Un llamado a la tolerancia

Cristiana Chamorro [email protected]

La Embajada Real de los Países Bajos puso la primera piedra de un nuevo edificio en Managua y en la agenda nacional un llamado a la tolerancia, una virtud que ha brillado por su presencia y también por su ausencia en determinados momentos de la vida nacional.

En su significado más clásico, tolerancia se define como el arte de respetar y tomar en cuenta las opiniones del otro, aunque no nos gusten.

La iniciativa del embajador Keiss Raid es una propuesta a rescatar ejemplos pasados y presentes de tolerancia, única solución para la convivencia cuando hay discrepancia religiosa, racial, ideológica o política, característica esta última, de nuestra idiosincrasia nicaragüense.

Es un tema fácil de aplaudir, complicado de explicar y difícil de poner en práctica. Por eso me pareció oportuno apoyar la reflexión tomando el pulso a los niveles actuales de tolerancia política en el Diálogo Nacional. Entrevisté a tres de sus actores principales, al Secretario de la Presidencia, Ernesto Leal, en representación del Gobierno y a los diputados René Herrera del PLC y René Núñez del FSLN.

Las tres partes reconocen que sí hay un alto grado de tolerancia en cuanto a la diversidad de sus pensamientos, el pluralismo que representan y la necesidad del diálogo como mecanismo de entendimiento. Gobierno, PLC y FSLN coinciden en que ha habido más acuerdos que desacuerdos, a pesar de encontrarse en “cuidados intensivos”.

Sin embargo, cuando les pedí concretizar los niveles de tolerancia en una escala del uno al cinco, el diálogo nacional logra una calificación de dos puntos, de parte del Gobierno y del PLC. Las tres fuerzas políticas confirmaron altos niveles de intolerancia cuando se trata de la ejecución de los acuerdos adquiridos, los que a mi juicio pasan por un servilismo al “hombre”, en oposición a la profesionalización de los poderes del Estado.

Es claro, que los límites de tolerancia política en Nicaragua siguen sujetos a personas, a la sombra fantasmagórica del caudillismo, no a planes ni a un proyecto de nación pragmático que sirva para evaluar lo que está en juego y tomar decisiones comprometidas con la paz social, el progreso económico y la gobernabilidad democrática.

A mayor intolerancia institucional menos tolerancia para las aspiraciones legítimas de los nicaragüenses. Me pregunto, si los políticos son tan intolerantes entre ellos y con nosotros, ¿por qué nosotros los toleramos tanto?

En respuesta a esta interrogante consulté la historia y en ella los escritos del poeta y escritor Pablo Antonio Cuadra, quien con sus reflexiones sobre el tema nos remite a nuestra identidad y al gran maestro, por paradoja, otro poeta: Rubén Darío, al enseñarnos a sumar y no restar.

Darío siembra en América la conciencia mestiza, se apropia lo que le corresponde, suma lo grande y lo valioso de ambas herencias. Lo cual —dice PAC— no significó para él, ni puede significar para nosotros, falta del sentido crítico.

Y en este aspecto del sentido crítico, “nuestra historia no ha tenido pelos en la lengua”, agrega Pablo Antonio para recordarnos que no hay tolerancia a ultranza, que estamos obligados a enjuiciar lo malo, a rechazar las injusticias, es decir a identificar los límites de lo intolerable.

Otro poeta e historiador, Julio Valle Castillo, recuerda los treinta años de los conservadores como un período de tolerancia, a partir del acuerdo libero-conservador de 1857 entre Máximo Jerez y Tomas Martínez. Ambas fuerzas, liberales y conservadores, llegaron a una concertación en defensa de intereses nacionales frente a la amenaza extranjera de William Walker.

Miembros de la Academia de Historia y Geografía consultados, señalan el gobierno de mi madre , Violeta Chamorro, como un ejemplo de permanente ejercicio de tolerancia política. Según ellos, una excepción del Siglo XX en Nicaragua. Es cierto, el nombre de mi madre representa un período de paz y democracia que se inicia con otro gran acto de tolerancia a la decisión soberana de un pueblo: la entrega pacífica del gobierno sandinista a un gobierno democrático, hace 15 años, el 25 de abril de 1990.

Sin duda, en el pasado ha habido tolerancia en Nicaragua porque hemos sabido identificar los límites de lo intolerable, un asunto de identidad nacional.

Como dijo PAC: “No existe en la historia, una como la de Hispanoamérica que haya nacido cuestionándose desde el propio momento bélico de la conquista. Ser mestizo no quiere decir aceptar la crueldad de algunos conquistadores o persistir en las ideas colonialistas o respetar sus estructuras caducas, tampoco, desde el otro flanco darle visto bueno al canibalismo o a los sacrificios humanos indígenas”.

En el presente, los actuales niveles de intolerancia política en el diálogo nacional exigen precisar los límites de lo tolerable, para poder liberarnos de la trampa de un sistema de colusión con la impunidad, la arbitrariedad y el culto al poder bicaudillista. Sólo así vamos a avanzar hacia la urgencia de construir una cultura de tolerancia institucional.

La autora es periodista

Editorial
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