Indigenismos en nuestro español del siglo XVI

Jorge Eduardo Arellano

En la segunda edición de mi Breve historia de la Iglesia en Nicaragua (1980), inicié el anexo documental transcribiendo una cédula de la Colección Somoza, compilada por Andrés Vega Bolaños (I, 1954: 502), que registra probablemente el primer matrimonio realizado “como manda nuestra Santa Madre Iglesia”. Los contrayentes fueron una “india libre”: Elena (hija de don Christoval de Mena, “natural de Chiangalpa, de la plaza y provincia de Managua”) y el español Juan Lozano, vecino de León. ¿La fecha? Poco después del 20 de agosto de 1528. Para ese año, todavía no se había consolidado el proceso económico e ideológico de la conquista, como también la enseñanza formal del castellano entre los indios. Pero muy pronto jóvenes naturales, exentas de tributo y pertenecientes a la nobleza aborigen —que llegaría a integrar una capa media en la pirámide social del proceso colonialista se educarían en España—, estaban aptas para casarse con pobladores peninsulares.

Fue el caso de doña Ana, hija de Taugema —cacique de los pueblos de Mezatega y Tecolotega— quien retornó a Nicaragua, “con deseo de se casar y permanecer en ella” —según la real cédula, expedida en Valladolid el 3 de febrero de 1537—. En ella, el rey ordena al gobernador de la provincia no encomendar a dicha joven a persona alguna; antes bien, debía encomendarle a ella los indios de los pueblos de su padre y ofrecerle “un español que sea persona honrada con quien se case” (Vega Bolaños, V, 1955: 134). ¿Logró su objetivo doña Ana? Se ignora. Pero lo cierto es que otras hembras indígenas, desde la fundación de León y Granada habían procreado hijos con los conquistadores. No otra realidad indica la carta de algunos vecinos de Granada que solicitaban al Rey que si ellos deseaban “yr a Castilla o a otras cualesquiera partes”, que pudieran “llevar e lleven las tales yndias con los dichos hijos e con ellos otras dos piezas navorías o esclavos yndios o yndias” (Vega Bolaños, I, 195: 252)

Comentando este significativo documento, Carlos Alemán Ocampo afirma que esas mujeres navorías —libres, pero sometidas a servidumbre doméstica— y esclavas, es muy posible que fueran las primeras hablantes de español y las impulsoras de algunas particularidades sintácticas y fonéticas en el desarrollo posterior del español en Nicaragua (Alemán Ocampo, 2001: 18). Y yo agregaría: las responsables también de nuevas unidades léxicas de origen indígena. Alemán Ocampo atina: “Para decidirse el [conquistador] español llevar su india a España seguramente ya hablaba el español con soltura, y el hombre que había venido a buscar honra y fortuna para volver a España con una india, debía cumplir con algunos requisitos: estar enamorado, que la india fuera muy plantada, guapa y que hablara muy bien el español. Estas cosas están sucediendo tres años después de la fundación de la ciudad” (Idem, 2001)

Sustentada en la obra del mexicano Hugo A. Mejías, Préstamos de lenguas indígenas en el español americano del siglo XVI (1980), María Elba Nieto Segovia identificó entre los documentos las siguientes cantidades de indigenismos utilizados en el español colonial de Honduras: 42 de la lengua general Náhuatl, 24 de la Taína (hablada en Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba; perteneciente a la familia Arahuaca, nunca ocupó el rango de lengua general); 9 a la Caribe (hablada en las Antillas menores y en algunos lugares de la parte norte de Sudamérica: Guyana, Venezuela); 3 a la Kechua (hablada desde el centro de Chile y noreste argentino hasta el sur de Colombia y orillas del río Amazonas; fue lengua general) y 1 a la Cuna (lengua general que se hablaba en gran parte de Colombia, norte de Ecuador). Pues bien, de esas 79 voces, 41 perviven hoy en Nicaragua.

A saber: 23 del Náhuatl: aguacate, achiote, cacao, cacaotal, camote, chile, chocolate, elote, guacal, güipil, matate, mecate, milpa, ocote, pataste, petaca, petaquilla, pinol, pozol, tamal, tapesco, tayacán, zapote; 11 del Taíno: batata, batea, cacique, carey, cayuco, guayabas, iguana, macana, piragua, tabaco, yuca; 5 del Caribe: bejuco, canoa, maíz, mameyes, sabana; uno del Quechua: chácara (pequeña extensión agrícola, con instalaciones y campos de cultivo); y uno del Cuna: chicha (bebida alcohólica que resulta de la fermentación del maíz)

A propósito de los préstamos de las lenguas indígenas, recordaré que ilustres e ilustrados colegas ya habían apuntado, o más bien intuido, la vigencia del sustrato náhuatl en el español fundacional de Nicaragua. Así el doctor Carlos Cuadra Pasos afirmó en el homenaje a los académicos nicaragüense al Presidente de México, Miguel Alemán, en 1951: “El idioma castellano cayó en América sobre las lenguas indígenas, para sustituirlas como instrumento más perfecto que era para el decir de la cultura cristiana. Pero la lengua indígena queda palpitando como un subsuelo, bajo el idioma vencedor”. (Cuadra Pasos, 1951 b; 20)

En esta dirección, no es superfluo anotar dos elementos que desarrolla CAO en su discurso: la adaptación de voces procedentes de las Antillas (batata, bejuco, cabuya, guayaba, guarumo, hamaca, maní) y las voces aportadas por las lenguas indígenas locales, sobre todo del náhuat o nahuate. De ahí que se refiera a nuestros abundantes “nahualismos”, recogidos e interpretados por varios lexicógrafos del país: Alfonso Valle, Alejandro Dávila Bolaños, Carlos Mántica y Fernando Silva, especialmente. “El contacto con la naturaleza y la geografía constituye el primer deslumbre y de inmediato se comienzan a conocer vocablos que serán útiles en la vida cotidiana. Otros por la necesidad de usar los árboles, descritos por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés; entre ellos identificamos: guásimo, guanacaste, guapinol, guayacán, guachipilín, guanábana y las frutas y verduras como tomate, aguacate (de donde sale guacamol) o las de uso de la finca como guate, mecate, malacate y mecapal. Y los primero vocablos mestizos como chinchorro y chimbomba. No es necesario enumerar la cantidad de topónimos que son mencionados en muchas cartas e infaltables en las descripciones de los cronistas”. Y añade: “La otra lengua indígena que aporta vocablos al español es el Mangue o Chorotega, pero especialmente en nombres de personas como Diriangén y Nequecheri”. Pero ninguna de las dos lenguas enriqueció la onomástica nicaragüense, casi todo patrimonial, es decir, española.

Francisco Pérez Estrada (1967) lo señala. Los nombres propios de caciques desaparecieron. Ejemplos: Tacoteyda, Misesboy, Quiavit. Quien escribe localizó otros quince nombres propios de indígenas principales, que tuvieron el mismo fin, en el tomo XIV de los Documentos para la historia de Nicaragua, compilados por Vega Bolaños: Botoy, Cuzumate, Cosca, Ciesogat, Chicazeque, Maca, Mandote, Maquil, Magisti, Nacay, Namayo, Nipopoyamont, Nogui, Quita y Socher. El topónimo de Nicaragua, con el cual nombraron los cronistas al cacique que se enfrentó filosóficamente al conquistador Gil González Dávila en 1523, fue el único apellido aportado por la lengua náhuatl. Walter Lehmann en el 32, folio 61 vuelto, de los Libros de Bautizos de la Parroquia de Masaya, encontró un Carlos A. Nicaragua y hace unos años me enteré de una Carmen Nicaragua, de Masatepe, que curiosamente vendió unos muebles de mimbre a otra señora: Carmen España, súbdita de este reino.

Los Chorotegas, por su lado, dejaron más de una docena de apellidos en la Meseta de los Pueblos o antigua Manquesa. A continuación los enumero con sus respectivos nombres propios en algunos casos: Ambota (Estefano), Mondoy, Metombo (Josefa), Metoy, Namayure (Josefa), Namendes, Noriongue (Julián), Notocoyure (Juan Santos), Natiquimo, Namendi (Fermín), Ñamende, Ñorinda (Nicolás), Ñurinda, Ondoy (José María), Potoy (Silvestre), Pipuru y Ticay (Ezequiel). La mayoría de ellos los identificó el alemán Lehmann en el Registro de Bautismos de la misma Parroquia de Masaya (Barrio Monimbó, vol. I, 1808) y en La Gaceta de Nicaragua del 6 de abril de 1867 (Lehmann, 1982: 10-11)

El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Editorial
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