Victoria Cáceres Espinosa
Como somoteña me alegré y entusiasmé muchísimo al leer los reportajes y ver las fotos que se han estado publicando en LA PRENSA sobre el ya famoso Cañón de Somoto. Pero me sorprendió el calificativo de “descubrimiento”. Da la impresión de que ésas eran tierras vírgenes jamás exploradas y que un grupo de extranjeros (como siempre) fue el conquistador, pero eso no es así.
Personalmente he ido tres veces al sitio, pues en Somoto como no hay playas ni lagunas, los sitios de recreación en verano siempre han sido los ríos y las pozas. Ahí es donde desde niños aprendemos a nadar y mis papás siempre nos llevaban casi cada fin de semana. Así conocí, cuando tenía 12 años, Namamcambre o La Estrechura. A mí me gustó desde que un amigo me hizo adentrarme más. La aventura y lo riesgoso del paseo es muy emocionante.
La última vez fui en julio de este año, cuando un grupo de amigos quisieron llevar a pasear a unas alemanas. De hecho, en Somoto por ley hay tres lugares a los que uno está obligado a llevar a los turistas: a la montaña Tepexomotl, a las Piedras Pintadas de Icalupe y a Namamcambre. Esta última vez tomé algunas muestras de roca para estudiarlas, pues mi carrera de ingeniería geológica me lo demanda.
Sí creo que debemos darle el crédito de descubrimiento geológico a los investigadores checos, pero el descubrimiento como sitio explotable turísticamente no. Lo que pasa es que desgraciadamente somos “malinchistas”. Si hubiera sido yo la que diera la noticia todos se hubieran reído de mí, seguramente, “pero como fueron unos ‘cheles’ todos les dan el crédito”. Lo que más me indignó fue que dos somoteños, el ingeniero Claudio Gutiérrez, director del Ineter y el alcalde de Somoto, Douglas Prado, dijeran que desconocían el lugar.
Lo bueno de todo esto es que este “descubrimiento” significa más progreso para mi querido Somoto.
Geofísica