José Adán Silva
Roman, Times, serif»>Hey taxi
Filosofía de la vergüenza
José Adán Silva
Puede que me equivoque, pero bastan unos minutos de conversación con alguien para formarse una opinión, buena o mala, de esa persona. No lo conozco lo suficiente y no sé nada de su vida personal o sus antecedentes, pero bastó una carrera de quince minutos para saber que hay gente que por cosas de la vida termina en el sitio equivocado de las vocaciones.
Este señor creo que debió haber sido un buen periodista (esos que tanta falta hacen ahora ante el crecimiento de los abusivos reporteros de notas rojas de TV), si hubiera conocido alguna mano amiga que lo trajera a los medios. Pero en respuestas a sus necesidades, sólo encontró una mano que le enseñó a conducir y ahora, y desde hace décadas, vive de un taxi.
Se llama Octavio Fernando Salvatierra Palomo. Nació hace 66 años y desde entonces ha sido liberal. Ahora es socio de la cooperativa de taxis Hermosa Soberana.
“Pero no se confunda, que yo sea liberal no quiere decir que defienda las ideas de algunos diputados que no son liberales, sino oportunistas, como Quiñónez (Enrique) y Wilfredo (Navarro), que presos deberían estar con su jefe, por brutos”.
Escucha noticias todo el tiempo; lee los periódicos y, con discreción, entrevista a los pasajeros que se lo permiten. El locutor de turno está hablando del mensaje que el Subsecretario Adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Dan Fisk, trajo a los liberales: “Olvídense de Alemán” y júntense con las “fuerzas democráticas” para derrotar a los sandinistas. Comenzó la entrevista.
Al igual que a muchos diputados liberales y sandinistas, el mensajero del gobierno norteamericano no le cayó en gracia a don Octavio por una razón sencilla: vergüenza. “Vergüenza debería darles a estos políticos que venga un chelito cualquiera a decirles lo que diario me dice la gente en la calle”.
Conoció de la visita del Secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, y tampoco le agradó que el presidente Enrique Bolaños le ofreciera la destrucción de los vetustos misiles rusos que, como reliquias de un pasado triste, aún guarda el Ejército de Nicaragua. “No podía esperarse menos de un conservador ¿ha escuchado usted de Adolfo Díaz?”.
Las desavenencias con las visitas de los halcones norteamericanos no es por puro patriotismo ligero de ese que abunda hoy en los chiqueros de la política, sino por su filosofía de la vergüenza: “el que pierde la vergüenza, pierde todo”.
Por ejemplo, dice don Octavio, lo malo no es destruir los misiles que, al fin y al cabo, para nada sirven, sino la forma servil en que los ofreció el Presidente, de quien recuerda que no es liberal, sino un conservador que aprovechó una debilidad de Alemán para encaramarse en el trono.
“A Bolaños lo puso Alemán, aunque diga lo que se diga de las huacas. Ahora le da vergüenza reconocer que fue empleado del gordo, pero cuando estaba con él no sentía la vergüenza al recibir los doble salarios”.
Me bajé del auto no sin antes decirle a don Octavio que compartía su visión sobre la política: se gana poder y plata, pero se pierde la vergüenza y a como usted dice, quien pierde la vergüenza, pierde todo.