El burdel de las Pedrarias

César Augusto Bravo Vargas*

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El burdel de las Pedrarias


César Augusto Bravo Vargas*




La Novela Histórica, subgénero narrativo desarrollado durante el Romanticismo europeo del siglo XIX, es la creación literaria más exitosa de los actuales escritores nicaragüenses. El romanticista escocés Walter Scott (1771-1832) con su novela Ivanhoe (1820) abriría el camino que nuestros escritores transitarían de forma tardía. Si con el espeque de la investigación escarbamos el suelo de nuestra historia literaria, nos percataremos que a mediados del siglo XIX y principios del XX, mientras la poesía llegaba a su clímax, la novela —tales como El hombre de oro (1897) y el Oro de Mallorca (1913) escritas por Rubén Darío (1867-1916)— no pasaron de ser esfuerzos fallidos tratando de fundar la novela modernista. Paradójicamente en la actualidad el fenómeno está invertido, pues tras la aparición del vanguardismo, la poesía —con salvadas excepciones— ha caído en una brutal decadencia, hoy la vemos caminar, como dijo Elsa Triolet (1896-1970), “con las manos tendidas como una ciega”, sin encontrar ese camino que nos regrese al puerto de la excelencia poética. En parte, esta desgracia cayó con la muerte de Joaquín Pasos, José Coronel Urtecho, PAC, Carlos Martínez Rivas y otros, que dejaron de apuntar con su pluma el camino de la buena poesía; y aún cuando existen algunas luces que se entreveran entre las sombras y las tinieblas de la insipidez de esta mala poesía, no existe Fototaxis en las nuevas generaciones de poetas. De alguna manera a esto se refiere el poeta Guillermo Rothschuh Tablada (1926), cuan dice: “El verano es atroz y deprime hasta los pájaros más hermosos”. Pero esto no ocurre con la novela, donde los máximos exponentes están internacionalizando el nombre patrio, como una vez lo hizo la poesía. Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Ricardo Pasos Marciacq, Rosario Aguilar, son los mejores ejemplos de este fenómeno. A pesar que nuestra novela no tiene orígenes perfectos, en la actualidad sus cultivadores han sacado las mejores cosechas, sin caer hasta nuestros días, en los claustrofóbicos niveles de decadencia, a los que hasta ahora sólo ha logrado descender la poesía y el cuento. Para enterarnos de esta realidad basta llegar al populismo poético y cuentista de los años ochenta —salvándose pocos autores—, los que no trascendieron del simplismo insustancial y la política de turno; o bien leer La minificción en Nicaragua de Jorge Eduardo Arellano (2004), o mejor, la poesía ganadora del primer concurso de poesía internacional Ernesto Cardenal (“aquél, a quien los dioses aman, muere joven”. Menandro), donde sólo hubo un éxito personal —el ganador— pero no de la poesía, porque si eso es poesía ¿qué será lo demás?

Si la poesía es eso que el poeta chontaleño Wilfredo Espinoza Lazo (1978) llama “la sustancia sublime, la máxima expresión de la palabra”, ¿qué es la novela? Mentiras hechas con palabras, dice Mario Vargas Llosa (1936) en La verdad de las mentiras (1992), y si la Novela Histórica es esencialmente historia ¿qué es la historia? Acontecimientos registrados en surcos de palabras. Partiendo de la historia y la novela, la Novela Histórica es eso, historia y novela. Lo primero porque narra trasuntos de personajes y hechos que tuvieron existencia real en el pasado, y lo segundo porque donde la historia se desvanece entra en escena la recreación de las situaciones necesarias para darle coherencia a la obra y vida real al motor causal y central de la novela. El Burdel de las Pedrarias es eso, novela e historia. En este sentido, Ricardo Pasos Marciaq, hace la mezcla perfecta, explotando adicionalmente la poesía de la que está posesa la palabra.

En la segunda etapa de nuestra narrativa —de las tres que propone nuestro Menéndez y Pelayo, Jorge Eduardo Arellano, para trazar la ruta histórica de la narrativa nacional— Sangre en el trópico (1930) de Hernán Robleto, es la primera obra nacional que más se acerca a la novela histórica, no consolidándose como tal, porque su autor tan sólo procuraba una escrupulosa exactitud de sus recuerdos, más que la creación de una obra literaria. Timbucos y calandracas publicada en 1982 —obra escueta de poco sabor literario— en la que su autor Jorge Eduardo Arellano recrea las históricas disputas entre conservadores granadinos y liberales leoneses que tuvieron repercusiones nacionales, es la primera obra en pisar la introducción de la novela histórica nicaragüense.

En El Burdel de las Pedrarias, publicada en 1995, de Ricardo Pasos Marciaq (1939) vemos la primera verdadera novela histórica de Nicaragua, es decir obra cumbre de este subgénero, mejor lograda hasta el nivel de no saber qué personajes son históricos o ficticios, o dónde vive la aventura de la inventiva o el hecho histórico. La supremacía está en lograr fusionar los momentos novelísticos que se desconocen al punto de acercarlos o confundirlos con lo real y lo posible; por ejemplo, la creación de personajes como María Fernanda, la india Marina y hechos alternos a éstos traídos de los recuerdos infantiles y juveniles del novelista, hace bellamente difícil o imposible descubrir su real ficción o el apego a la realidad personal del creador, interpolándolo excepcionalmente al registro bibliográfico.

Fantástica y magistral es la preparación del ambiente técnico —literario necesarios para revivir y unir piezas desconocidas sobre la historia de doña Isabel de Bobadilla y Peñaloza, quien en 1533 regresa a la entonces provincia de Nicaragua a reclamar las propiedades de su esposo, el conquistador don Pedrarias Dávila, fallecido en León en 1530. A la par de reclamar sus encomiendas, doña Isabel de Bobadilla instaura el primer prostíbulo oficial de América, ubicado en el puerto El Realejo. En los XV capítulos que compone la obra, el autor describe con indignante realidad cómo desde el comienzo de la conquista, Nicaragua era codiciada por todos los conquistadores americanos; “y esto lo sabe usted mejor que nadie, que don Francisco Pizarro y don Diego de Almagro están cada vez más voraces por las riquezas de Nicaragua…”, dice María Fernanda a doña Isabel. No menos indignante es la descripción de la trata de nuestros indígenas, un trato animal que quiebra nuestra lengua, raza y costumbres. En la obra el autor muestra los dos lados de una misma moneda, la Iglesia Católica, que según el obispo Pablo Antonio Vega, fue traída por los españoles como un método de sometimiento y no como lo que es, la mejor forma de redención. El lado bueno lo encarnan los desesperantes esfuerzos realizados por Fray Bartolomé de las Casas por librar a nuestros antepasados del yugo español. El lado oscuro y detestable está representado en fray Onardo de Lima Díaz, quien se dedica a la comercialización y alquiler de las indígenas. Los amoríos de doña Isabel de Bobadilla con don Francisco Pizarro y las infidelidades de su hija, doña María de Peñaloza, revelan la realidad moral de la sociedad española en esa época. El final de la novela llega con el deceso de doña Isabel de Bobadilla al regresar a España, donde muere de sífilis en 1538. Con María Fernanda comienza y termina la obra, personaje existente sólo en la verdad literaria de la obra misma.

El lenguaje poético y el erotismo tan bien logrado en algunos párrafos dan muestra de la gran habilidad y destreza con que maneja Pasos Marciaq la prosa de El burdel…, poniéndola a la altura de las mejores obras latinoamericanas de nuestro tiempo, sólo comparable por algunos contrastes, con El paraíso en la otra esquina (2003) de Mario Vargas Llosa. Desde la publicación de Ivanhoe El burdel de las Pedrarias nos recuerda el carácter perenne de la Novela histórica. Oscar Wilde (1854-1900) lo dijo: “Cualquiera puede hacer historia, pero sólo un gran hombre puede escribirla”. Ojalá que don Ricardo siga cumpliendo con la primera ley dariana del creador: crear. Cuando una musa te dé un hijo queden las otras ocho en cinta.

* El autor es miembro del Grupo Literario Huellas de Chontales

Editorial
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