- Las tuberías de Juigalpa, la capital de Chontales, están secas desde hace más de dos décadas. Para los más de 63 mil juigalpinos que padecen de sed, conseguir agua es un cotidiano suplicio. La vieja idea de un ingeniero visionario de extraer agua del cercano Gran Lago podría ser el bálsamo. No obstante, se trata de un ambicioso proyectode 25 millones de dólares que de momento transita los caminos de la burocracia
Johnny Cajina Guillén
“Bendito sea Dios que nos mandó este poquito de agua”, fue la expresión que sonó a plegaria y se repitió por todos los rincones de Juigalpa en medio de un torrencial aguacero. Eran cerca de las nueve de la noche y en toda de la ciudad los vecinos corrieron a llenar sus recipientes de agua, la que sólo en ocasiones sale por los grifos.
Tamanes es un barrio ubicado en las partes más elevadas al este de Juigalpa, desde donde la vista de las azules sierras de Amerrisque es simplemente espectacular. Hasta finales de los años setenta, el sitio era considerado un potrero y estaba escasamente habitado, sin embargo, la guerra de la siguiente década ocasionó una gran migración campesina que lo pobló aceleradamente.
Doña Olivia López es una de las tantas vecinas de Tamanes que cada ocho días está en pie entre la una y las dos de la madrugada, esperando que el agua fluya por el único grifo de la casa para rellenar los tres barriles y los diez baldes en los que se guarda el agua potable.
Ella dice llevar mentalmente la cuenta del día en que serán abastecidos nuevamente. “Dios guarde si nos dormimos porque nos quedamos sin agua”, apunta entre risas.
MÁS POBLADORES,MÁS PROBLEMAS
“Hace como 20 años traíamos el agua en bidones sobre la cabeza desde unas tres cuadras de aquí. Después vino un proyecto de tuberías y el agua nos llegaba regularmente.
Eran pocas las casas que existían y pensamos que el problema se había acabado, pero después de tanto tiempo hay más pobladores y más problemas”, explica.
Pese a las adversidades, López dice sentirse dichosa. “Es que a mis vecinos que viven más arriba el agua jamás les llega”, advierte.
Marjorie Quiroz, es otra vecina de Tamanes que se ha sacrificado infinidad de noches y madrugadas para obtener un poco de agua. “Es que los que trabajan fuera no pueden desvelarse”, explica la señora, mientras deja caer unos míseros hilos de agua limpia sobre los trastes lavados que recién utilizó su familia por la mañana.
Los cinco barriles y diez bidones en los que guardan agua, le duran menos que a su vecina doña Olivia, con cuyo patio colinda su casa. “Es que nosotros somos ocho en la casa”, sentencia.
Al igual que miles de familias juigalpinas, la de Quiroz ha aprendido a economizar el poco agua que obtienen. “No me lo va a creer, pero hay veces que nos bañamos dos personas con un solo balde de agua y para lavar ropa nos vamos hasta Puerto Díaz o la casa de algún familiar”, comenta.
Para Quiroz y sus vecinos, el fin de la temporada lluviosa implica un problema mayúsculo. “Es que en verano todo es peor. Ya en diciembre el agua no nos llega, pero el recibo (de cobro) siempre viene aunque no tengamos agua la mayor parte del tiempo. El sentir es que pagamos por un servicio que no tenemos”, dice.
“En el centro hay agua hasta para lavar los carros y eso me da enojo”, expresa doña Marjorie, quien confiesa su tristeza porque al problema no le vislumbra una pronta solución.
UN GRAN SUPLICIO
En casa de la anciana Timotea de Suárez, la situación es más dramática. “Desde hace como dos meses se nos ido el agua poquito a poco y ya no viene. Así ha sido siempre pero ahora esto está peor”, dice.
Los Suárez suman nueve personas. Una de ellas es Mariano, hijo de Timotea, quien recién cambió el rumbo de su vida debido a la crisis de agua en Juigalpa. Abandonó Costa Rica, la vecina nación del sur donde vivía legalmente con toda su familia, porque no podía dejar a sus padres con las dificultades que implicaba acarrear agua todos los días.
“Mi padre estaba enfermo y mi madre, que tiene 77 años, se cayó un día de tantos mientras cargaba agua. No podía dejarlos así y decidí regresarme. La falta de agua es el suplicio más que grande que hay aquí”, cuenta Mariano.
Su esposa, Blanca Villarreyna asevera que aunque la sed que padecen ha sido crónica, al menos el año pasado tenían agua cada cuatro días durante el invierno. “Pero ahora no la tenemos del todo”, afirma con desesperanza, mientras abre inútilmente la única llave que poseen y que está situada sobre al borde de la empedrada calle.
Villarreyna tampoco ve con buenos ojos la llegada del verano, época en la que compran el barril de agua hasta en 20 córdobas. “Y ahora viene más cara”, replica, y luego explica que para colmo, ahora sienten más calor debido a que la construcción de una elegante vivienda sobre la acera de enfrente les impide el paso de la fresca ventisca proveniente de Amerrisque y de la que siempre gozaron.
LAS HISTORIAS SE REPITEN
Las historias se repiten a lo largo de toda la ciudad. Nuevo Amanecer, Héctor Ugarte, Las Torres, Santa Clara, Santa Ana, Padre Miguel Gonfia, Loma Linda y La Morenita son parte de una extensa lista de barrios que padecen de un prolongado desabastecimiento de agua potable.
En Las Canoas, un barrio situado entre el parque zoológico y Tamanes, vive Ana Rosa Gómez, en cuya casa hay abundante ropa de niños colgada en la cerca de púas trasera que sirve de tendedero.
Ingris Asunción, Jefrin y Kenner son parte de los seis infantes que viven en la humilde vivienda junto a dos adultos. “Nos gastamos dos barriles diarios a quince córdobas cada uno, pero anoche de casualidad ya Dios nos mandó un poquito de agua de lluvia, logramos llenar los trastes y ahorramos ese dinero”, dice Ana Rosa.
Los Gómez le compran el agua a unas niñas que la jalan de un pozo cercano. “Pero cuando viene el agua la reservamos para tomar, porque el agua de los pozos no sirve para eso”, apunta.
TIEMPOS DE PIPEROS
Juigalpa fue elevada a ciudad en enero de 1879 y hasta su primer centenario tuvo pocos problemas de agua. Cada casa poseía un pozo y por las viejas calles transitaban “los piperos”, unas grandes pipas jaladas por bueyes en las que se distribuía el agua para tomar.
Calincanto y los pozos de Juan Castilla eran las principales fuentes de abastecimiento y el agua se vendía en cántaros de hierro, recuerdan los más antiguos juigalpinos.
El otrora caudaloso río Mayales, que corre de norte a sur y bordea la ciudad por el este, fue por muchas décadas un lugar de esparcimiento familiar y desde tiempos remotos el principal lavadero de Juigalpa.
Hoy el Mayales está gravemente contaminado. Tres cauces bajan desde la ciudad y vierten su espumosa podredumbre sobre las revueltas aguas de invierno.
Pese a ésto, el Mayales está siempre atestado de gente lavando o simplemente tomando el baño del día, muchos de ellos, incluso, bebiendo de sus contaminadas aguas.
TUBERÍAS SECAS
Hoy apenas se cubre un 35 por ciento de la demanda general de agua potable de Juigalpa. En invierno, cuando el abastecimiento mejora un poco, el agua llega cada ocho días a los barrios situados en las partes más altas. Pero en verano las tuberías se secan hasta por dos meses.
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