La comida por la libertad

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La comida por la libertad





En un libro que fue presentado anoche en Managua (Ejércitos y democracia en Centroamérica), en el primer capítulo titulado Las relaciones civiles-militares en la Nicaragua postsandinista, su autor, el catedrático e investigador estadounidense J. Mark Ruhl, asegura que “la clase política civil de Nicaragua —no sus líderes militares— es la mayor responsable por el fracaso para completar el proceso de subordinación de las fuerzas armadas nicaragüenses a la autoridad democrática”.

Tiene razón el profesor Ruhl, pero se queda corto. En realidad la clase política civil de Nicaragua es responsable de eso que él señala y de todas las grandes fallas y desviaciones en la construcción de la democracia nicaragüense, por la ineptitud gubernamental y sobre todo por el daño que le causó con una espeluznante corrupción que superó a la piñata sandinista y motivó a muchos nicaragüenses, de los sectores sociales más atrasados, a pensar en que con tal de tener la comida diaria preferirían un régimen autoritario en vez del sistema democrático.

Además, resulta comprensible ese sentimiento porque aparte de la corrupción de la clase política y del déficit en el cumplimiento de la agenda social, tampoco se le ha puesto atención a la educación democrática de la población. Si la gente no disfruta los beneficios materiales de la democracia y además desconoce los valores y principios democráticos, es lógico que muchos tiendan a creerle a quienes les prometen que les van a asegurar el paquete “afa” (arroz, frijoles y azúcar) de los tiempos del régimen sandinista, junto con la tarjeta de racionamiento para adquirir algo adicional cuando se pueda y haya. Esto, para muchas personas es mucho más importante que la libertad de elegir, que el derecho de opinar libremente y de organizarse en el partido o la asociación gremial que quiera, y más importante también que la libertad de movilizarse dentro del territorio nacional y de emigrar al extranjero.

Al parecer, como la memoria es corta a alguna gente se le olvidó que ya hubo en el país un sistema de gobierno que prometió satisfacer las necesidades materiales de la sociedad a cambio de suprimir la libertad. Pero el autoritarismo no sólo eliminó la libertad sino que también arruinó la economía y la vida cotidiana de la gente fue peor que ahora, pues los pocos bienes de consumo que se conseguían eran repartidos preferentemente entre las cúpulas política y militar y a la población común le daban lo poco que sobraba, y cuando sobraba.

Era tan penosa la vida en aquella época que muchos nicaragüenses tuvieron que irse del país huyendo de la represión, o se fueron a hacer la guerra contra el régimen totalitario que tampoco aseguraba la comida. Y cuando hubo la oportunidad de elegir libremente, el 55 por ciento de los nicaragüenses votó a favor del cambio democrático y sólo un 41 por ciento lo hizo por la dictadura sandinista, a pesar de las intimidaciones de toda clase que ésta ejerció contra la población.

Lamentablemente la administración de la democracia cayó -sobre todo a partir de 1997- en manos de políticos codiciosos y corruptos. Y por eso es que ahora, a pesar de que la situación económica es mucho mejor que durante la dictadura sandinista, los beneficios materiales de la democracia no llegan aún a muchas personas. Y éstas, insatisfechas, son las que dicen que preferirían un gobierno autoritario si les asegurara la comida.

Igual ha pasado en otros países de América Latina y el Caribe, en los que también hay gente desencantada de la democracia porque ésta no le ha resuelto sus problemas materiales. Y en consecuencia abundan los que creen en cualquier promesa de líderes demagógicos, populistas y autoritarios, que sin embargo son tan corruptos como los políticos “democráticos” y además enemigos de la libertad y del derecho ajeno.

Si la democracia hubiera sido administrada con austeridad, transparencia y eficiencia, sin duda que muchos más nicaragüenses vivirían mejor y no habrían perdido la fe en los valores democráticos. Pero mientras el barco no se ha hundido aún es tiempo de evitar que naufrague. Y para evitarlo los políticos democráticos y además honestos deben ayudarle a la gente a comprender que la salvación está en sus propias manos, en el voto, que bien aprovechado es un poderoso instrumento de transformación y progreso de la sociedad.

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