Ante el cambio de mando militar

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Ante el cambio de mando militar





Hoy se produce el tercer cambio de mando superior dentro del Ejército de Nicaragua, desde el triunfo de la democracia en las elecciones del 25 de febrero de 1990.

La ocasión es oportuna para recordar que este Ejército es la única institución sobreviviente del poder estatal cuasi totalitario que estableció la revolución sandinista de 1979 a 1990. Pero también hay que reconocer que durante estos quince años el Ejército ha evolucionado positivamente en dirección a dejar de ser una fuerza armada partidista y adquirir un carácter verdaderamente nacional.

Precisamente dentro de cuatro días se cumplirá el 15 aniversario de las elecciones del 25 de febrero de 1990, que por la derrota del régimen sandinista que imperaba entonces de manera absolutista abrió una nueva época en la historia de Nicaragua. Y tuvo también —el resultado de aquella histórica elección— trascendencia mundial, porque la revolución sandinista era parte de un proyecto revolucionario internacional y fue la primera vez que un partido de orientación marxista-leninista que estaba en el poder, lo arriesgó en una elección libre y lo perdió.

En un libro recientemente editado en el país (Ejércitos y democracia en Nicaragua, una reforma incompleta. Grupo Editorial Lea, octubre de 2004), su autor J. Mark Rhul dice que: «Cuando Violeta Chamorro reemplazó a Daniel Ortega como Presidente de Nicaragua en 1990, inicialmente a ella se le forzó a compartir el poder con un Ejército Popular Sandinista (EPS) grande, partidario y legalmente autónomo. Las fuertes presiones políticas internas y extranjeras ayudaron a su gobierno a persuadir a la jefatura militar pragmática a cortar sus lazos con el partido sandinista, reducir el tamaño del ejército en un 85 por ciento y aceptar una serie de reformas estatutarias y constitucionales que estrechaba la autonomía de jure de las fuerzas armadas».

A estas alturas, concluye Rhul —quien es doctor en ciencias políticas, catedrático universitario en Pennsylvania y ha publicado numerosos ensayos y artículos sobre las relaciones entre civiles y militares en Centroamérica—: «aunque parece que los militares nicaragüenses han adoptado la democracia en principio y que ya no intentan influir en la política civil, todavía no se ha logrado el control democrático completo…»

En realidad, la plena subordinación del Ejército al poder civil de la República de Nicaragua todavía está en proceso. Aunque también es necesario reconocer que el poder civil no es todavía plenamente democrático ni lo suficientemente confiable para nadie. Como asegura el mismo J. Mark Rhul en la obra antes citada: «Tal como sus partidarios antecesores del siglo XIX, los jefes políticos actuales de Nicaragua probablemente no vacilarían en re-politizar las fuerzas armadas y utilizarlas contra sus enemigos políticos, sin pensaran que tendrían éxito».

Al respecto hay que considerar que cuando Ruhl escribió lo anterior no se habían aprobado las reformas constitucionales antidemocráticas, que apuntan a consolidar la dictadura bicéfala y bipartidista de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán. Y si bien es cierto que el Ejército ha logrado, hasta ahora, salir airoso de la crisis política producida por la aprobación de las reformas constitucionales regresivas, los peores desafíos están todavía por llegar.

La ácida controversia alrededor de los cohetes rusos que Estados Unidos insiste en que deben ser destruidos en su totalidad, por temor a que caigan en manos de terroristas, ha demostrado que a pesar de los avances del Ejército de Nicaragua inclusive en sus relaciones con el Pentágono, Estados Unidos sigue desconfiando de la institución militar nicaragüense, por su origen partidista, porque sigue rindiendo culto a íconos ideológicos e históricos del sandinismo y, además, porque no hay certeza acerca de cual sería el comportamiento de este Ejército, en el caso de que el FSLN volviera a ejercer todo el poder gubernamental y anexara Nicaragua al eje desestabilizador que ya están operando Cuba comunista y Venezuela chavista.

Inclusive, aunque la nominación de John Negroponte —un héroe estadounidense de la lucha anticomunista y antisandinista en Centroamérica en los años ochenta—, como primer Director Nacional de Inteligencia de Estados Unidos, es un hecho que no está relacionado directamente con Nicaragua, sin embargo podría relacionarse más adelante según como evolucione la situación política del país.

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