Un grupo de niñas juega en el albergue situado donde sería el mercado municipal de Río Blanco.

Desesperanza agobia a damnificados del Musún

Han pasado más de cinco meses de aquella tragedia cuando gigantescas avalanchas de lodo se desprendieron del cerro Musún y sepultaron a habitantes, casas, tierras y animales. Ahora, más de 500 familias han sobrevivido en unos 15 albergues ubicados en el municipio de Río Blanco, pero en vista que la ayuda se agotó deberán partir […]

  • Han pasado más de cinco meses de aquella tragedia cuando gigantescas avalanchas de lodo se desprendieron del cerro Musún y sepultaron a habitantes, casas, tierras y animales. Ahora, más de 500 familias han sobrevivido en unos 15 albergues ubicados en el municipio de Río Blanco, pero en vista que la ayuda se agotó deberán partir el 15 de diciembre próximo, sin tener a dónde ir

Luis Eduardo Martínez M.CORRESPONSAL / MATAGALPA

La construcción que estaba destinada a ser el mercado municipal de Río Blanco, hoy sirve de albergue para 31 familias campesinas damnificadas de los deslaves del cerro Musún. Allí, entre tramos cerrados con malla metálica, varias mujeres atizan los fogones porque se acerca la hora del almuerzo.

Afuera de los tramos, un grupo de niñas tomadas de la mano, algunas con sus pies descalzos, dan vueltas en círculos y ríen mientras cantan: “Doña Ana no está aquí…”.

Las pequeñas parecen ajenas a la incertidumbre de sus padres que pronto tendrán que abandonar el albergue y buscar un lugar para vivir porque, a partir de este 15 de diciembre, los organismos donantes suspenderán las ayudas que les brindaban.

El alegre canto de las niñas sigue: “…cerrándose el clavel”, mientras una mujer de baja estatura, Ana María Sevilla Lizano, las observa atenta y cuida para que el juego finalice sin peleas.

“Cuidado se golpean”, les advierte, mientras vuelve su mirada al techo del galerón del mercado exclamando: “Ya para el 24 (de diciembre) no estaremos aquí. ¡Saber a dónde vamos a estar!”.

“Aquí ha sido nuestra casa por todo este tiempo”, dice doña Ana María, recordando los trágicos sucesos del 28 de junio pasado, cuando gigantescas avalanchas de lodo se desprendieron del Musún y sepultaron a familiares, casas, tierras y animales de los campesinos que vivían en distintas comunidades cercanas al cerro.

Ana María Sevilla Lizano vivía en la finca de sus padres, junto a su esposo José Denis López y sus hijos Xiomara del Carmen de 16 años, Ervin Antonio de 13, y Rodrigo de dos años y medio, quienes compartían las tierras con sus otros 13 hijos y sus respectivas familias, en la comarca Caño Negro.

MURIÓ EN DESLAVES

“Éramos 14 hermanos, pero una hermana (Blanca Rosa Sevilla Lizano) murió allá en los deslaves con sus tres niños y uno que iba a tener ese día. Allí quedaron los pobres”, recuerda apesarada, mientras el joven Ervin, con su gorra hacia atrás se acerca con su hermano Rodrigo en brazos y se lo entrega a su madre.

Ella toma al niño y sigue su relato comentando que los demás miembros de su familia salieron ilesos de sus casas y unos días después, sus familiares estaban divididos, algunos fueron a los albergues y otros se trasladaron hacia Managua, en busca de empleos.

UNA VIDA NÓMADA

Ana María y su hermana Rosalina, junto a sus respectivas familias, fueron albergadas inicialmente en el Instituto Sor Oliva Lombardi, del poblado de Río Blanco. Allí estuvieron por un mes subsistiendo con las ayudas de distintos organismos para los damnificados de los deslaves.

Pero las clases en el centro debían reanudarse y las autoridades dispusieron trasladar el albergue hacia el infuncional mercado municipal. Allí, las hermanas Sevilla llevan juntas poco más de cuatro meses.

Ana María dice que han recibido ayudas alimenticias. Además, su esposo José Denis consiguió un empleo en el poblado de Río Blanco, donde le pagan 50 córdobas al día, los que según ella utilizan para comprar otras cosas que necesitan en el albergue.

“Con eso compramos algunas medicinas, la leña para cocinar aquí, algo que le falta a uno, la cebolla, el tomate, alguna libra de pollo… pero prácticamente no ajusta uno con eso”, expresa, pero asegura que “con lo poco que le dan a uno, con eso pasamos”.

“Pero dicen que no hay (ayuda) porque la Cruz Roja ya se va a ir y era la que nos estaba dando la comida… solamente dicen que nos van a entregar un zinc y una madera para que busquemos donde echar (construir) la casa”, dice doña Ana María.

Y se pregunta: “¿Pero dónde la vamos a hacer? (la casa)”, la vamos a recibir por recibirla (madera y zinc) porque no tenemos dónde hacerla”.

SIEMBRAN “A MEDIAS”

Hace unos días los damnificados de los deslaves del cerro Musún recibieron semillas para la siembra en la época de apante, pero igual que con los materiales para las casas, “no tenemos dónde sembrar”, dice doña Ana María.

Añade que en el caso de su familia, tuvo que entregar una parte de las semillas a otro campesino llamado Pedro, quien posee una parcela en la comarca El Martillo.

“Vamos a medias”, dice la mujer, explicando que Pedro se encargará del cultivo y una vez que salga la cosecha la dividirán en partes iguales.

EMIGRARÁN A MANAGUA

Las hermanas Ana María y Rosalina Sevilla Lizano son hijas de doña Fermina Flora Lizano Orozco, de 54 años, quien los últimos siete años ha padecido de un tumor en la glándula tiroides que, según sus hijas, la tiene al borde de la muerte.

Lidiando con su enfermedad, doña Flora sufrió la muerte de su hija Blanca Rosa Sevilla Lizano y cuatro nietos, incluyendo uno que estaba por nacer cuando se registraron los fatídicos deslaves del cerro Musún, a finales de junio.

Los sobrevivientes de su familia tuvieron que ser evacuados y llevados a distintos albergues.

Una de sus hijas, de nombre Ernestina, emigró a Managua junto a sus hijos y su esposo Pedro Durán. Ellos viven en el barrio Milagro de Dios.

Y precisamente, en busca de un milagro, Ernestina optó por llevarse hacia la capital a doña Flora, quien allí ha recibido atención médica en dos hospitales.

“Le han hecho exámenes y le hace falta uno que vale 500 dólares”, comenta doña Rosalina, preguntándose ¿y de dónde los vamos a sacar?”.

En medio de la incertidumbre por la salud de su madre, las hermanas Sevilla enfrentan otra realidad: en los próximos días deberán abandonar el mercado de Río Blanco que les ha servido de albergue por más de cuatro meses.

“Tenemos que buscar a dónde ir a dar”, dice Rosalina, añadiendo que “tal vez para el lado de Managua, para buscar dónde trabajar y sobrevivir”.

“Sólo estamos esperando a ver qué pasa con mi mamá, no sabemos si la van a operar o no… a ver cómo sale… después vemos qué podemos hacer nosotras”, finaliza.

ALCALDÍA EN ESPERA DE PROMESAS INCUMPLIDAS

Según el alcalde de Río Blanco, Francisco Gutiérrez Monge, “los donantes se están aburriendo”, y la Alcaldía carece de recursos para sostener a las 512 familias de damnificados que están en 15 albergues, ubicados en distintas comunidades del municipio.

Señaló que representantes del Programa Mundial de Alimentos (PMA) le comunicaron que dejarán de enviar asistencia alimenticia para los damnificados, a partir del 15 de diciembre. A su juicio, “el problema que tenemos es de ubicación, es de tierras”.

Según el edil, para atención a los damnificados han recibido la cooperación del (PMA), Ministerio de Salud, Cruz Roja Internacional, entre otras entidades de Gobierno y organismos no gubernamentales, pero criticó al Ministerio de Transporte e Infraestructura (MTI) y al Ministerio de Hacienda y Crédito Público, porque “nos engañaron completamente”.

Precisó que el Gobierno, a través de Hacienda y Crédito Público se había comprometido a asignar nuevas tierras a los damnificados de los deslaves y el MTI a reparar los caminos hacia las comunidades afectadas, sin embargo, ninguno de esos ministerios ha cumplido sus promesas.

Para el alcalde Gutiérrez, “esta gente (damnificados) van a tener el problema de retirarse y no tienen dónde alojarse, ni siquiera dónde ubicarse”.

Refirió que “la Cruz Roja Internacional y la Cruz Roja italiana venían también con un gran proyecto, que es el de las casas. Ya tenemos la madera, tenemos el zinc, tenemos todo aquí, pero ellos ponían como contraparte (condición) que si Hacienda y Crédito Público no entregaba el terreno, ellos tampoco daban (los materiales)”.

“Ahorita estamos haciendo un Plan B para entregarles (los materiales) de las casas y que ellos (damnificados) vayan a sus lugares para ver dónde pueden hacer ellos sus casas”.

“A CAÑO NEGRO NO VOLVEMOS”

Ana María Sevilla Lizano, con su pequeño Rodrigo en brazos, se dirige hacia un fogón en uno de los tramos del mercado-albergue y asegura: “A Caño Negro no volvemos porque ya con lo que nos pasó nos da miedo volver. Ahora tenemos que buscar a dónde ir”. Mientras atiza el fuego se acerca su hermana Rosalina, y dice: “Eso está bien feo, pues la finca está pegada al cerro y quedó demasiada partida”.

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