El capitalismo y la reproducción social

Guillermo Cárdenas Montalván* Roman, Times, serif»>Opinión Económica El capitalismo y la reproducción social Guillermo Cárdenas Montalván* Una característica de la actual crisis de reproducción social consiste en la incompatibilidad entre la libertad global de acumulación del capital y el derecho ciudadano a una vida digna. Para los fines del capital, la población trabajadora resulta estructuralmente […]

Guillermo Cárdenas Montalván*

Roman, Times, serif»>Opinión Económica

El capitalismo y la reproducción social


Guillermo Cárdenas Montalván*




Una característica de la actual crisis de reproducción social consiste en la incompatibilidad entre la libertad global de acumulación del capital y el derecho ciudadano a una vida digna. Para los fines del capital, la población trabajadora resulta estructuralmente excedente, generándose así la exclusión masiva que constituye la nueva cuestión social.

Autónomamente o con el apoyo de organizaciones sociales, los excluidos y empobrecidos buscan formas de sustento alternativas, pero chocan con la falta de condiciones para realizar socialmente el potencial productivo de su principal recurso: el trabajo.

Los asombrosos progresos científicos y tecnológicos de los últimos decenios han generado, entre muchos otros, efectos como el achicamiento del mundo, cada vez más convertido en “aldea global”, cambios muy profundos en las posibilidades de trabajo de la gente; cada vez se necesitan más trabajadores con alta calificación, cada día se utilizan las técnicas modernas para producir o prestar servicios eficaces, disminuyendo la demanda de trabajo no calificado. Lo que junto con generar desocupación en el ancho mundo de los pobres que no han tenido posibilidades de estudiar y prepararse, genera crecientes desigualdades en el nivel de las remuneraciones.

No solamente ésta se manifiesta en las desigualdades entre los pueblos sino también en las desigualdades sociales internas. No habrá solución a la crisis en tanto que no sean reforzadas las posiciones de todos los “débiles” del sistema: los pueblos de las periferias, las clases sociales dominadas en todos los países de los centros y de las periferias. Dicho de otra manera, salir del “colonialismo global” y de los mitos liberales, rechazar los repliegues neo-fascistas ilusorios. Tales son los grandes principios a partir de los cuales se puede desarrollar una reflexión útil para la construcción de un contraproyecto humanista, universalista y preocupado por respetar las diversidades (pero no las desigualdades), democráticas.

El capitalismo es un sistema mundial y la ofensiva del capitalismo salvaje también lo es. La respuesta a esto, la solución del problema por tanto debe serlo también. Pero el socialismo mundial, la única respuesta humana al desafío, no es para mañana, hay que actuar desde ahora mismo en un sentido que favorezca una evolución favorable a más largo plazo, saber insertarse en los márgenes de acción posibles, por ligeros que sean, para reforzar las capacidades de elección en un futuro. Sin duda estas posibilidades son diferentes en cada país, pero se inscriben en una misma perspectiva porque, en definitiva, las políticas del capital son las mismas al Norte que al Sur, en todas partes producen el paro, la pobreza y la exclusión, incluso si la herencia histórica y la posición ocupada en la jerarquía mundial dan dimensiones más o menos dramáticas a la catástrofe social. Existe pues una base objetiva sobre la cual puede y debe erigirse el internacionalismo de los pueblos frente al capital.

En suma, la formación de complejos gubernamentales cada vez más poderosos, y capaces de conducir al sistema moderno de Estados soberanos a su dimensión global actual, ha transformado también la misma estructura del sistema por una destrucción gradual del equilibrio de poder sobre la que descansó originalmente la igualdad de las unidades del sistema. Así como la categoría jurídica de Estado llegó a ser universal, la mayoría de los Estados fueron en su momento privados. Incluso Estados poderosos como el Japón y la antigua Alemania Occidental.

Los retos a los que los pueblos se enfrentan hoy día son, sin duda, diferentes a los de ayer. Hay sucesos que son el resultado del conjunto de la transformación que han sufrido las relaciones sociales y las relaciones internacionales. Estas relaciones habían sido construidas al finalizar la Segunda Guerra Mundial sobre la base de la derrota del fascismo. En Occidente esto había creado una relación de fuerzas considerablemente más favorable para la clase obrera como no lo había sido nunca en la historia precedente. Esta nueva relación constituye la clave que permite comprender el compromiso histórico capital-trabajo del Estado socialdemócrata.

En este marco de gestión de la crisis las instituciones internacionales son instrumentalizadas para servir especialmente para controlar las actuales relaciones y las nuevas relaciones. Los programas de reajuste estructural impuestos en este marco no son pues en absoluto lo que su nombre quisiera sugerir. No se trata de transformar las estructuras de una manera que permitiera seguidamente un nuevo impulso general y la expansión de los mercados. No se trata más que de adaptaciones coyunturales sometidas a las lógicas a corto plazo de gestión de la crisis, en particular a las exigencias de la garantía de la rentabilidad financiera de los capitales excedentes.

Las exigencias de gestión de la crisis están en el origen de la “financiarización” del sistema. La protección prioritaria de la rentabilidad de las inversiones financieras, sea en detrimento de las inversiones productivas, agrava la desigualdad en la repartición de los beneficios tanto en las escalas nacionales como en la mundial, y encierra en una espiral de estancamiento que hace difícil la salida de la crisis. Por el contrario, eso implicaría la modificación de las reglas sociales que dirigen el reparto del beneficio, el consumo, las decisiones de inversión, la gestión financiera, es decir, otro proyecto social distinto al que prevalece actualmente.

En este sentido, el desafío de elevar la calidad de las economías no sólo choca con algunos hábitos derivados de la cultura histórica de las sociedades, sino también con algunos rasgos que tienden a prevalecer en la cultura de nuestros días al menos en el mundo occidental. Me refiero especialmente al excesivo individualismo, al consumismo desenfrenado, a la tendencia al enriquecimiento rápido, a la liberalidad sexual y al menosprecio del Estado como órgano del bien común.

No es justo un mundo como el de nuestros países latinoamericanos, en que importantes sectores de la población en algunos casos mayoritarios, no tienen adecuado acceso a la salud, la educación, la vivienda y el trabajo bien remunerado. La primera y fundamental exigencia de justicia es la igualdad de oportunidades para todos. Si se invocan criterios de justicia para regular las remuneraciones o ingresos de cada cual según su capacidad y rendimiento, esos mismos criterios exigen que todos inicien esa competencia desde un mismo punto de partida, con análoga capacitación y posibilidades. Esta es, sin duda, una exigencia ética fundamental.

La comunidad internacional de naciones debe enfrentar estos planteamientos y corregir el impacto socialmente desestabilizador de la globalización, reconocer las demandas legítimas en cuanto a derecho al trabajo y protección del medio ambiente, y evitar que se interpongan nuevos obstáculos a una integración más equilibrada de los países en desarrollo, y de los de América Latina y el Caribe, a los mercados mundiales.

* El autor es economista

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