Joaquín Absalón Pastora*
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Una tregua en esta Navidad
Joaquín Absalón Pastora*
¿Por qué aprieta más la faja sobre las cinturas enjutas en Navidad? Pero lo más doloroso es que en ese período se afilan los colmillos de la miseria, realidad consignada por la FAO en cuyas más recientes estadísticas se nota el arraigo incontenible del hambre.
El ayudante del oficio litúrgico llama a la gloria desde las alturas del campanario, pero lo que ocurre en la llanura es la antítesis de esa fanfarria.
Esta época en la cual se sienten con mayor intensidad las desigualdades, exalta el nacimiento del Niño Dios para que finalmente muera en la cruz y truenen las luces sobre la oscuridad con el júbilo de la resurrección.
En un país como Nicaragua, avasallado por la pobreza, ¿qué puede hacerse para que los semi dioses hagan “un alto en el camino”, aunque poco tiempo después reviva en la mesa el lastre de la reyerta, del lenguaje mercadero de los políticos acusándose los unos a los otros en el más rústico ambiente del contra-ataque en felonía?
Tregua, suplica una diplomática extranjera, sugiriendo que ella quiere más a Nicaragua que sus propios caciques. Tregua, enfatizaba la diplomática para que la pobreza en una ocasión tan importante como ésta no alce su porcentaje en un país que por cierto figura con lastimera puntuación en las cumbres de las penas. Es altamente probable que la voz de la extranjera —intrusa dirá la soberbia criolla— no sea oída, aún entendiéndose que ella asume ese gesto en nombre de la estabilidad de la ayuda internacional que será más factible en la medida en que “la casa se encuentre en orden”.
Hace una de tantas navidades el Cardenal, a quien veo más entregado en atender las visitas solicitadas por los superfluos y temporales políticos, hizo una manifestación que no olvido sobre el éxodo. A los quince días, a partir de Elim la navegación de los hijos de Israel, comenzó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto del Sinaí. Lamentábase el hambre mortal ejercitando su influencia de manera progresiva cuando aprieta y permite decir al sufriente todo cuanto se le ocurre, en “señal de protesta”, por cierto inválida, trágicamente ineficaz. Pero es “el derecho al berreo”. Quien oye los quejidos provenientes de cuerdas vocales desvencijadas, debilitadas por la anti nutrición. Nadie se atreve a poner el oído en el territorio del hambre. Sin embargo, la marginalidad aunque sea en silencio maldice al culpable de su pena.
Los hijos de Israel hubiesen querido morir, caer ante Jehová en la tierra de Egipto. En esta se solazaban porque tenían acceso a la abundante comida. Finalmente Jehová devastó el tono creciente de las murmuraciones con el envío milagroso de la carne y el pan. Así comieron durante cuarenta años hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaan. La ponencia cardenalicia lamentó la existencia del hambre y puso como ejemplo el sufrimiento provocado por la crisis. Desde la realización de aquel milagro —lo dice la Biblia— ha quedado una relación ordinaria en la sed de los pueblos. Esperan que el maná les caiga del cielo. Siguen esperándolo.
Nicaragua misma quedó condenada a vivir de la ayuda internacional. La mano sigue extendida pero el maná enseña las posibilidades de reducirse.
Los acontecimientos negativos permiten la disuasión de la confianza en nombre de cuya recuperación una diplomática extranjera, abanderada de esa ayuda, pide tregua en tiempos de Navidad.
Hay hambre en Nicaragua. La hay en todas partes del mundo. Pero aquí con más sentida inmoderación. ¿De dónde emerge la trágica realidad del avance del flagelo? Es la suma de los errores de ayer y de hoy. Es el efecto de la crisis de los valores y de la crisis del respeto a la institucionalidad.
* El autor es periodista.