- Algunos de los participantes se quejaban “porque no hubo mucho relajo, por culpa de la Policía”
Moisés Martínez y José Adán Silva
Cuando las campanas de la Iglesia de Santo Domingo repicaron a las 5:35 de la tarde, hora en que la pequeña imagen del santo patrono de Managua era acomodada en la peaña del altar mayor, ya más de 350 mil personas habían bailado e ingerido ríos de alcohol en el final de una fiesta católica que por 10 días sacudió la capital.
Y así, en medio de una cortina de cohetes y morteros, Managua despidió las fiestas tradicionales de Santo Domingo de Guzmán, en un ambiente relativamente sano y con pocos hechos violentos que lamentar, según observación del segundo jefe de la Policía Nacional de Managua, comisionado Francisco Díaz.
La procesión, acompañada eternamente por masas de personas vestidas con trajes típicos y embadurnados de grasa negra y pintura roja en el cuerpo, recorrió Managua desde las 6:30 de la mañana y llegó a su final a las 5:35 cuando los cargadores colocaron en el altar, a la imagen del santo.
Como siempre, en el trayecto hubo pleitos de pandilleros, quemados por fuegos pirotécnicos, cortados por botellas quebradas, borrachines detenidos por la Policía por parranderos y, a lo largo del camino, una alfombra impresionante de caídos bajo el efecto del licor.
El regreso de Santo Domingo de Guzmán a Las Sierritas de Managua prácticamente fue igual al de todos los años, o más tranquilo, a tal punto que un promesante expresó que “este año el santo se va triste, porque no hay mucho relajo, por culpa de la Policía”.
A excepción de ligeros piquetes de violencia entre promesantes y creyentes bastante pasados de tragos, el férreo cordón policial desplegado para vigilar la dejada del patrono de Managua prácticamente tuvo éxito en evitar se dieran sucesos sangrientos o de gravedad. Eran 950 policías cubriendo las fiestas.
El control de los agentes fue tan claro y severo que los pleitos no pasaban de unos segundos cuando intempestivamente, varios policías los interrumpían a punta de macanazos, golpes o fuertes tirones.
A excepción de lo anterior, el adiós que todos los 10 de agosto se le hace a Santo Domingo de Guzmán, tuvo todas sus usuales características, en medio del fervor religioso y el bacanal desenfrenado.
Fervor religioso como el de Rosa María, que vestida de güipil junto a su pequeña niña de siete años, le baila a Santo Domingo cada año para pagar una promesa por haber salvado a su hija de una enfermedad respiratoria.
Bacanal desenfrenado, como lo demostraron las decenas de cuerpos regados por todas las calles por las cuales pasaba el santo, sucumbidos ante los embates de toda la variedad de licores y cervezas que se podía comprar en el camino bajo el nombre de “leche”, o que formaban parte del aliño que traían desde sus casas.
No faltó, como es tradicional, la alta presencia del actual ministro de Salud, José Antonio Alvarado, quien bailó con mucho ánimo frente al patrono de los capitalinos por casi todo el camino, lo cual era aplaudido por algunos y “chifleteado” por otros.
No dejaron de darse momentos bastante especiales, como cuando Minguito les dedicó como 15 minutos de baile a las monjas del Colegio Cristo Rey, que desde una especia de terraza agradecieron la buena voluntad del santo, agitando con alegría sus pañuelos blancos y detonando fuegos artificiales.
Además:
Aumentaron promesantes