- Los narcos colombianos ahora prefieren pasar inadvertidos y con bajo perfil
AFP
Colombia, un país que vio el ascenso y la caída de poderosos y millonarios narcos como Pablo Escobar, asiste en los últimos años a un fenómeno de mimetización de los nuevos traficantes de drogas, que saben que la clave del negocio está en pasar inadvertidos.
Las autoridades colombianas han detectado varias diferencias en el perfil del nuevo narcotraficante con respecto al de las primeras generaciones de capos.
Si el narcotraficante tradicional —el del estereotipo de las gafas oscuras y las cadenas en oro— gustaba de la ostentación, el nuevo se mantiene en el más bajo perfil posible.
Igualmente el nuevo narco ve el negocio como una actividad temporal, en la cual puede obtener una ganancia que le permita retirarse y pasar totalmente inadvertido para las autoridades.
Por último mientras el narco tradicional invertía básicamente en propiedades, “los nuevos están dedicados a las inversiones a largo plazo en el sistema financiero internacional, son realmente unos expertos en marketing”, según el comandante de la policía judicial colombiana, coronel Oscar Naranjo.
Los nuevos capos —hombres y mujeres que bordean los 40 años— se alejan lo más que pueden de la prensa, no defienden un territorio y se preocupan solamente de que la reputación de su producto se mantenga.
“Técnicamente no son cárteles sino un sinnúmero de organizaciones que se unen para realizar envíos grandes. Se caracterizan porque dentro de esas organizaciones nuevas hay especialidades: un grupo controla los precursores, otro la producción, otro la distribución y otro más las rutas”, según el representante del programa de la ONU para la fiscalización internacional de drogas, Klaus Nyholm.
Para las autoridades hoy en día un cártel es una red de oficinas donde trabajan, sin conocerse, cientos de personas. Los expertos aseguran que la cocaína que producen es de altísima calidad y se consigue en Colombia a 2,000 dólares el kilo, y cuyo valor pasa a ser de 13,000 dólares en Miami, 19,500 en Nueva York y 32,500 en Europa.
Un reciente informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, con sede en Washington, revela que 3% del PIB (producto interno bruto) de Colombia, unos 2.000 millones de dólares, proviene del dinero del narcotráfico.
Las generaciones previas de traficantes llevaban un estilo ostentoso y algunos, como Pablo Escobar, incluso incursionaron en la política, lo que ayudó a levantar su perfil y llamó la atención de las agencias de seguridad.
El cártel de Medellín basó su poder en el uso de la fuerza y desató una sangrienta campaña de terror con bombas y asesinatos para bloquear las extradiciones a Estados Unidos.
Escobar y otros como Gonzalo Rodríguez Gacha impusieron un estilo de mostrar su fortaleza y su riqueza, con grandes fiestas, participación activa en el futbol o —como en el caso de Escobar— tener un zoológico con especies exóticas traídas de todas partes del mundo.
Se dio el caso, inclusive, de un narcotraficante del departamento del Valle (suroeste), que construyó a mediados de los ochenta una réplica exacta del club social de donde lo habían rechazado.
El Cártel de Cali correspondió a otra forma de manejar el negocio. Los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela optaron por el soborno más que por la violencia, y con su dinero permearon vastos sectores políticos del país.
Para el investigador Alonso Salazar (actual secretario de Gobierno de Medellín) “la inyección de estos capitales contribuyó a que el país entrara tardíamente a la modernización económica, especialmente en la década del ochenta, que se llamó en América Latina la década perdida”.
“El narcotráfico más allá de un hecho económico y delictivo, se convirtió en nuestro país en un fenómeno cultural. Quizás por el origen popular de una buena parte de los narcos, su riqueza se convirtió en el medio para mostrar facetas de una cultura popular, tradicionalmente vista como de mal gusto, cargada de símbolos agrarios y religiosos, mezclados con novedades del mundo del consumo”, señala.
Y concluye el investigador que en “en este collage cohabitan, sin aparente contradicción, el caballo y los más lujosos autos, arquitecturas modernas con decadentes barrocos y la adoración a la Virgen con la vocación por el delito”.
DEL LUJO A LA SEGURIDAD
Cuando de ostentar riqueza se trata, nadie parece superar a los millonarios brasileños. El empresario Fernando de Arruda Botelho, vicepresidente de una de las mayores constructoras de Brasil, festejó en junio pasado sus 56 años con una fiesta para 8,500 invitados, según la revista Veja, que llegaron a su estancia en más de 300 aviones particulares.
La celebración se desarrolló sobre unas 12,000 hectáreas de la estancia, de acuerdo con la publicación, lo cual representa apenas el 2 por ciento de la superficie total de la propiedad localizada en Itirapina, a 200 kilómetros de San Pablo.
Además se construyó para la ocasión una torre de control tan grande como la del aeropuerto de Congonhas, el segundo de la capital del Estado.
Sin embargo, la convivencia de esas inmensas fortunas, exhibidas en las revistas de actualidad, con la desesperada pobreza de gran parte de la población de Brasil llama a la reflexión de los especialistas.
Pero el lujo tiene su precio, y no sólo en efectivo. La inseguridad en las calles latinoamericanas, tal vez la contracara de la concentración de riqueza obliga a los más acaudalados empresarios del continente a cuidar bien sus espaldas.
Estas precauciones son particularmente llamativas en un país como Argentina, donde hasta hace poco los empresarios de buen pasar se conformaban con mudarse a un barrio cerrado, ahora viajan con custodia porque temen ser víctimas de un secuestro extorsivo en plena calle.
Son pocos los millonarios del continente que pasan inadvertidos a los ojos de la gente y que se mueven por la ciudad como simples ciudadanos entre la multitud errante.
Una de las excepciones es el chileno Anacleto Angelini, que cuando no puede conducir su Mercedes modelo 1980 en Santiago se toma el taxi de la esquina. Si en cambio le toca realizar un trámite bancario se hace de paciencia y, sencillamente, espera su turno en fila como cualquier otro cliente anónimo.