundos, a los ingleses. En febrero de 1763 se firmó el Tratado de París entre Inglaterra y Francia, por el cual oficialmente los franceses entregaron la isla de San Vicente a los ingleses, privando a los Caribes-Negros de los derechos sobre ella y convirtiéndolos en insurrectos. En 1779 los franceses arrebataron San Vicente a los ingleses que vencieron a sus enemigos europeos y a los Caribes-Negros 17 años después; así decretaron la deportación de éstos a una de sus posesiones frente a Honduras: la isla de Roatán, adonde arribaron en abril de 1797.

Tras residir allí algún tiempo, fueron invitados por algunos comerciantes y colonos españoles, “quizás por verlos tan industriosos”, a poblar Truhillo, puerto de la tierra firme, en cuyos alrededores formaron las comunidades de Girica, Naraguri y Bayaire, nombres que poseían en San Vicente. Y a partir de 1832, tras sufrir penurias y trabajos, algunos decidieron emigrar a Nicaragua, llegando a la zona de Laguna de Perlas. José Sambola fundó su primer pueblo, al que llamaron San Vicente, ubicado en la desembocadura del río Wawashán y del que hoy día sólo quedan tres casas (Alemán Ocampo, 1981: 14). La misma fuente afirma que entonces sumaban 1,500 distribuidos en tres comunidades al noroeste de Laguna de Perlas: San Vicente (de nuevo), Orinoco y La Fe; que entre ellos se llamaban Trujillanos y usaban nombres y apellidos españoles.

En su investigación musicológica sobre el Walagallo (práctica cultural de los Caribes-Negros), el cubano Idalberto Suco Campos lo comprobó al identificar, entre sus 21 informantes de más de sesenta años, diecisiete de ellos con los apellidos Estrada, Fernández, García, Llanes, Martínez, Núñez, Pérez y Velásquez (1987: 100). Por su parte, el ya citado Idiáquez —autor de un completo estudio antropológico— informa que los garífunas de Nicaragua son 2,500 y viven en tres principales poblados: La Fe, Orinoco y Marshall Point. Además, sostiene que en el Wallagayo ellos fusionan el culto a sus ancestros con el cristianismo en su versión católica, sincretismo que data del intento de conversión emprendido por misioneros franceses en San Vicente a mediados del siglo XVIII.

El mismo Idiáquez también informa que en 1860 había población garífuna cerca de la ciudad y puerto de Greytonwn (San Juan del Norte). En 1871 el francés Pablo Levy, quien los había localizado en la cuenta de Laguna de Perlas, rescató un corto vocabulario de su lengua (71 palabras más los primeros diez numerales) y tradujo al español un canto —ritual y reiterativo— que terminaba con una invocación a la luna, incorporado por Arellano (1976: 83-84) a sus 25 poemas indígenas de Nicaragua y que vale la pena transcribir en su parte central: “El que ha dicho que el sol era alegre no ha mentido, /porque sin el sol, es la noche, /y la noche es triste, /puesto que a favor de su sombra, todos los seres malignos se deslizan hacia sus víctimas…”

Walter Lehmann (1920) rescató otros tres textos orales de esta etnia: Entierros, Siembra de suya y Construcción de casas, traducidos al español por Willibald Fredesdorf. El último dice: Cuando alguien quiere construir una casa, /se marcha al bosque a cortar madera. /Cuando termina de cortar la madera, la lleva /y la deposita cerca de donde vive para trabajarla. //Cuando termina de trabajar la madera, /comienza a cobar hoyos en el suelo /para poner los horcones: los introduce /en los hoyos y los llena alrededor con tierra. //Toma una vara y apelmaza la tierra alrededor /de cada horcón //Ata con bejucos largas varas de madera /en los extremos de los horcones y vigas en cruz /a las puntas de las varas largas. //Las vigas en cruz se llaman bayarakua. /Se va, corta otras varas para atarlas en sus /puntas y formar con ellas el techo. /Y cubre las varas con hojas de musiere”.

Un nativo de la Costa Caribe en Nicaragua ha descrito las características somáticas del garífono, eminentemente africano: “labios abultados, tez negra con una apariencia seca y dura, pelo ensortijado, ojos negros penetrantes y facciones toscas. Mantienen conciencia de grupos y espíritu de comunidad” (Rojas Smith, citado por Moncada Colindres, 1976).

Pero ha sido Atanasio Herranz (1996: 465-480) quien ha descrito el sistema fonético-fonológico de esta lengua en Honduras, país donde los garífunas han contribuido a la formación de la llamada “Cultura nacional” y es la etnia más numerosa del área centroamericana (77,000 habitantes), siguiéndole Belice (11,000) y Guatemala (4,000). “Los garífunas han logrado tener un buen número de profesionales con estudios universitarios y han ocupado puestos de dirección en el Gobierno y en la empresa privada. Sus manifestaciones culturales, como la música y la danza, son reconocidas…” (Herranz, 1996: 457). Lo mismo no puede decirse de los miskitos ni de los garífunas. Aquí sólo un nativo de esta etnia —por cierto de apellido Sambola, el del fundador— ha ingresado a la orden capuchina.

El trabajo más reciente sobre los asentamientos garífunas en la plataforma continental de Centroamérica y en las islas de la Bahía lo realizó el geógrafo estadounidense William Davidson (1982: 129-141), quien abarca y estudia 53: siete en Belice, una en Guatemala, 43 en Honduras y dos en Nicaragua. Salvador Suazo, autor de una Gramática garífuna (1989), observa que esta lengua ha sido penetrada por varias europeas, sobre por el francés. Una muestra clara es el sistema de enumeración y, desde luego, el léxico. Los galicismos (como “budún” derivado de “bouton” en francés, botón en español) superan a los hispanismos (el español es la segunda lengua que más ha influido en el “garífuno” de Honduras) y a los anglicismos como “haiwata” de high water (marea alta) y “yomani” de young man (hombre joven).

El abecedario “garífuno” consta de 23 letras o grafías y de 23 fonemas o sonidos. Tiene seis vocales: /a/, /e/ y /o/ (fuertes), /i/, /u/ (débiles), y /ü/ (vocal gutura-dental). Carecen de las consonantes /c/, /j/, /v/, /x/, y /z/. El fonema velar oclusivo [k] no tiene restricciones ni en sílaba inicial ni en sílaba medial, pero aparece en muy pocas palabras en sílaba final, la mayoría préstamos, p. ej., “kaliki”: polvo. Otro de los textos rescatados por Lehmann se titula Entierros y comienza: “Binaru kiláluba aba karífuna, uha bunáhai lubuyékua. /Kuliha kilákua aba, balnikuti wa bunáhai” (“En tiempos pasados, cuando un caribe moría, lo enterraban en su propia casa. /Ahora, cuando alguien muere, lo entierran afuera”)…

El “garífono” de Nicaragua ya está casi extinto. Durante los años noventa sus hablantes no eran más de una docena (Salamanca, 1999: 75), habiendo perdido su lengua a favor del inglés criollo (otros muchos, además, hablan español). Esto se debió, esencialmente, a la persistente labor de los misioneros moravos que implantaron su religión, costumbres y lengua (el inglés criollo). Mas, desde abril de 1976, tres de sus miembros —Frank López, Pedro Martínez y Julio Velásquez— afirmaban que la pérdida de su dialecto obedecía a la burla que del mismo hacían los de habla inglesa, o creole, enfatizando que era “una jerigonza chocante” (Moncada Colindres, 1982: 65). Por su parte, Levy (1873: 297) sostenía que nuestros Caribes-Negros hablaban entre sí “con un tono melancólico, monótono y sordo, pero precipitado”.

El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí