Julio Jácamo Ledezma
El día que asesinaron a la periodista María José Bravo Sánchez me encontraba trabajando cuando recibí una llamada telefónica de un familiar indicándome que la televisión estaba informando del asesinato de una periodista en Nicaragua. Al regresar a casa, a esos de las 11:30 de la noche, busqué en el Internet por la nota de última hora de LA PRENSA.
Por supuesto, el dolor estremeció mi ser al enterarme que esta jovencita, pionera del nuevo periodismo de la postguerra que se experimenta en mi tierra, nación de la cual yo soy parte, cayó abatida de un certero balazo a manos de un siniestro politiquero prepotente de El Ayote, matón activista del PLC armado de revólver y atizado por pactos y repactos de liberales y sandinistas.
Desde los diferentes puntos cardinales de las Américas se dejó sentir el palpitar de dolor y repudio a través de las enlutadas columnas de LA PRENSA. Mientras tanto, los odiosos y prepotentes “diputados” de la Asamblea Nacional acordaron retomar el ejemplo de infundir extremado temor, que vive la población de El Ayote, lugar de origen del matón, aprobando para ellos el uso de fusiles de guerra, convirtiendo en El Ayote de terror a toda una nación.
Estos diputados, “padres de El Ayote”, oportunistas y aprovechados politiqueros de bombo y platillo, aprobaron su rearme en los días de ésta y otras zozobrantes circunstancias. Nunca aprenderán que el poder no está en las armas sino en la sabiduría. Nunca entenderán que el poder está en la compasión, la tolerancia y disposición para cooperar con su mismo pueblo.
Entiendo que la presencia de matones políticos armados en un escrutinio electoral significa que nuestro Gobierno, su Ejército y su Policía no son un bastión suficiente y seguro para una continua libertad ciudadana. La tea que dejó encendida María José Bravo Sánchez nadie la podrá apagar.
Phoenix, Arizona.