El recital de Pérez

Edgard Rodríguez C. Hay quienes disfrutan al observar a un lanzador de poder. A esos tipos como Roger Clemens, cuyos disparos se toman muy poco tiempo en aterrizar en el home plate. A mí me gustaba ver a Scott McGregor, alterando las velocidades de sus pitcheos y desajustando con su cambio, o a Phil Niekro […]

Edgard Rodríguez C.

Hay quienes disfrutan al observar a un lanzador de poder. A esos tipos como Roger Clemens, cuyos disparos se toman muy poco tiempo en aterrizar en el home plate.

A mí me gustaba ver a Scott McGregor, alterando las velocidades de sus pitcheos y desajustando con su cambio, o a Phil Niekro haciendo maromas con su impredecible nudillera.

Pero hay también quienes se entusiasman con un carabinero como Pedro Martínez, capaz de un devastador cambio, una terrible curva y una recta sobre 90 millas para imponer el orden y generar impotencia.

Guardando las respectivas distancias, lo que vimos la noche del miércoles en León, de parte de Miguel Pérez, fue parecido a los conciertos de Pedro.

Pérez estaba intocable. Una vez más su recta marcó 94 millas, la curva se hundió tras describir un enorme arco y el slider se movió como poseído ya en el último instante.

No tuve la oportunidad de ver todos los trabajos de Lenín Picota en la temporada o los de Julio Raudez con las Fieras, pero no dudo que el recital de Pérez debe competir con los mejores que se han visto en la Liga.

Pérez tuvo poder, fue agresivo, se situó adelante en el conteo y siempre dispuso del pitcheo adecuado para terminar al bateador.

Y eso, además de su indiscutible talento, se lo proporcionó su control. Dio strikes con todo lo que tiró y varió su patrón de pitcheo en todo momento hasta evitar volverse predecible.

No sabemos cuál será la próxima parada de Pérez, pero seguro que no nos asustaríamos si más pronto que tarde lo vemos con el uniforme a rayas de los Mets.

Podríamos disfrutarlo al menos una vez más, porque con esto de que los Leones se resisten a morir, seguro Noel Areas no dejará escapar el chance de usarlo.

Pero si todo acabó para los felinos, y para el propio Pérez, al menos terminó de una forma memorable.

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