La otra cara de Abu Ghrabi

Álvaro Taboada Terán

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La otra cara de Abu Ghrabi


Álvaro Taboada Terán




Lo ocurrido en la prisión de Abu Ghrabi (actos condenables cometidos por miembros del Ejército de Estados Unidos contra algunos prisioneros de guerra iraquíes) ha impactado a la sociedad norteamericana y a los demócratas genuinos de todo el mundo. Esos episodios podrían complicar más el proyecto del gobierno del presidente Bush relativo a la transferencia paulatina de la soberanía al pueblo iraquí, fraccionado e históricamente ajeno a las formas de vida democrática.

Pero, por otra parte, es evidente que muchos han manipulado los episodios citados al punto de pregonar que son política de Estado de Estados Unidos. Tal imputación desconoce al sistema político y a la sociedad norteamericana: democrática, abierta, sensible y regida por el derecho.

Es cierto que la guerra de Irak, el marco dentro del que ocurrieron los hechos de Abu Ghrabi, es en sí un tema debatible. Unos discuten sobre si ese conflicto favorece o daña los intereses de seguridad y económicos de Estados Unidos, tema que predomina entre quienes se interesan por la suerte de esa nación que es (en todo caso) el actor internacional de mayor peso por sus valores y por su poderío material.

Otros discuten el impacto político y legal, y el efecto sobre las instituciones internacionales (en asuntos de seguridad y poder) de la tesis del ataque preventivo y de las ventajas y desventajas del multilateralismo y del unilateralismo. Estos debates a veces son serios, pero con frecuencia son poco ecuánimes o sinceros. Otros participantes en estas discusiones simplemente acusan a Estados Unidos de querer “robarse” el petróleo de Irak, y no intentan explicar (o entender) que en la decisión de atacar a dicho país (decisión discutible, correcta o equivocada) se conjugó toda una serie de complejos factores: el temor a otros ataques terroristas; inteligencia defectuosa sobre Irak y sus programas militares; la idea de impulsar un cambio político en el Medio Oriente (una región en la que hará falta una política más simétrica en el caso palestino para ayudar a disipar las antipatías contra Occidente, y en particular contra Estados Unidos). Otro factor fue la repulsión del Gobierno norteamericano contra el régimen (represor y corrupto) de Saddam Hussein. (A esta actitud no la invalida el hecho de que en el pasado, y por un momento, el régimen de Hussein fuera para Estados Unidos un aliado ante la retrógrada revolución fundamentalista iraní). Tal diversidad de factores indica que la tesis de “la guerra para asaltar al petróleo iraquí” es simplista y poco seria.

Dicho lo anterior, y regresando al caso de Abu Ghrabi, es revelador ver que los mayores detractores de Estados Unidos (y no simple y justamente de los actos de los malos soldados que cometieron los abusos en la ya multi citada prisión) pasan por alto un hecho clave: fue en Estados Unidos, en su fibra política y en su armazón sistémica, donde se dieron las primeras y más fuertes reacciones contra esos abusos. La prensa, el Congreso, los partidos políticos, juristas, militares, etc. rechazaron los actos de unos pocos, contrarios a la conducta institucional de un gran ejército. Dentro de la tradición del imperio del derecho, la Corte Suprema (CS) norteamericana tiene enorme autoridad, aún en casos vinculados a la seguridad de la nación. Por ello la Corte decidió someter a estudio la legalidad de otro caso reciente: las directivas presidenciales relativas a los prisioneros de Al-Qaeda en Guantánamo. Al hablar de la CS de Estados Unidos se está hablando de un tribunal venerable, distante y distinto de los que promueven el subdesarrollo de algunos países, donde jueces venales esperan la señal de sus caudillos políticos para retorcer la justicia.

Muchas de las voces más doloridas ante Abu Ghrabi encomiaban a genocidas como Stalin y Mao, y defienden “democracias” como la de Cuba, que fusila por órdenes de tribunales sujetos al “comandante”. Algunos de esos “defensores del pobre, del derecho y la justicia” ayer despreciaban a los Derechos Humanos como “creación burguesa”, y apoyan o aplauden a narcoterroristas como los de las FARC de Colombia. Muchos de ellos ayudaron a maquillar, o cometieron impunemente, crímenes imprescriptibles a la luz del derecho internacional. En sistemas civilizados guardarían prisión. Son los mismos que omiten que los graves abusos de Abu Ghrabi tienen una cara ejemplar: han merecido investigación y castigo en un verdadero sistema democrático.

El autor es catedrático universitario.

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