Tomás Romero
A lo largo de la historia la protesta ha tomado diferentes modalidades, desde los simples manifiestos, marchas pacíficas y toma de edificios, hasta las formas más violentas como secuestros, bombas, etc.
Sin embargo, una protesta que conmovió al mundo fue la del monje budista Thich Quang Duc, que en junio de 1963, a plena luz del día en el centro de Saigón, en protesta por la discriminación del budismo en Vietnam del Sur, asumió la posición de meditación y se roció el cuerpo con gasolina, se prendió fuego y murió por su causa. Las fotografías captadas por un corresponsal de guerra en esa ciudad, dieron la vuelta al mundo y millones de personas se estremecieron ante esa particular forma de protestar.
Yo me pregunto: si en Nicaragua, todos los años, estudiantes universitarios, transportistas, trabajadores de la salud y de la educación protestan por diferentes motivos y a veces desembocan en jóvenes o policías muertos, más los lesionados de por vida y los destrozos y daños a la propiedad privada, ¿no sería más práctico que se inmolara en la Rotonda de Metrocentro algún dirigente, ya sea el presidente del CNU, el secretario del FNT o de ANDEN?
Así se evitarían muertes de inocentes que hacen las veces de carne de cañón; el Gobierno se vería obligado a encontrar una solución viable de manera urgente; convencerían los que protestan que sus ideales son tan nobles que uno de ellos dio hasta su vida; y los demás nicaragüenses dejaríamos de sentir rechazo por las protestas y seríamos más solidarios con sus demandas.