- Para la mayoría de los sobrevivientes de la tragedia del 23 de diciembre de 1972, el cataclismo es un lejano recuerdo que acabó con la capital y que evocan para estas fechas o cada vez que hay un temblor. Pero hay personas que recuerdan “el terremoto” todos los días
Johnny Cajina Guillén
La noche del 22 de diciembre de 1972, Corina Obando Chavarría ignoró, quizá vencida por el cansancio, los avisos premonitorios que emitió la tierra desde tempranas horas.
Ella y doña Olga, una de sus vecinas del barrio San Luis, estaban fatalmente convencidas de que los repetidos y leves temblores sentidos poco antes de la medianoche, eran parte del inusual clima caluroso que se apoderó de Managua esa última Navidad.
“Era el cambio de clima, decían todos. Esa noche estuvimos sentados todos (los vecinos) en el patio de enfrente, sintiendo los jamaqueos. Estaba haciendo un gran calor esa noche y decían que ya venía el frío de diciembre”, recuerda Corina, 32 años después.
Había llegado a la capital proveniente de su natal Juigalpa a inicios de los años 50, impulsada por la pobreza, con apenas 18 años y armada únicamente con sus férreos deseos de salir adelante. Desde entonces, lavaba y planchaba ajeno.
Aquel viernes 22 no fue la excepción. Las 90 piezas de ropa, planchadas en casa de una comadre, la habían dejado agotada, aún así estaba contenta por tener en sus manos algunos obsequios obtenidos para sus hijos, y el dinero necesario para las compras de fin de año.
Corina rememora con exactitud ese y los días previos, como si los hubiese vivido ayer. “Cómo se me va olvidar el terremoto”, exclama con resignación.
CAMINÓ POR ÚLTIMA VEZ
Esa medianoche, vestida de camiseta y pantalones cortos, caminó por última vez hasta su cama y se durmió profundamente junto al más pequeño de sus tres vástagos.
“Al día siguiente era sábado y me tocaba ir a planchar de Montoya para el lago. Después me iría a los mercados con uno de mis hijos para hacer las compras de Navidad”, evoca con su ronca voz.
Pero sus planes y su vida se rompieron tan brusca y repentinamente como ocurrió en todos los rincones de la ciudad misma.
Unas 30 cuadras al oeste, sobre la afamada Calle 15 de Septiembre, las monjas del prestigiado Colegio Divina Pastora, también dormían apaciblemente.
Aparentemente, sólo una de las siete monjas que descansaban en el último piso del vetusto edificio de cuatro plantas advirtió el peligro. La hermana María Elsa Pérez Dávila, que ya entonces contaba con 60 años, era la única que estaba en pie.
Apenas unas horas antes había retornado de Costa Rica y aún a la medianoche tecleaba en una antigua maquina de escribir, un extenso informe que debía rendir a las superioras de su congregación en España.
“La primera sacudida fue como a las 11 de la noche. En el edificio estaban las hermanas Loretto Benard, Ángeles García, Isabel Murillo, la directora del colegio Raquel Hooker, dos religiosas que estaban de visita y tres jóvenes domésticas que dormían en el segundo piso”, rememora hoy la hermana María Elsa, a sus 92 años.
TEMIÓ UNA CATÁSTROFE
“Yo escribía en una salita que estaba a un lado de los cuartos, y como a la medianoche vino otro temblor. Ya entonces tomé precauciones. Pensé que algo más podía venir, porque los temblores fueron tan seguidos y tan fuertes que imaginé podían ocasionar un desastre”, explica.
El edificio de la Divina Pastora era una especie de rectángulo situado dos cuadras al norte del Estadio Nacional, enclavado en una manzana entera, que compartía con la moderna iglesia San José.
Por el noroeste, sobre la Avenida Monumental y la segunda calle suroeste o 15 de Septiembre, la Divina Pastora tenía un rostro fresco. Su flamante estructura, construida a finales de los 50, contrastaba totalmente con las desvencijadas alas sur y este que completaban la edificación.
Era tiempo de vacaciones para las 1,600 alumnas, y por tanto, los dormitorios de las internas estaban vacíos, recuerda la religiosa que en aquel entonces vestía rigurosos hábitos color café oscuro, un velo del mismo tono, una toca blanca y el cordón de San Francisco de Asís atado a la cintura.
El terremoto sorprendió a la hermana María Elsa revisando una de las habitaciones. Todo fue repentino y violento, recuerda. “Una enorme viga de concreto cayó sobre la cama de la hermana Ana María Cubero. Ella se salvó de morir porque estaba en Costa Rica”, afirma.
“ESTABA PARALIZADA”
Del derrumbe de la Divina Pastora, que se llevó consigo décadas de esfuerzo e historia, no recuerda mucho, aunque sí está consciente de que todas las religiosas corrieron con suerte.
Esa noche no necesitaron del ascensor para bajar bruscamente del cuarto piso a la calle. Sorteando escombros, una a una las religiosas llegaron al asfalto a través de las ventanas.
“Muévase madre, muévase, era lo único que escuchaba, pero yo estaba paralizada. Quedé en shock. No me podía mover”, agrega.
La hermana María Elsa nunca tuvo la certeza de si fue el impacto de la caída o la misma viga de concreto que cayó a su lado, lo que le fracturó tres costillas y le provocó el aplastamiento de una vértebra.
Tampoco supo que fueron los Bomberos quienes la sacaron de los escombros, y su memoria apenas registra el pavoroso incendio que se desató inmediatamente en el lujoso laboratorio del desplomado colegio.
“Eso fue horrible. Se quemó todo. Yo vine a la mañana siguiente de Diriamba y sólo encontré una parte del edificio en pie”, dice Rosita Caldera, religiosa de 88 años y fiel cronista de la historia de ese centro, situado ahora en el barrio Altagracia, donde pararon todas las hermanas después del cataclismo para reiniciar nuevamente de cero, pues ya el terremoto del Martes Santo de 1931 les había ocasionado similares estragos.
DOMÉSTICA ATRAPADA POR VIGA
“Las tres muchachas domésticas quedaron sepultadas entre las ruinas. Una de ellas, de cual no recuerdo el nombre, quedó viva atrapada por una viga que atravesaba su abdomen. La mantuvieron a punta de morfina hasta que lograron sacarla, pero murió instantáneamente”, relata la hermana Rosita.
A la hermana María Elsa la trasladaron a Diriamba inmovilizada y en el camino la atendió la Cruz Roja, recuerda. “El terremoto a todos nos cambió la vida”, agrega.
En el extremo noreste de Managua, a Corina Obando también la vida le cambió para siempre. La primera de las dos grandes sacudidas que asolaron Managua la encontró profundamente dormida y no tuvo la oportunidad de sortear los bloques desprendidos de una pared.
“La pieza (habitación) tenía una pared de taquezal y en mayo la habían botado para construirla de bloques. Pero la construyeron sólo con cemento y sin vigas”, evoca Corina.
“Yo me quería despertar en medio de los gritos. Pero no podía, sólo me acuerdo que estaba en el suelo con los pies para arriba. ¡Diosito, qué es lo que tengo!, dije cuando me quise levantar y no sentía los pies”, relata.
“Me sacaron de los escombros entre los vecinos y luego la casa se derrumbó totalmente. Me iban a llevar al hospital acostada en una camioneta, pero se descompuso. Entonces me montaron en un taxi y paré en el Hospital Militar”, dice.
DESPERTÓ EN SAN SALVADOR
Desde ese momento, de sus hijos y del resto de su familia que vivía en Managua y Juigalpa, no supo más nada.
“Me subieron en un avión a las siete de la noche del 23 y desperté en una cama del hospital del Instituto Salvadoreño de Seguridad Social, a las nueve de la mañana del día siguiente”, apunta.
“Eso fue duro. Nadie sabía nada de mí y mi madre hasta ya preparaba mis nueve días en Juigalpa, cuando una vecina llegó con un diario Novedades donde salía mi foto y el aviso de que estaba viva en San Salvador”, explica.
“Ahí estábamos en una misma sala, ‘El Chino’ y una muchacha de 19 años llamada María del Carmen, que quedaron cuadrapléjicos. También estaba la Sarita, Simeón y Eddy, todos parapléjicos”, evoca con clara lucidez. “Estaba lejos de mi familia y echa leña. Intenté quitarme la vida una vez en El Salvador”, confiesa.
“Regresamos a Nicaragua el 23 de mayo de 1973 y salimos de la rehabilitación hasta el 23 de diciembre de 1974, pero siempre fui una mujer fuerte y alegre. Nunca dejé de arreglarme elegantemente”, afirma Corina.
Aparentemente, un bloque le causó una fractura horizontal a la altura de la doceava médula dorsal, y desde entonces nada fue como antes.
“Hace 32 años yo caminaba”, suspira mientras suspende la conversación, abatida por los recuerdos.
Hace 32 años Managua despertó por última vez. Desde entonces los sobrevivientes del cataclismo la evocan afanosamente. No obstante, para muchos otros como Corina Obando Chavarría, que lo perdieron todo, el terremoto quedó en sus vidas y los marcó para siempre.
EL ÚLTIMO BAILE
“Bailé por última vez el jueves siete de diciembre de 1972. Era el día de La Gritería y estuve invitada a una Purísima por la bajada de Chico Pelón. Ahí bailé con marimba por última vez. Me encantaba bailar”, relata Corina Obando con la misma sonrisa que le caracterizó en sus años mozos.