Aires de santidad

José Adán [email protected] Un olor como aquél, de flores solemnes y aires de incienso dulce, sólo lo había sentido en una iglesia de campo. Pero era real y ahí estaba, flotando en la cabina junto a los rezos de un Rosario que se oía con cantos gregorianos de fondo. Una señora obesa de moño grande […]

José Adán [email protected]

Un olor como aquél, de flores solemnes y aires de incienso dulce, sólo lo había sentido en una iglesia de campo. Pero era real y ahí estaba, flotando en la cabina junto a los rezos de un Rosario que se oía con cantos gregorianos de fondo.

Una señora obesa de moño grande iba delante de mí, en el asiento delantero derecho, y me impidió ver por unos minutos el esplendoroso altar rodante del taxista que se persigna al pasar por cualquier Iglesia Católica.

La señora se bajó en el Centro Comercial Managua, y él me invitó a pasar al asiento delantero. Se llama Pablo Antonio Artola Mejía y no teme dar a conocer sus pasiones religiosas. Tampoco es muy sutil que digamos.

En una parte del tablero, Pablo, con más de 45 años, instaló una colorida representación de la Corte Celestial: ocho estampillas de Vírgenes Marías en distintas versiones.

Cinco estatuillas: dos de Divinos Niños Jesús, un pequeño y un mediano; otras dos de Vírgenes de la Medalla Milagrosa y una última imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Entre ellos yacen asidos al tablero dos crucifijos, uno de plata y otro de madera; alrededor de las imágenes cruzan dos rosarios con cuentas benditas, de madera y plástico.

Sobre el espejo retrovisor brilla un afiche mediano de la Virgen de Guadalupe (Lupita, Patrona de México, ruega por nosotros). Otra figura de ella misma, más pequeña, yace cerca del altar, junto a una estampilla dorada de San José cargando al Niño Jesús.

No podía faltar la Santa Cena y el Arcángel San Gabriel dando las buenas nuevas, junto a una calcomanía del Nacimiento de Belén.

El altar, para quien no sabe de santos y vírgenes, es una verdadera lección de catolicismo: aquella es la Lupita; ésta y aquella son Santa Teresa; esas dos son del Corazón de María, aquella María Auxiliadora y esa borrosa es la Virgen de la Medalla Milagrosa.

Como llavero, Moisés carga dos tablas de piedra que contienen los 10 mandamientos. En la guantera, para lucirse, Pablo muestra dos casetes: los cantos de La Purísima Concepción de María, y cantos de misa.

El Rosario con el canto gregoriano de fondo es la señal de la emisora Radio Estrella del Mar, frecuencia 104.3 FM, perteneciente a la Iglesia Católica. Al lado de la puerta, en una especie de alforja, lleva un rollo de “Guías del Peregrino”, con mensajes a los conductores: “Camina por Cristo hacia el Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y de todos los Santos”.

Bajo el asiento, sus armas principales: una Biblia de bolsillo y un libro de pasta dura titulado “Visitas al Santísimo, 31 visitas, oraciones diarias a San José, Virgen María y el Santísimo”. Con dedicatoria del padre Donaldo D’Sosa, desde México.

“Escriba sin ninguna pena mi testimonio”, me dice Pablo, “que todos sepan que no soy ni la sombra de lo que era antes, porque el Señor cambió mi vida”. Aunque no me lo hubiera pedido, hubiese escrito que a ese señor algo le cambió la vida y le impregnó ese raro olor en extinción, de flores solemnes e incienso dulce, como iglesia de campo.

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