Andrés Mendoza Bravo*
Los gratos recuerdos que guardo del pueblo ruso afloran entre la muerte y el dolor de quienes me recibieron en sus modestos hogares en nombre de la solidaridad entre los pueblos y que hoy lloran a sus muertos, cuidan a sus heridos y luchan por superar una de las desgracias más conmovedora de los últimos tiempos.
Cómo no recordar las múltiples visitas que efectué a las instalaciones escolares. Entre la curiosidad y la admiración, año con año los extranjeros llegamos a compartir experiencias con los niños de las escuelas de la otrora Unión Soviética.
Rompiendo las barreras culturales, muchos de los que tuvimos la oportunidad de convivir con el noble pueblo soviético, hoy disgregado en diferentes repúblicas, recordamos el cariño de los infantes llenos de ternura y amor, pero hoy quebrantados por el dolor que ha causado el irracional ataque al templo de la enseñanza, como lo fue el macabro secuestro de la Escuela de Beslan, justamente el primer día de clase.
¿Por qué está reinando el odio? ¿por qué sacrificar a inocentes criaturas? ¿cómo entender actitudes tan despreciables para la vida misma? Los niños de Beslan claman al cielo el castigo a los que les negaron el sagrado derecho a la vida. ¿Podrá la justicia divina entender la bestialidad de los que ejecutan acciones similares a las ocurridas en la Escuela de Beslan?
Mi solidaridad al noble pueblo de la Federación Rusa, en especial a los familiares de las inocentes víctimas de semejante barbarie.
* Ex alumno en la Federación Rusa (ex Unión Soviética)