Jorge Eduardo Arellano
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Nuestro español: área dialectal y fonética
Jorge Eduardo Arellano
Si lo ubicamos en el área dialectal delimitada por parámetros extralingüísticos (proximidad geográfica de las regiones que integran la zona, relaciones político-culturales entre ellas y contacto de una zona con una lengua indígena principal), el Español de Nicaragua es una modalidad mesoamericana (México y casi toda América Central) del español moderno (Pedro Henríquez Ureña, 1938). Históricamente, también se inscribe en el conjunto de variedades y dialectos hispánicos que podemos llamar “innovadores”, entre los cuales se incluyen: a) las hablas andaluces y canarias; y b) el español de América (Barquero, 2001: 15).
Por rasgos “innovadores” se entienden aquellos cambios fonéticos, sintácticos y semánticos más avanzados que los “conservadores”: característicos, en general, de las modalidades norteñas de la península ibérica. Los rasgos “innovadores” corresponden a formas de hablar, por ejemplo, el seseo o ausencia de la pronunciación interdental de la “zeta” que se sustituye por la “ese”, fenómeno llamado seseo. Propio del andaluz, del español canario y del español de América, el seseo es el primer rasgo que se advierte en el español de Nicaragua. Así decimos sapato, sepol, síper, sorro, surcir en vez de zapato, zepol, zíper, zorro, zurcir. “En sus equivocaciones de los centroamericanos” (especialmente nicaragüenses), Juan Eligio de la Rocha ilustraba este rasgo evidente, a mediados del siglo XIX, con otros ejemplos ampliando la pronunciación de la /s/ en lugar del sonido “suave de la c”: facsión (por facción), medisina (por medicina), resibo (por recibo), vesino (por vecino) y presio (por precio). Pero en sílaba final, como lo comprobó Canfield (1981 y 1990: 57), tiende a ser aspirada y suspendida; más aún, prácticamente desaparece. Decimos apue (conjunción ilativa de la que abusamos) en vez de ah, pues; los guanacahtecoh en Costa Rica la aspiran (Agüero Chávez, 1960: 37). Lacayo (1962) sostiene que, al final de palabra, la s conserva su característica de sílaba final y que en ésta la j tiene el mismo timbre de la s. Por eso se afirma que los nicaragüenses pronunciamos la s como j. Así transcribió dicho sonido el novelista José Román en Cosmapa (1944) loj güevoj (los huevos), bueno, puej (bueno, pues), ej la verdá (es la verdad), Dioj (Dios). Otros narradores lo hicieron después con loj amigoj (los amigos), maj ayá (más allá), loj otroj (los otros).
También no pronunciamos la /c/. Es decir, el ceceo —que se da, asimismo, entre los andaluces— es ajeno a nosotros, excepto para una reducida población de la región Occidental de Nicaragua: la ciudad de El Viejo, departamento de Chinandega, según lo constató Carlos Alemán Ocampo. De forma que, en general la /s/ (y no la /c/) es la que utilizamos al pronunciar palabras como cepa, cepillo, cepo, cerote y cereguete. O sea, que no podemos articular interdentalmente la /c/ delante de las vocales /e/ e /i/ como cimiento. Asimismo, confundimos la /v/ labiodental de vocal con la /b/ bilabial de burro; pronunciamos esa misma /b/ como /k/, por ejemplo en aksoluto (absoluto); y la /x/, al inicio de sílaba, como /s/: estraño (extraño) o como g: egsamen (examen).
Los nicaragüenses, además, somos yeístas: sustituimos la /ll/ por la /y/, pero no tan marcadamente como los argentinos. Si nosotros decimos cabayo, ellos pronuncian algo así como cabashyo. Fenómeno propio de la lengua castellana, el yeísmo no puede considerarse exclusivo de Hispanoamérica, ni menos originado por el contacto con las lenguas aborígenes. El mismo Amado Alonso, deslindándolo, sostiene: “Rufino J. Cuervo lo creyó en un tiempo importado de Andalucía, pero en su prólogo al Diccionario de costarriqueñismos de Gagini (San José, 1919: 17) rectifica el error, observando bien que el yeísmo español no es anterior al siglo XVIII, época en que ya estaban consolidadas las sociedades americanas” (citado en Zamora Elizondo, 1957: 134). Independientemente de su impronta inicial, en Nicaragua se usa hasta el punto de mantener la tendencia a separar el diptongo ía, diciendo habíya por había, díya por día y teníya por tenía.
En las encuestas realizadas a noventa miembros de la clase obrera, de 30 a 40 años y originarios de todos los departamentos de la república, excepto del de Zelaya, el nicaragüense formado en Estados Unidos, Heberto Lacayo, señaló las siguientes características fonéticas de nuestro español. Así, generalizando ciertos fenómenos que otorgan un carácter especial a la pronunciación nicaragüense, observa que sustituimos la vocal o por u: Joaquín > Juaquín; y la e por la i: apear > apiar; Micaela > Micáila; Rafael > Rafáil. Otro ejemplo es peliar por pelear. Este verbo incluso, se ha incorporado a la lengua escrita: “Yo pelié con don Gil en la primera /guerra nicaragüense…” (Pablo Antonio Cuadra: “El hijo de septiembre). Otros ejemplos muy usuales son los siguientes: piór (peor), campión (campeón), y puéta (poeta). También sustituimos la e por u (precedida de una aspiración de la h) como en cuete (cohete).
Otros rasgos anota Lacayo, aplicando el Cuestionario Lingüístico Hispanoamericano de Tomás Navarro Tomás: La pérdida de vocales continuas en expresiones como este ejemplo (la e) > estejemplo; para ír (la a) > parir; en tengo un hijo (la o)> tenguníjo; y ¿qué se hizo? (la e) > quésiso. La distinción de género por supresión de la o convertida en u: un hijo de casa > unijuecasa; una hija de casa > unijecasa. La sustitución de consonantes: p por v: Osvaldo > Opaldo; y la b por g, como ya se afirmó: abnegado > agnegado. Las consonantes de tipo suave pronunciadas como de tipo fuerte: huevo > güevo; hielo > yelo; y u por k: autoridad > aktoridad. El grupo ns pierde en unos casos, como en los demás países, la n: trascribir, trasatlántico; en otros pierde la s: intituto, intantáneo, impector, Contantino. En el grupo sf la s desaparece: esfuerzo es pronunciado efuerzo; y asimismo se dice efera, efinge, efumar (por esfera, esfinge —una hoy extinta marca de cigarrillo— y esfumar).
En el lenguaje familiar, la conversión de agudos en los nombres graves y esdrújulos cuando se usan en vocativos y para llamar a distancia, prolongándose la sílaba con el acento: Franciscóo, Angeláa (características advertida por Juan Eligio de la Rocha desde 1858 y que replantearía Carlos Mántica, como herencia del estrato náhuatl, en 1973).
El mismo Mántica enumera y ejemplifica los siguientes rasgos generales: Vocablos indefinidos de significación universal: Carambada, chunche, tiliche, etc. Uso de apellidos en plural: Los Gaitanes, los Garcías, los Guevaras, los Mirandas. Abundancia y originalidad de la adjetivación: Niño dejado y pleitisto, muchacho dundo y veleta. Frecuentes derivaciones verbales de sustantivos: Rocket > roquetear; tanqueta > tanquetear; runga > runguear. Uso abundante de la onomatopeya: “Y se cayó chocoplós… cuando se fue al lodasal”. “De pronto se escuchó el taratatatatá de la ametralladora”.
A las características anteriores, sumemos las de Ycaza Tigerino (1980): Pérdida de la e de la combinación eu en sílaba inicial: Eulalio > Ulalio; Eugenio > Ugenio; Eufemia > Ufemia. Pérdida de sílabas iniciales. Vamonós > monos; esperate > perate; estamos > tamos; estate quieto > tate quieto; hijo de puta > juéputa. Rasgos documentados también en Cosmapa: está jodida > tá jodida; hombré Talenó > bré Talenó y munus (de vámonos). Pérdida de sílabas finales: Sí hombre > sí hom; documentada igualmente en Cosmapa. Pérdida de consonantes y vocales seguidas: Voy a ir > vuir; voy a esperar > vuesperar; voy a huir > vuauir; voy a hacer > vuaser; voy a oler > vuaoler; cuero de tigre > cueretigre; Pérdida de sílabas intermedias: radiodifusoras > radiofusora; estadounidense > estaunidense; Loísmo (empleo de la forma lo del pronombre de tercera persona en función de dativo): “a él lo ascendieron y a ella la degradaron”. Uso de lo plonástico, exclusivamente rural. Ycaza Tigerino, además de unas líneas de José Román, cita unos versos de Jacobo Ortegaray: “Lo hay una mata de lirios /en el patio de mi huerta… /Ayó la veyo tan triste /que lo temo que se muera”. Aparece aquí también el uso del ayó por yo. Uso del pronombre de la tercera persona en función de dativo como complemento de interés. “Digámosle que venga”. “Me le escapé de clase”. Agüero Chávez (1960) lo señala en Costa Rica. Uso extensivo del sufijo -udo para las formas de aumentativo: trompudo, peludo; también caderuda y chayotuda. Y uso del sufijo -oso para indicar la tendencia a un color determinado. El DRAE trae verdoso, pero en Nicaragua se dice azuloso, cafesoso, coloradoso, amarilloso”. Ycaza Tigerino transcribe esta línea de Darío: “en choque violento con el amarilloso tono de la tierra”.
En cuanto al término español atlántico, que acuñó Diego Catalán (1958), se ha utilizado en la península para designar con más precisión geográfica el español de América. Rafael Lapesa (1966: 303) —descubriendo sus características fonéticas y morfoxintaxis: seseo, aspiración de la s al final de sílaba, yeísmo, loísmo, etcétera— incluyó dentro del concepto el andaluz, el canario y todo el español de América. Además, propuso la dicotomía español castellano y español atlántico. Ramón Menéndez Pidal (1962: 156-165) ya había recurrido al mismo concepto en su bosquejo de un mapa lingüístico dividido en dos áreas: área de la flota y área de las cortes virreinales. Aleza Izquierdo y Enguita Utría (2002: 31) resumen su esquema:
“Según Menéndez Pidal, la primera está constituida por los territorios insulares y las zonas costeras de la totalidad de la América hispánica, a las cuales llegaba la flota de Sevilla y Cádiz durante la época colonial. En el área de la flota triunfaron los rasgos meridionales trasladados desde la metrópoli. La presencia de estos rasgos contrasta con una variedad de lengua más conservadora en los territorios a los que no llegaban las flotas, que corresponden a zonas interiores —y en buena parte montañosas— de México, América Central y América del Sur (meseta central mexicana, montañas de Centroamérica y cordillera andina)”.
Esta segunda área, donde los centros urbanos del Nuevo Mundo tuvieron una mayor relación con la corte madrileña, explica que las capitales virreinales asumieran un español menos dialectal, más cortesano y, por tanto, castellano. Sin embargo, en la provincia de Nicaragua —perteneciente a la Capitanía General de Guatemala hasta 1821— el proceso de la conquista e inmediata pax hispánica se desarrolló especialmente en su zona del Pacífico y no llegó a ella ninguna de las flotas referidas. Tampoco, dado su aislamiento y pequeñez, tuvo un contacto apreciable y directo con la corte madrileña, era marginal al virreinato más próximo: el de Nueva España.
Sin embargo, nuestro español procedió del superdialecto B, si seguimos la nomenclatura de Montes (1984), constituido por el español atlántico que abarca las modalidades peninsulares (Andalucía) e insulares (Canarias), más las modalidades americanas (zonas costeras e insulares). No del superdialecto A, es decir, el formado por el español castellano con las modalidades americanas, continentales e interiores en su mayoría, las cuales se caracterizan por compartir una serie de fenómenos distintos y complementarios a los anteriores (salvo el rasgo del seseo). Inevitable, esta matización de la dicotomía de Lapesa y de la diferenciación de las áreas establecidas por Menéndez Pidal contribuye a ubicar y singularizar las hablas hispanoamericanas (y en concreto la nicaragüense), distintas de la variedad del español europeo, sin perder de vista lo que comparten esencialmente: su unidad esencial.
El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua