Shaila K. DewanThe New York Times
El ascenso de las gemelas Bush, Jenna y Barbara, a la celebridad política hecha y derecha sucedió con tremenda rapidez.
“A Jenna y a mí realmente no nos gusta mucho la política”, explicó Barbara desde el podio en la Convención Nacional Republicana, donde con risas nerviosas intentaron, dificultosamente, proyectar algo de irreverencia juvenil a través de un guión escrito.
Sin embargo, su aparición misma en la convención sirvió para atestiguar la urgencia con la que el presidente George W. Bush, al igual que su contrincante, John Kerry —y, de hecho, muchos candidatos en la política estadounidense moderna— intentan vender su carácter moral.
A medida que la política se vuelve más personal, los candidatos y sus directores de campaña han llegado a la conclusión de que los electores aceptan a un hijo, más que cualquier otra persona en lugar del candidato, como evidencia de la personalidad del mismo.
Así, las hijas del senador Kerry, Alexandra y Vanessa, se contaron entre las principales figuras que dirigieron la palabra a los asistentes cuando los demócratas realizaron en julio su convención en Boston.
Y así las hijas Bush, de 22 años, quienes durante la mayoría del primer período del Presidente han sido cuidadosamente mantenidas lejos del escrutinio público, se encontraron repentinamente acaparando los reflectores la semana pasada en la televisión nacional, en un “estelar” orden al bate entre dos de las figuras más populares del Partido Republicano, el gobernador Arnold Schwarzenegger y Laura Bush, su madre.
E independientemente de sus afirmaciones de no estar “muy interesadas en la política”, en esta contienda tan cerrada, su aparición era sumamente política.
Mientras que desde hace mucho se ha reclutado a los cónyuges a ayudar en las campañas políticas, el debut de las hijas Bush fue la etapa más reciente de algo así como una carrera armamentista de intimidad, en la que los vástagos también son desplegados.
Aún cuando Jenna y Barbara ofrecen un vistazo aparentemente auténtico a la vida hogareña del Presidente, tienen la función adicional de desviar la atención de las cuestiones más difíciles que enfrenta EE.UU.
“Las problemáticas en sí se han vuelto tan terriblemente complejas en la mente de los electores que resulta mucho más fácil juzgar a los candidatos por sus valores y carácter”, señaló David R. Gergen, ex asesor de la Casa Blanca para Richard M. Nixon, Gerald R. Ford, Ronald Reagan y Bill Clinton.
UNA GRAN PREGUNTA
“El indicador más confiable de los resultados electorales ya no es si ‘el país se encuentra en el camino correcto o en el equivocado’, sino más bien ‘¿comparte el candidato mis valores?’”
Las hijas Bush revelaron que su papá “nos leía cuentos antes de dormir, nos llevaba a la escuela, nos preparaba nuestros sandwiches favoritos de crema de cacahuate y mermelada, y nos echaba porras cuando anotábamos un gol, aún cuando fuera para el equipo rival”.
Los hijos suavizan la imagen de un candidato. Pero en el juego cargado de imagen de hoy en día, desempeñan otro papel crucial, el de celebridades.
Si Schwarzenegger es el emisario del mundo del espectáculo ante el Partido Republicano, entonces Jenna y Barbara Bush son el ofrecimiento del partido al reino obsesionado con la juventud de la cultura popular.