Mario Alfaro Alvarado
No me sorprendió el fraude electoral. La gente honrada lo presintió y por eso muchos se abstuvieron de votar. Los comprometidos con el pacto libero-sandinista sabían del fraude y confiados esperaron los resultados.
El fraude electoral es una vieja tradición liberal. Durante cuarenta y tres años los liberales somocistas lo practicaron en cada una de las elecciones que realizaron los tres dictadores Somoza. Regresaron los liberales al poder en 1996 y volvió el fraude en el 2004.
Los sandinistas, propensos a aprender maldades, pronto imitaron a sus colegas liberales. El Consejo Supremo Electoral, engendro maléfico del pacto libero-sandinista y heredero del Tribunal de Elecciones de los Somoza, todo lo preparó: un padrón electoral desordenado en que reunió a emigrantes y residentes, a vivos y difuntos; se usaron dos copias del padrón, una buena y otra mala, para desalentar a los votantes; se limitó el voto a muchos por diferentes razones; se cambiaron los lugares de votación y no avisaron a nadie sólo a los escogidos.
Liberales y sandinistas manejaron a su arbitrio las Juntas Receptoras de Votos; y se impidió la vigilancia a Ética y Transparencia para que no pudieran denunciar las anomalías y abusos. Finalmente el cuestionado Consejo se tomó largo tiempo —como lo hacía el Tribunal somocista— para dar a conocer los resultados finales y que nadie pudiera protestar.