Los duros días de vivir sin Papa

Una vez que fallece el Vicario de Cristo en la Tierra, existe un período de tiempo, normalmente tres semanas, hasta la elección del nuevo Pontífice, en el que millones de fieles católicos sufren una angustia vital por la ausencia de su figura más emblemática María Jesús RibasEFE REPORTAJES En el momento en que el representante […]

  • Una vez que fallece el Vicario de Cristo en la Tierra, existe un período de tiempo, normalmente tres semanas, hasta la elección del nuevo Pontífice, en el que millones de fieles católicos sufren una angustia vital por la ausencia de su figura más emblemática

María Jesús RibasEFE REPORTAJES

En el momento en que el representante de San Pedro deja de existir, se pone en marcha un mecanismo que finalizará con la elección del nuevo representante de Dios en la Tierra y que dura casi tres semanas, durante las cuales millones de católicos se encuentran huérfanos en cuerpo y alma de su máximo pastor.

Los quince días que, como mínimo, median entre la muerte del Papa y el Cónclave cardenalicio destinado a elegir al siguiente, sirven para que los cardenales intercambien impresiones y elijan al nuevo Papa y también para que los fieles pongan sus sentimientos y pensamientos en orden.

Después que el Cardenal Camarlengo, Jefe de Estado interino del Vaticano en período sede vacante, certifica oficialmente el óbito papal, se inician los funerales que duran 9 días. El entierro se producirá entre la cuarta y sexta jornada.

Dos semanas después de la muerte y nunca más allá del día veinte, comienza el Cónclave que permite a los cardenales elegir al sucesor en un proceso que suele durar 2 ó 3 días, aunque en teoría podría tardar hasta 15.

RELEVANCIA HISTÓRICA DE LA RELIGIÓN

Los fieles viven el período de “sede vacante” de distintas maneras con su mente y su corazón. Para responder a estos interrogantes, hay que entender exactamente qué representan la religión y el Papa para sus fieles.

Los psicólogos coinciden en destacar la enorme relevancia que ha tenido a lo largo de toda la historia de la Humanidad la religión, “cuya esencia es lo sagrado y a la cual se accede desde el sentimiento y no desde la racionalidad”.

Casi todos sentimos la necesidad de reconocer la existencia de un poder superior y establecer un vínculo con él, dando así, un profundo sentido y una nueva dimensión a nuestra vida.

Las religiones han ejercido una gran influencia en todos los ámbitos culturales de las distintas civilizaciones, con efectos en la filosofía, la sociología, el arte, la economía o la literatura.

El cristianismo es un fenómeno religioso, histórico y cultural de tales proporciones que se ha convertido en la religión más importante del mundo en cuanto a número de seguidores.

Para los católicos, Jesucristo es el Mesías, encargado de anunciar a todos la existencia de un reino celestial. Su doctrina encierra un profundo mensaje religioso y social al predicar la humildad, la pobreza, el amor, el perdón y la justicia.

Para los cristianos, Jesús es Dios y Hombre verdadero, el profeta enviado por su Padre para predicar la salvación eterna a toda la humanidad y formar una sociedad humana y espiritual: la Iglesia.

LÍDER Y SUCESOR DE SAN PEDRO

En ese contexto, ¿qué representa para los católicos el Papa? Según la doctrina católica, el Sumo Pontífice es el sucesor directo de Pedro y el representante de Jesucristo en la Tierra, la cabeza visible de la Iglesia Católica. Los católicos creen en Dios, siguen la doctrina de Cristo y obedecen a los Padres de la Iglesia.

Para los fieles, el Papa posee la supremacía absoluta; su autoridad procede directamente de Dios y es el dirigente de todas las instituciones eclesiásticas.

En materia de fe y moral, los católicos consideran dogma de fe las declaraciones del Padre Santo cuando habla como maestro y pastor de la Iglesia y están exentas de error, ya que está investido de la infalibilidad que Cristo quiso conceder a su Iglesia.

Según los psicólogos, la figura del Papa es emblemática en cuanto a su liderazgo. Posee rasgos de personalidad propias de un gran líder carismático capaz de guiar y mantener unidos a millones de católicos en una sociedad cada vez más hostil, con el fin de lograr la paz y prosperidad en todo el mundo.

El Papa es la figura de referencia positiva que poseen los católicos para enfrentarse con el vigor suficiente a la privación de los derechos y libertades, a la injusticia y a la guerra, que nunca son soluciones a los problemas de la sociedad.

Pero el Papa no es un mero líder carismático que se caracteriza por su influencia sobre el grupo, un simple gestor que programa, reparte bien el trabajo y refuerza los resultados obtenidos, ni tampoco es un directivo cualquiera

Es el Papa de la humildad y el perdón, el líder espiritual por excelencia, que mueve a sus seguidores más allá de sus rendimientos normales, y busca unir a las iglesias cristianas.

PROVEER INSPIRACIÓN

El Pontífice combina una serie de características como la predicación con el ejemplo, la visión, la inspiración y la contemplación, todas las cuales motivan a sus seguidores a lograr buenos resultados.

Es un líder que predica con su ejemplo en vez de dar sólo «buenos consejos», que mantiene una forma consecuente de pensar y de actuar, y que comparte con sus seguidores una misma visión de «luchar por un mundo mejor y más justo».

También es un líder inspirado, con la capacidad de comunicar su visión y conseguir que el grupo la acepte y compartan.

Una de las claves de esta comunicación es el idioma: nos vinculamos más a un Pontífice cuando se comunica en nuestra lengua aunque no la hable correctamente, que mediante la transcripción más perfecta efectuada por el mejor traductor. Así, sus palabras no sólo llegan a la razón sino también al corazón, y sentirnos próximos e identificarnos con él nos hace estrechar aún más nuestros lazos.

Otra característica del Papa, como líder carismático, es su capacidad de estimular el desarrollo personal de cada miembro y de la Iglesia en general, ayudando a tomar decisiones y solucionar los problemas reales.

Juan Pablo II, es en definitiva, la presencia ética, la conciencia moral y la expresión de los valores compartidos de los católicos.

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