Mauricio Peralta Mayorga
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a través de sus publicaciones nos enseña cómo en el siglo pasado el ser humano ha desarrollado el 90 por ciento de sus conocimientos actuales y cómo en los últimos 25 años hemos aprendido tres veces más, que durante el medio millón de años que nos precedieron.
El tiempo ahora es más corto y las distancias más pequeñas. Nuestro mundo temporal y geográfico no es el mismo que el de nuestros padres, se ha empequeñecido enormemente y se ha hecho más veloz. La tecnología ha modificado nuestra forma de producir, de consumir, de divertirnos, de relacionarnos entre nosotros y hasta de descansar. Cerca del 50 por ciento de todos los bienes y servicios que la humanidad ha elaborado en toda su historia, fueron producidos en los últimos 50 años.
En materia económica, la tecnología ha sido causa principal de los acontecimientos más relevantes de nuestro tiempo. La producción mundial ha crecido cerca de dos veces y medio, en los últimos cien años. Pero este crecimiento de la producción mundial no ha sido equitativo ni en su origen ni en su distribución y/o consumo. La tecnología no ha sido populista ni democrática, ha sido elitista en su generación y en los beneficios derivados de su utilización.
Mientras en Japón, la esperanza de vida ronda los ochenta años, en Sierra Leona es de aproximadamente 34 años. El nivel de alfabetización en los países desarrollados es prácticamente del 100 por ciento, mientras que en Níger esta cifra alcanza un magro 13 por ciento y si en Rwanda el ingreso per cápita es de aproximadamente 352 dólares al año, en Luxemburgo (país amigo del nuestro) cada habitante gana aproximadamente 35,000 dólares al año, en promedio. El mundo de hoy se divide en aproximadamente 41 países, cuyo ingreso per cápita es mayor que 9,076 dólares y en más de 150 naciones, cuyo ingreso es menor que esta cantidad. Estando China y la India (los países más poblados del orbe), en este último tramo.
El Informe sobre Desarrollo Humano del 2004 del PNUD nos indica también que en Suecia, por ejemplo, en el 2002, un 88.9 por ciento de personas utilizaban teléfonos celulares y un 57.3 por ciento eran usuarios de Internet, siendo estos porcentajes en Nicaragua, de un 3.8 por ciento y un 1.7 por ciento, respectivamente.
Singapur, Irlanda y Chile (sólo para mencionar tres naciones en tres continentes distintos) han logrado insertarse exitosamente en este nuevo entorno mundial. Son sociedades que han ejercido la “inteligencia social”, bajo el concepto desarrollado por Stevan Dedijer, al definirla como “la habilidad organizada de un país para adaptarse a un mundo que cambia rápidamente, combinando la adquisición, evaluación y uso de la información, en actividades y operaciones planeadas, en consecuencia”, dicho de otro modo, son países que se han adecuado a los cambios de nuestro tiempo, actuando coherentemente, ante ellos.
En Nicaragua no hemos tenido esta “inteligencia social” para insertarnos en el mundo moderno. Los Tratados de Libre Comercio son esfuerzos dirigidos en esta dirección. Si seguimos percibiendo la ratificación del Tratado de Libre Comercio con Centroamérica y Estados Unidos como amenaza, debemos de saber que los costos de la no ratificación son aún mayores. Si no firmamos tratados comerciales con países más avanzados que el nuestro, la única opción que nos quedará, será firmarlos con los menos desarrollados. Por ejemplo, con los países del Sur de África. Llegado este momento, habría que preguntarnos: ¿Si consumiríamos productos de mejor calidad y menor precio? ¿si nuestras empresas tendrían acceso a materias primas y a tecnologías más eficientes?
¿Si el mercado extranjero sería más atractivo? y en fin, si ¿a mediano y largo plazo estaríamos mejor, peor o simplemente igual de mal, que ahora?
El año pasado la humanidad fue testigo de cómo en cuestión de minutos, países enteros del continente asiático y africano fueron víctimas de un tsunami provocado por las fuerzas de la naturaleza. En Nicaragua hemos experimentado un tsunami todavía más trágico que éste, de mayores proporciones. Más lento en su andar, pero implacable a su paso. Su origen es artificial y habita en cada uno de nosotros, somos sus cómplices y a la vez sus víctimas. Sus damnificados, somos los 5.5 millones de nicaragüenses. Me refiero al tsunami del atraso tecnológico y comercial, cuyas olas golpean aún nuestra geografía nacional. Es el sedante poderoso que nos impide despertar a una gran nación, que nos empecinamos en empequeñecer, cada día, un poco más.
El autor es economista y catedrático de la Universidad Thomas More