Josué Bravo/Corresponsal
COSTA RICA.- Diciembre es el mes esperado para miles de nicaragüenses que viven y trabajan en Costa Rica. El deseo de reencontrarse con sus familiares los impulsa durante el año, por lo que a partir de la segunda quincena de este mes inician masivamente el añorado retorno.
La mayoría, que no tiene el dinero suficiente para comprar un boleto aéreo y tampoco logró obtener un cupo en las tres líneas de transporte terrestre directos a Nicaragua, emprende su viaje transbordando de bus en bus hasta llegar a su destino.
LA PRENSA realizó parte de este itinerario y comprobó lo caro y engorroso que es para quienes se aventuran a hacerlo, quedando a veces a merced de los coyotes una vez puestos en la frontera.
El itinerario inició la noche del sábado en San José, en la rústica y peligrosa terminal de buses de transporte Deldhu, empresa que tiene el monopolio de la ruta San José- Peñas Blancas. Llegué antes de las siete de la noche con el ánimo de abordar cuanto antes el autobús y me uní a la fila, detrás de un tumulto de personas cargadas de maletas e ilusión.
Mientras la fila avanza lentamente, se escucha el pregón de las ventas ambulantes y a medida que se acercan a la puerta la gente arma un tumulto porque todos quieren entrar a la vez. “Es un calvario el que uno vive en este viaje. Pero todo se compensa con el placer de viajar a mi país”, me dice doña María Rojas.
Esta empresa hace su agosto en esta temporada alta de retorno de nicaragüenses, pues hay días en que llega a transportar más de 5,000 personas y algunos tienen que viajar de pie.
TARIFAS AL BOLSAZO
El pasaje vale unos seis dólares, pero en cualquier momento sus funcionarios encuentran el pretexto para cobrar altos costos por equipajes adicionales.
Tal fue el caso de la joven pareja Carlos Salinas y María Medal, quienes por cinco maletas adicionales pagaron cincuenta dólares calculados por el funcionario al “bolsazo” y sin derecho a negociar. “Este es un negocio redondo al que nosotros tenemos que acceder por necesidad”, se lamenta Salinas.
El autobús está por llenarse. Me dispongo a abordarlo y buscar un buen asiento para descansar durante las cinco horas que dura el viaje. Todos hacen lo mismo. El bus se llena y a las siete de la noche inicia la partida.
“Realmente quisiera que este bus llegara en un minuto a la frontera. No hay nada mejor que ir a ver a mi madre después de un largo año, lleno de trabajos y sacrificios”, dice el joven Elmer Mejía.
Medarda Lara dice que el servicio de transporte hacia Peñas Blancas tiene que mejorar porque todos los autobuses carecen de un sanitario, tomando en cuenta que el itinerario es 270 kilómetros. “Y hay unos buses que tienen el asiento muy duro”, replica.
LOS ILÍCITOS
De un momento a otro todos se duermen, pero el sueño se ve interrumpido a ratos por el golpeteo, el ruido del motor y las múltiples paradas que realiza el vehículo.
Las horas pasan y la luz interior se enciende. Es señal de que estamos a pocos metros de la frontera. Luego de más de cinco horas de viaje, los pasajeros se desentumen y alistan sus maletas.
Ya son las 12:20 minutos de la madrugada del domingo. Los pasajeros empiezan a bajar y de inmediato una multitud nos asedia. Entre ellos hay cambistas, policías, cargueros y coyotes.
Empiezo a tomar fotografías de la escena y a la vez empiezan los problemas. La Policía me detiene y me pide identificación. “No hay problema”, me dice el oficial de apellido López.
Se me acercan varios coyotes y prometen trasladarme al otro lado de la frontera por seis dólares.
Aquí es “vox populi” que la Policía fronteriza, de ambos países, cobra para dejar pasar a nicaragüenses que quieren salir o entrar a Costa Rica evadiendo los controles migratorios.
“Lo voy a pasar por las agujas, por donde están los policías. Allí no hay peligro. Déme tres mil colones (unos 6 dólares) para darle dos mil a la Policía y quedarme yo sólo con uno. El teniente López, el que lo detuvo, me conoce a mí y no hay falla”, se atrevió a decirme un coyote al que acordamos llamarle Juan.
¿Y con la Policía nica qué hacemos? “Allí sólo pagamos un boleto de diez córdobas y pasamos rápido”, me contestó.
La mayoría de personas que viajaron conmigo se agruparon y con ayuda de los coyotes pasaron con tranquilidad por los puestos policiales ticos.
Peñas Blancas en estos tiempos se convierte en una ciudadela que labora las 24 horas. Hay un ir y venir de personas, maletas, policías, cambistas, coyotes y cargueros. Todos se conocen.
DETENIDO POR SER PERIODISTA
Cerca de la una de la mañana me uno a un grupo de cinco nicaragüenses que, guiados por un coyote y llevando maletas en una bicicleta de carga, decidieron cruzar la frontera. Nos acercamos al puesto policial y ellos lograron pasar sin contratiempo, pues un policía apenas anotó sus datos.
Un policía me ordenó con prepotencia ser parte de la fila de personas que quieren salir ilegalmente, aunque ese no era mi objetivo. Me pidió mi identificación y le presenté mi cédula de residencia para no delatar que era periodista. “Falsa. Esta cédula es falsa. Tiene que acompañarnos al puesto”, agregó.
Me hicieron sacar mis pertenencias —mi libreta, cámara, grabadora y cartera—. ¡Tremendo pecado! Los policías se enojaron al enterarse de que era periodista nicaragüense. “Quedará detenido hasta que Migración resuelva su situación”.
Me retuvieron por seis horas y me quitaron mis pertenencias. Fui objeto de burla y acoso. A las tres de la mañana me encerraron en una rústica celda.
Me quitaron los zapatos y la faja. “¿Y por qué me dejan descalzo?”, pregunto. “Eso es para que se pinche los pies cuando quiera escaparse”, me contestó con sarcasmo un negro y regordete oficial.
Más tarde encerraron en la misma celda a tres borrachos. Dos de ellos llegaron porque supuestamente armaron una trifulca con un cambista que intentaba estafar a una nicaragüense. Al ser encerrados ellos amenazaron con escapar y no les quitaron nada de lo que portaban. Comprendí que la diferencia en el trato era contra mí.
CRUZANDO ILEGALMENTE
Mientras estuve encerrado observé la romería de nicaragüenses que cruzaban a Nicaragua sin los sellos de Migración. La Policía sólo anotaba el número de su documento y revisaba sus equipajes. Había grupos de cinco, diez y hasta treinta personas que cruzaban la frontera sin contratiempo en horas de la madrugada.
“Hay una orden del Ministerio de Seguridad de dejar pasar a todos los nicas aunque sea sólo con cédula. Pero ya saben que al regreso van a perder su residencia”, me dijo uno de los policías.
A las seis de la mañana decidieron sacarme de la celda. Estaba desvelado e impaciente. De pronto llegaron dos funcionarios de Migración con la orden expresa del director de esa entidad, Marco Badilla, de solucionar mi problema.
Sufrí en carne propia parte de los vejámenes a que son expuestos los nicaragüenses que quieren cruzar la frontera. Comprendí que la Policía puede detenerte una noche entera cuando se les antoja argumentando que tu documento es falso, sin método de comprobación válido y bajo una teoría construida al “bolsazo”.
EL RETORNO
Durante la mañana Peñas Blancas estaba atiborrada. Había filas que superaban con facilidad los 200 metros de longitud.
“Parece que vamos a sellar rápido el pasaporte aunque hay una fila enorme”, explicó María Picado, originaria de Malpaisillo, León.
Estaba desesperada por llegar a su casa porque su padre está enfermo. “Espero encontrar con vida a mi viejito. Es triste estar en un país ajeno y hacer un viaje a la carrera por dificultades como ésta y con poco dinero”, se lamenta.