Sobre la historia del pavo real y el zopilote

Eduardo Callejas Callejas

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Sobre la historia del pavo real y el zopilote


Eduardo Callejas Callejas




Me contaba un viejo, cuando yo todavía era un niño, que el pavo real abría muy orgulloso su colorido plumaje y se enfrascaba en su baile admirándose a sí mismo en su majestuosidad. Pero su ritual terminaba abruptamente cuando se miraba sus patitas feas, le daba vergüenza y bajaba sus plumas rápidamente para tapárselas.

¿Desde cuándo las montañas se hacen en unos cuantos años de ocupar la tierra? Claro que me siento muy orgulloso de que la gente se dé cuenta de lo que yo sabía hace tiempo. Las montañas se cuidan por generaciones y el lugar que ahora ocupa la finca Esperanza Verde es de mi padre. Yo sí sé de los sacrificios que tiene que hacer un finquero para no caer en la tentación de hacerse de dinero rápido vendiendo la madera de sus montañas. He visto a mi papá y a muchos otros finqueros pasar apuros financieros y por convicción, responsabilidad y amor, no sacrificar sus montañas. Cómo habrán sufrido los dueños de las fincas en Carazo y en Diriamba cuando por decisiones de cafetaleros instantáneos y políticas erradas impuestas a la fuerza, les botaron sus montañas. Cuántas esperanzas destruyeron y cuántos ambientalistas de momento y oportunidad callaron en ese entonces. Es fácil comerse el elote de la milpa de otros. Algo huele mal en esta piñata.

No sé cómo se justifica que una ONG de Estados Unidos tenga la cara de usurpar tierra que saben no les pertenece. Que se han aprovechado del caos creado en la propiedad para plagiar una montaña que lo único que han echo por ella fue ocuparla. Cómo pisan uno de sus más sagrados derechos, el de la propiedad privada, solamente porque no están en su país. Doble medidas y circunstancias no justifican su injusticia. Hace años les hemos dicho que la tierra que dicen ser de ellos es mal habida. Nos ignoran por conveniencia y arrogancia. Y porque saben que algo tienen podrido en su paquete de cuentos.

Leyendo la entrevista a la señora Valenzuela Esta finca tiene un toque muy mío, no se puede dejar de percibir con qué facilidad descarta la visión y entereza de su empleador para valorar su participación encima de la de los demás. ¿Será que ya le echó el ojo a esta piñata? Impresionante es el número de títulos y estudios que se achaca, pero parece habérsele olvidado uno que estoy seguro su santa mamá le habrá enseñado en otros tiempos: “Lo ajeno no se toca”. ¡Algo apesta por aquí!

Numerosos son los comentarios de copetones y empleados públicos alabando los logros de la increíble institución. En siete años de ocupar la tierra han desarrollado una montaña milenaria. Parece cosa de Ripley. Ignoran la injusticia y el derecho por ver si enriquecen su raquítico currículum con la noticia del momento. No se dan cuenta que sus copetes caídos les han quitado la visión y el olor a brillantina les ha atrofiado el sentido del olfato y ya no sienten el tufo de que algo está muy mal en este lío.

Esta situación no es la misma que la del avergonzado pavo real. Él es dueño de sus plumas y de sus patas, y por eso apenas se le pasa la vergüenza y con derecho vuelve a bailar. No nos equivoquemos, estos señores son un zopilote que habiendo visto las plumas del pavo se las robaron y aunque con habilidad se han disfrazado de pavo con cualidades que no les pertenecen, los delata el tufo y la carroña que los acompañan por dondequiera que vayan. El único color de esta piñata es el negro y mal oliente. Y la única esperanza es la que le destruyeron a los que por generaciones de verdaderos dueños cuidaban de sus tierras y montañas.

Mis disculpas públicas al verdadero y noble zopilote, que aunque no fue dotado de belleza en sus plumas es imponente su vuelo y sí posee un envidiable sentido del olfato y, además, desempeña su función.

El autor es Ingeniero Zootecnista, reside en Miami.

Editorial
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