Pablo María durante la ceremonia, en uno de los pocos momentos durante la hora y media de prédica, en los que no corrió.

Pablo María corre por Dios

Juan Ruiz Sierra ¿Cuántos kilómetros recorrió ayer el colombiano Pablo María en el Estadio Nacional Denis Martínez? Es difícil saberlo. Muchísimos. Hubo momentos en los que su espectáculo pareció más una competición atlética que una ceremonia religiosa. Corrió y corrió. Y dio patadas al aire. Y saltó. Y movió las caderas. Y los hombros. Y […]

Juan Ruiz Sierra

¿Cuántos kilómetros recorrió ayer el colombiano Pablo María en el Estadio Nacional Denis Martínez? Es difícil saberlo. Muchísimos. Hubo momentos en los que su espectáculo pareció más una competición atlética que una ceremonia religiosa. Corrió y corrió. Y dio patadas al aire. Y saltó. Y movió las caderas. Y los hombros. Y cantó.

Tampoco es sencillo clasificar a este hombre. ¿Qué es exactamente? ¿Un predicador? Apenas predicó. ¿Un showman? Llamar simple show a lo de anoche sería hacerle poca justicia. ¿Un cantante? Su voz es bastante pobre y, además, se limitó a repetir los estribillos de la banda que lo acompañaba, todos loando y dando gracias al Señor y a la Virgen María. ¿Un bailarín? La danza de Pablo María es arrítmica y de movimientos muy básicos.

Puede que no sea exactamente ninguna de estas cosas, pero algo debe de tener cuando logró lo que estuvo fuera del alcance de la mexicana Paulina Rubio la semana pasada: que apenas hubiera asientos libres en el Estadio Nacional. Los asistentes, de todas las edades, estaban casi hipnotizados. Alzaban las manos al cielo cuando Pablo María les exhortaba a hacerlo; respondían “¡Cristo!” cuando éste les preguntaba: “¿Quién vive?”; daban palmas cuando él daba palmas. Todo al ritmo de cumbias, rancheras o baladas. Pablo María echa mano del folclor musical latinoamericano para comunicar su mensaje, que según él, es el mismísimo mensaje de Dios.

La suya es una historia de redención. Como él mismo narró anoche entre verosímiles sollozos que demostraban sus grandes dotes de actor, “hace 26 años estaba lleno de dolor, de tristeza, de pecado, de amargura”. “En mi corazón no había sino dolor. Había drogadicción. Mi tío me abusó sexualmente”, continuó, arrodillado y afónico por la hora y media de ceremonia que había transcurrido, “pero ahora ya no, ¡ahora tengo un corazón nuevo! ¡Ahora estoy lleno de amor!”. Y entonces bajó del escenario y comenzó a estrechar las manos de los presentes, entre los que se veía alguna que otra lágrima. Fue el clímax de la noche, el apogeo.

Después del clímax, como en muchos otros espectáculos, llegó un suave descenso por medio de una dulce balada que incitaba a que el público pusiera todas sus esperanzas en el Señor. “Es maravilloso el amor de Dios”, dijo en un tono mucho menos histriónico que el anterior. Y se fue. Corriendo, por supuesto.

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