Respeto, cuidado y promoción de la vida

Ervin Manuel Rosales A.

El tema de la vida, de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos, pertenece a toda conciencia humana que aspire a la verdad y esté atenta y preocupada por la suerte de la humanidad.

El respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente, desde su concepción hasta su muerte natural, es uno de los pilares sobre los que se basa toda sociedad civil. Debemos promover un estado humano que reconozca, como un deber primario, la defensa de los derechos fundamentales de la persona, sobre todo la de la persona débil e indefensa.

Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se desarrollan y fundamentan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Sólo el respeto a la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz.

Hoy se habla y se destinan jugosos recursos a promover una ley que acepte la práctica del aborto; en este contexto debemos recordar que toda ley humana es tal en cuanto está conforme con la recta razón y, por tanto deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste con la razón se denomina ley inicua, sin embargo en este caso deja de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia. Toda ley que contradice a la ley natural, no será ley sino corrupción de la ley. En el caso del defendido y promovido aborto terapéutico no debemos engañarnos, llámese terapéutico o no el aborto es un crimen repudiable y en el caso de que sea aprobado por la ley aplica a ésta lo anteriormente dicho.

Por último vale recordar que todo delito contra la vida es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del pueblo; por el contrario, donde los derechos del hombre son profesados realmente, reconocidos y defendidos públicamente, la paz se convierte en la atmósfera alegre y operante de la convivencia social. Todos estamos llamados a defender la vida y principalmente aquéllos en quienes recae la responsabilidad de aprobar la leyes.

Se nos pide amar, respetar y defender la vida de todo hombre y toda mujer, y trabajar con constancia y valor, para que se instaure finalmente en nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida, fruto de la verdad y del amor.

El autor es presidente de la Asociación Integral de la Familia Juan Pablo II

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