Jorge Calderón Gutiérrez
Los nicaragüenses estamos viviendo un carnaval con visos de tragedia. Somos fantoches sin culpa de una pantomima amarga como la risa del payaso. Luchamos por una felicidad utópica tanto más intangible tanto más deleznable por la conducta de muchos de los poderes del Estado. Estamos perdidos en la oscura encrucijada que han trazado los perversos, corremos desesperados, genuinos, nos detenemos, y tornamos a correr para lanzar, exhaustos, nuestro grito de angustia escalofriante.
La Asamblea Nacional, la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría y el Poder Electoral son los responsables de la misma en que está sumergido nuestro país. El proceder de estas entidades está supeditado al poder de los caudillos. Su conducta es esclava del mejor caballero, don dinero. Su pensamiento veleta que va y viene al llamado del viento de sus intereses personales.
Los políticos nicaragüenses han entrado en franca decadencia y han perdido la noción del honor. Por un fajo de billetes le ponen una venda a su conciencia. Tiene su dignidad perdida en el fango, huelen a polvo, a falsedad y ácido sulfhídrico.
No es preciso seguir citando jueces venales, corrupción, narcotráfico, asesinatos, secuestros, violaciones, leyes injustas, bancos quebrados, etc.
Ya estamos hartos de escribir, denunciar y hacer toda clase de protestas. Ha llegado la hora de actuar por Nicaragua, que es actuar por nosotros. Es hora de decirle sí al referéndum y decidir nosotros mismos si Bolaños se queda o se va, si cambian o no los poderes del Estado, si se reduce el número y los sueldos de los diputados; si las embajadas o consulados se sustituyen por encargados de negocios.
Es hora que decidamos qué pasará con el sueldo del maestro, del trabajador de la salud, el soldado del Ejército y de todos los trabajadores de nuestra Nicaragua.
Ocotal