Marlon José Navarrete Espinoza.
La historia moderna de Nicaragua se parece mucho a la del pueblo de Israel, sobre todo en lo concerniente al destierro. Ahora, en esta época de Navidad y fin de año, las familias recuerdan a sus seres queridos separados por el tiempo y más por la distancia.
La guerra contra Somoza en los setenta y contra la dictadura sandinista de los años ochenta, sumado a una permanente crisis económica que no le permite superación alguna en sus vidas a los ciudadanos, han obligado a un éxodo masivo, lo que también se le conoce como la diáspora.
Al igual que los judíos, los nicaragüenses se han dispersado por varios países buscando mejor vida y más oportunidades que su propio país no les ofrece. La peor tragedia del pueblo ha sido la separación o división de la familia.
Lo único que se puede hacer sobre todo en esta época es mantenernos unidos por el recuerdo y la oración y confían en Dios para que el futuro nos bendiga. Recordemos el Salmo 47 en el versículo 2 que dice: “Dios es nuestro refugio y fortaleza, un socorro oportuno en nuestras angustias”.
Es imprescindible que para aminorar el daño sufrido en el pasado, el pueblo de Nicaragua siga siendo el autor, el protagonista y artesano de su historia y su futuro, como sucedió en momentos en 1979 y en 1990.