Ana María Ch. de Holmann
Si Sor María Romero fue saludada en vida por los rosales a su paso por el mundo, con mucha más razón le harán ese homenaje las rosas hoy en los altares.
Relatan su testimonio dos trabajadoras de la limpieza de la capilla de María Auxiliadora en Costa Rica: ellas se llaman Luz Marina González Cubero y Maclovia Rojas Ballestero. Desde una ventana observaban a Sor María regando el jardín en el que florecían muchas y hermosas rosas de color amarillo pálido. Sor María cuidaba el rosal de su Reina y ese día ella lo regaba mientras les hablaba, como si fueran sus amigas o algún ser racional o un niño: “Sí, mis amores, yo sé que ustedes son muy bellas y las manos divinas que las hicieron son tan prodigiosas como la belleza de este color amarillo que tienen”. Las dos mujeres observaron el extraordinario y maravilloso espectáculo de las rosas inclinándose y saludando a Sor María, como dándole una respuesta a su fe y al prodigio del Creador. Ellas, las mujeres, con sus propias palabras dan su testimonio diciendo: “Vimos que las ramas del rosal se le venían encima, como acariciándola y ella gozaba y se sonreía repitiéndoles las mismas palabras”.
Atemorizadas, las dos mujeres salieron despavoridas hacia el jardín y veían moverse las ramas de las rosas como agitadas por el viento, pero no se movía ni una sola hoja de ningún árbol, sólo las rosas… Entonces ellas se acercaron a Sor María diciéndole: “Qué es esto que las rosas se doblan sobre usted…” El rosal se inmovilizó. Sor María las miró y dijo: “No digan a nadie ni una palabra de lo que han visto. ¿Me lo prometen?” Y sonriendo añadió: “Sólo podrán decirlo después de mi muerte”.
Sor María amaba las flores y decía que Dios las creó para gozo de nuestros ojos. También amaba a los niños, de los que aseguraba que eran el gozo de Dios en su inocencia. Pero sobre todo amaba a los pobres para quienes su pensamiento era: “Deberíamos tratarlos como iguales, con el respeto que se debe a cada hombre, sea cual sea su vestido”. A ninguno de ellos despedía con las manos vacías, pero sobre todo se alejaban con el corazón lleno de su comprensión y de su amor compasivo, unido a ellos en el dolor, en la angustia y la tristeza de aquel ser desvalido.
Sor María amaba a su tierra natal, Nicaragua, y en varias ocasiones predijo las tragedias que acecharon a nuestro pueblo —que aún acechan en estos días— y pregonaba a todos así: “Si no se convierten y rezan vendrá un baño de sangre…” Y vino un terremoto… y vino una guerra… Asimismo lo anunció la Virgen de Cuapa en su mensaje a través de Bernardo, pero no escuchamos la voz de Dios que nos anuncia los peligros por medio de los videntes, ni tampoco hacemos la paz entre todos.
En estos días ¿qué vendrá si no se pone fin a esa desenfrenada y contagiosa sed de poder y desmedido abuso de apoderarse de las riquezas del erario del Estado, mientras el pueblo cada día sufre más de escasez y de pobreza a consecuencia de la corrupción y del robo al pueblo? De esta manera se está contribuyendo a destruir el país y ponerlo en el mayor grado de miseria y en bancarrota.
Hoy 13 de enero, fecha en que se conmemora el cumpleaños de nuestra primera Beata de Nicaragua y Centroamérica, roguémosle que desde ese lugar privilegiado en donde se encuentra por sus merecimientos que nos ilumine a todos por igual, “sea cual sea su vestido”, para que Nicaragua vuelva a ser República como ella y casi todos los nicaragüenses lo deseamos, por medio del mutuo respeto entre los poderes que el pueblo mismo eligió, lo que será la verdadera paz.
Pon tu mano Madre Mía, ponla antes que la nuestra, ponla en Nicaragua.
La autora es miembro de la Asociación de Obras de Sor María Romero.