Alberto L. Alemán Aguirre
Roman, Times, serif»>Golpes en la mesa
Funesta carga contra la prensa
Alberto L. Alemán Aguirre
Después de 14 años de transición democrática, casi llegamos a creer que muchos nefastos vicios de la tradición política de Nicaragua habían sido superados. Pero la brutal muerte de la periodista de LA PRENSA María José Bravo y otros hechos recientes, parecen demostrar que, por desgracia, estamos equivocados.
Las circunstancias de su muerte y sus antecedentes — las amenazas a su persona— revelan la más deleznable cobardía.
Es la última víctima del matonismo que practican los partidos políticos tradicionales, sobre todos los pactistas.
Y al final, esto no es sino una expresión más de nuestra cultura política pobre, excluyente, autoritaria, donde aún se considera válido resolver las diferencias por la violencia o eliminar físicamente al adversario o a quien vean como un estorbo.
Personas como quien disparó la pistola contra el pecho de María José, como el vulgar pistolero que hace dos años irrumpió en las oficinas de este diario, como algunos diputados que las portan en la mismísima Asamblea Nacional o que, cobijados por una inmunidad, las disparan ante multitudes indefensas, gustan de intimidar.
Seguramente se creerán muy hombres, muy machos. Es muy fácil serlo, sobre todo cuando se lleva un arma. Pero en realidad, esa actitud denota la más profunda cobardía y vileza moral.
El crimen de nuestra colega demanda justicia y los periodistas de este país no podremos aceptar que el asesino vaya a salir impune por culpa de una justicia corrupta dominada por los partidos políticos que se han repartido el Estado-botín.
El PLC debe examinar profundamente las razones de su derrota, y si esta reflexión es honesta, deberá culparse únicamente a sí mismo. Desde que Arnoldo Alemán fue detenido, no existe otro punto en su agenda de propuestas más que la libertad de su caudillo.
¿Y el sandinismo, puede hablar de victoria? Este partido ha ganado solamente gracias a su electorado cautivo y a la pavorosa abstención.
Ambas fuerzas son responsables por su defensa de la corrupción, por sus infames juegos politiqueros y por su evidente y exclusivo interés en las prebendas, de que la ciudadanía no vea sentido votar.
La culpa está del lado de la politiquería, y no de parte de los periodistas, quienes solamente cumplen con su deber de informar sobre los acontecimientos, tal como éstos son.
El asesinato de María José coincide con las preocupantes citatorias que el Ministerio Público ha hecho de varios periodistas para que declaren sobre cosas que corresponden a su trabajo, en casos que la institución investiga.
Es absolutamente inaceptable sugerir, forzar o intimidar a los periodistas para que éstos revelen sus fuentes. Semejante actitud es una agresión contra la libertad de prensa y contra del derecho de los hombres de prensa a ejercer su trabajo de servicio público. Es una regresión alarmante en un Estado democrático.
Estamos ante un embate contra la prensa, contra el derecho a expresarse, a informar, a criticar, a ejercer las libertades cívicas que son un derecho natural.
Hace unos meses, oscuros intereses cegaron la vida de Carlos Guadamuz. Hoy, un vil individuo ha matado a una joven ajena a sus mezquinos intereses políticos y que cumplía con su trabajo.
A la indignación y condena por todo el país, se une el repudio internacional.
Algunos, como yo, apenas conocimos a María José, pero eran evidentes su sencillez, su humildad y su simpatía. Su sonrisa era sincera. Apenas unos días antes, la habíamos visto por aquí, y a otros corresponsales. Y aún es difícil asimilar que ya no volverá por aquí.
Condenamos su asesinato, oramos por su alma, apoyamos a su familia y exigimos que los culpables reciban el castigo que merecen, que la impunidad no los cobije con su sucio manto.