La generación solar era la única forma a corto plazo para que las comunidades del municipio pudieran contar con luz en sus viviendas.

Rompiendo las sombras del Wangki

Moisés MartínezKisalaya, Waspam, RAAN. El Plan de Electrificación Rural que impulsa la Comisión Nacional de Energía, comienza a generar sus primeros brillos, principalmente en comunidades de Waspam del Río Coco, en la Costa Atlántica nicaragüense, donde las únicas luces que usaban eras las del ocote, la Luna y las estrellas Desde hace seis meses, nuevas […]

Moisés MartínezKisalaya, Waspam, RAAN.

El Plan de Electrificación Rural que impulsa la Comisión Nacional de Energía, comienza a generar sus primeros brillos, principalmente en comunidades de Waspam del Río Coco, en la Costa Atlántica nicaragüense, donde las únicas luces que usaban eras las del ocote, la Luna y las estrellas

Desde hace seis meses, nuevas estrellas bajaron del cielo para alumbrar las riberas del río Wangki, la frontera natural que divide a Nicaragua con el vecino del norte, Honduras.

Como pequeños faroles que guían a los navegantes del río, la penumbra del bosque es herida por diminutos puntos blancos luminosos, que se prolongan río arriba a lo largo de decenas de kilómetros.

La escena al principio parece un poco contradictoria, tomando en cuenta que en kilómetros a la redonda no existen líneas de distribución eléctrica.

La lejanía de estas comunidades, todas pertenecientes al municipio de Waspam, ubicado en las profundidades de la Región Autónoma Atlántico Norte (RAAN), las ha condenado a estar fuera de todo proyecto de electrificación convencional.

Por lo tanto, la tradicional madera de pino, materia prima de sus rústicas viviendas, es también la fuente natural de energía que utilizan los miskitos de las comunidades de Waspam que viven a orillas del río, para enfrentar la oscuridad del bosque.

Antes del proyecto, era común que bajo la luz de los mecheros de ocote, la familia cenara y los niños se acurrucaran en los brazos de sus madres.

LUZ DEL DIABLO

Por eso, cuando la primera lámpara de 12 voltios, alimentada por energía solar, hizo su brillante aparición la noche del 20 de febrero pasado en una humilde casa de la comunidad Kisalaya, siglos de oscuridad acabaron.

En ese momento, los ancianos del poblado anunciaron a todos la llegada del “Diablo”, mientras los jóvenes y adultos de mediana edad celebraban el hecho de que por fin se acordaran de ellos.

Seis meses después, la luz ya no significa para nada sinónimo de presencia diabólica en Kisalaya, y actualmente 104 familias, la mitad de las que viven en la comunidad, cuentan en sus viviendas con tres lámparas y una conexión eléctrica para la radio, todo generado con energía irradiada por el Sol.

Esto ha venido a transformar la vida de esta comunidad, la que pese a estar a media hora de viaje en panga del poblado de Waspam, y que sus habitantes son bilingües (entre ellos hablan en miskito, pero responden claramente cualquier aseveración en español), se ha mantenido al margen de cualquier proceso de desarrollo.

Kisalaya, junto a 31 comunidades más a lo largo de la parte de arriba del Wangki, que se encuentra en el mapa de Nicaragua con el nombre político de río Coco, forman parte de la primera etapa del Plan Nacional de Electrificación Rural que ejecuta la Comisión Nacional de Energía (CNE), con el respaldo financiero del Banco Nacional de Desarrollo (BID).

EL SOL COMO BATERíA

La ausencia de líneas de distribución y lo lejos en el tiempo que se vislumbra la instalación y funcionamiento de algún tipo de planta de generación eléctrica, dejó como única alternativa a los impulsores del proyecto la energía solar para iluminar las viviendas de los poblados y reducir los gastos de sus habitantes por compras de baterías para radios o focos de mano.

Por lo tanto, a la par de los cultivos de hortalizas, con cerdos y vacas rondando a su alrededor, se levantan delgados pilares de ocote, de entre cinco a ocho metros de altura, que sostienen en su punta un pequeño panel que absorbe energía solar.

“Yo conocía de la luz porque viajo a Waspam a cada rato para comprar mercadería para mi ventecita, pero mis hijos pequeños no la conocían, y ellos eran los que estaban más como asustaditos”, comenta José Osorno López en su casa iluminada, junto a su alegre prole de cinco niños, mientras muestra las conexiones eléctricas.

Dueño de la pulpería más grande de Kisalaya, Osorno López dice que no enciende mucho la luz, porque le da miedo gastarla de tanto usarla, por lo que sólo la conecta de las ocho de la noche en adelante. “No quiero que se me acabe, porque de verdad sirve mucho, mejor que el ocote”.

LA MáS OPTIMISTA

No obstante, la verdadera alegría de “que la luz se haya hecho en el pueblo”, se nota verdaderamente en la cara de la señora Uilda Rodríguez Reyna, una miskita pura de 54 años, y tal vez la persona más optimista de Kisalaya.

Pero su alegría no es porque la llegada de la luz para Kisalaya signifique automáticamente el fin de la tragedia económica en la que viven sus habitantes, quienes carecen de las condiciones mínimas de alimentación, salud y educación.

Para ella, como la persona más optimista del poblado, la llegada de la luz significa que la tierra que la vio nacer por fin es tomada en cuenta para alguna obra de progreso, aunque sea algo tan básico como la luz.

“Hay que ser agradecidos. Poquito a poco las cosas van a ir cambiando. Ahora que ya tenemos luz, van a venir más cosas, como agua, medicinas, escuelitas bonitas, vamos a tener donde comprar cosas mejores, comida buena, ahí se van a ir componiendo las cosas y vas a ver que aquí va ser tan grande como Puerto (Cabezas), porque ahora ya se acordaron de nosotros”, exclama con bastante entusiasmo.

A MANAGUA, NI EN BROMA

Sin embargo, algo que definitivamente le provocó la llegada de la luz a doña Uilda, fue que definitivamente le quitó las ganas de conocer Managua.

Todo comenzó cuando uno de sus hijos, quien sí conoce Managua, le compró un radio pequeño para que oyera las noticias. Dos semanas después, cuenta que le prohibió que viniera a la capital de nuevo, y le dijo que jamás la trajera.

“Desde que tengo el radito, aquí entran dos radios (emisoras) de Managua que pasan bastantes noticias en la mañanita. !Qué barbaridad!… Oigo que allí sólo asaltados, violadas y pandilleros hay. Todos los días en esas radios se oyen noticias de muertos y golpeados. !Qué ciudad mas fea!… Por eso le digo a mi hijo que ya no vaya para allá, que es peligroso, y que ni se le ocurra llevarme”, sentenció, siempre con su sonrisa optimista, que es como su marca registrada.

SISTEMA DE COBRO

La instalación de los paneles solares, que tiene un costo de 800 dólares cada uno, fue realizada por la empresa Tecnosol.

Según explicó Vladimir Delagneau, jefe del proyecto por la CNE, no todas las familias que habitan en las 31 comunidades en las que se desarrolló el proyecto de electrificación en base a energía solar, fueron beneficiadas con la instalación de un panel.

“En parte fue porque no creían en el proyecto, pero la mayoría fue porque en el momento en que se hizo el censo, no tenían los 20 dólares que estábamos pidiendo por la colocación de los paneles y las conexiones en la casa”, explicó Delagneau.

Los 20 dólares incluyeron la instalación del panel solar, una batería que puede almacenar energía hasta por cinco días en caso que se presenten temporadas de nublados y lluvias, como es usual en la zona, un convertidor de corriente para la conexión de la radio, tres lámparas pequeñas de 12 voltios de intensidad y el sistema de conexiones para cada una de éstas.

Cada vivienda tiene que pagar una cuota mensual de 4.90 dólares, que según Delagneau es para costear los gastos que los técnicos de Tecnosol y los miembros de una organización denominada Pana Pana incurran en las labores de revisión y mantenimiento de los equipos instalados, las que se realizarán periódicamente durante 15 años.

Delagneau mencionó que en una segunda fase del proyecto, se pretende instalar los paneles en aquellas viviendas que no quisieron o no pudieron pagarlo en su momento, por lo que ya se están haciendo los contactos con los especialistas del BID.

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