Alberto L. Alemán Aguirre
Roman, Times, serif»>Golpes en la mesa
Saca juega “a la bola recia”
Alberto L. Alemán Aguirre
Si de cumplir la palabra se trata, el presidente salvadoreño cumplió la suya al enviar un tercer batallón a Irak para apoyar a Estados Unidos en sus esfuerzos político-militares por apaciguar Irak.
Elías Antonio Saca lo hizo a pesar de la dura crítica de una parte de la opinión pública, de la oposición consabida del FMLN y de una postura ambigua de la Iglesia Católica. Y lo hizo también a sabiendas de que podría estar corriendo graves riesgos.
No se trata únicamente de que puedan morir soldados — ya murió uno —, salir heridos o ser secuestrados, sino que las amenazas lanzadas por supuestos grupos islámicos extremistas de llevar su fanática “guerra santa” a suelo salvadoreño, no es algo que pueda ignorarse.
A ojos de los críticos de la guerra y sus motivos, es lastimoso que el país más pequeño de América Latina sea el único Estado latinoamericano que mantenga tropas en la convulsionada nación árabe. Por cierto, ningún peso pesado latinoamericano lo hizo: ni Brasil, ni Argentina, ni México, ni Chile. Al contrario, todos ellos se opusieron a una invasión que no aprobó el Consejo de Seguridad de la ONU, en una muestra de independencia diplomática aplaudida por sus sociedades.
Pero en Centroamérica es distinto. Aquí nadie podría permitirse haber criticado la guerra. Somos muy dependientes de EE.UU. Somos el punto más débil y dócil de su patio trasero.
No se hallaron las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein ni se demostró su vínculo con Al Qaeda, las dos principales razones para atacar Irak. Pero el realismo político dictaba —y dicta— que nuestros países dieran su apoyo.
Es controversial si era necesario enviar tropas, dado que ningún país de la extinta brigada Plus Ultra, excepto España, tiene una gran capacidad militar. Naturalmente, el gesto era sobre todo político.
Ya casi dos millones de salvadoreños viven en EE.UU. y con 2,500 millones de dólares anuales –la cifra sube cada año– en remesas mantienen viva la economía de su patria.
En su reciente visita a George Bush, Saca le habló de una solución migratoria permanente para sus compatriotas. El Salvador la necesita. Si bien Bush le cantó cero –un tema espinoso en plena campaña electoral–, quizás pueda volverse al tema tras las elecciones.
Estados Unidos ha instalado en El Salvador un centro electrónico que vigila los cielos de Centroamérica y el movimiento de narconaves.
Históricamente, el partido de Saca, Arena, y las fuerzas que representa, le deben también mucho al Tío Sam. Sin la ayuda militar y económica, no habría sido posible contener a la guerrilla en los ochenta.
No suena convincente el argumento de la aprobación pendiente del Cafta. Si el TLC está paralizado, es por la campaña estadounidense y aún después de los comicios, habrá enemigos del acuerdo en el Congreso, para quienes contarán más los intereses de sus electorados que cualquier otra cosa. No solamente nuestros países ganarán con el Cafta.
La respuesta de Saca a las amenazas ha sido correcta: no se puede ceder a ese tipo de chantaje.
Lo señalé en dos columnas anteriores: la amenaza global del terrorismo también nos afecta. Y ya ven: sabemos que un agente peligroso de Al Qaeda ha estado en Centroamérica. Y las amenazas contra San Salvador pueden ser falsas, pero también no. Nueva York, Madrid, Indonesia, Pakistán, Turquía… larga es la lista.
Y ojalá que la linda retórica de la alerta regional se convierta en acciones efectivas, y ojalá que EE.UU. no se quede en simples palmaditas en el hombro.