Doña LilLiam Álvarez y su hijo Pedro cortan chayotes frescos en plena temporada de verano, gracias a un sistema de microriego por goteo que instaló con financiamiento. Su experiencia ha sido exitosa.

Exitosos resultados campesinos

Dos ejemplos del manejo adecuado de los fondos otorgados por las microfinancieras Sergio Cruz Don Rodrigo Antonio Morales es un pequeño productor del departamento de Masaya que a sus 60 años aún no sale del asombro y la alegría, al haber convertido el estiércol de su caballo jornalero en una limpia llama azul, sobre la […]

  • Dos ejemplos del manejo adecuado de los fondos otorgados por las microfinancieras

Sergio Cruz

Don Rodrigo Antonio Morales es un pequeño productor del departamento de Masaya que a sus 60 años aún no sale del asombro y la alegría, al haber convertido el estiércol de su caballo jornalero en una limpia llama azul, sobre la cual pone a hervir el café todas las mañanas antes de salir a trabajar a su productiva huerta de frutas.

La fama de don Rodrigo a trascendido su pequeña comunidad Los Cocos. Corre de boca en boca entre los campesinos de la zona. Unos creen y otros lo ponen en duda y hasta piensan que es imposible convertir el estiércol de caballo o de cerdo en un gas que genera una llama abundante para preparar los alimentos.

“Yo mismo llegué a pensar que era mentira”, confiesa, recordando el día que los técnicos del Programa de Agricultura Sostenible le llegaron a buscar a su pequeña finca para proponerle participar en una capacitación donde aprendería los secretos químicos y físicos para la producción de biogás.

“Los técnicos me preguntaron que si yo había oído hablar del biogás… y entonces me contaron el cuento y yo apenas le entendí…”, recuerda. A los días siguientes salió de su casa con una pequeña maleta y un montón de preguntas que le zumbaban alrededor de la cabeza. Emprendió un viaje de 200 kilómetros hacia el norteño departamento de Estelí para aprender la “alquimia” de convertir el estiércol podrido en una llama sin contaminación.

Al regresar a su finca después de 45 días de entrenamiento, con tropiezos y obs-táculos logró multiplicar, como el pan de la vida, el conocimiento adquirido. Instaló su sistema de producción de biogás. Su producción actualmente sobrepasa el consumo de su hogar.

Don Rodrigo es uno de los tantos pequeños productores nicaragüenses, conocidos como parceleros, que poseen entre 3 y 5 manzanas de tierra, que dejaron de recibir financiamiento de la banca estatal nicaragüense al desaparecer por completo, el Banco Nacional de Desarrollo (Banades), a mediados de finales de los 90.

Como una respuesta a la demanda de este sector, 23 microfinancieras se agruparon en la Asociación Nicaragüense de Instituciones de Microfinanzas (Asomif), instancia que cuenta con una red de 178 oficinas diseminadas en todo el país, y ofrece sus servicios financieros directamente a unos 168 mil clientes.

La cartera de crédito se estima en 71 mil 166.2 dólares hasta junio del 2003, de la cual el 34.7% está dirigida a la producción agropecuaria, el 43.3% a las actividades de comercio y servicio, el 18.6% a la pequeña industria, vivienda y consumo y un 3.5% a otras actividades.

Alfredo Alaniz, presidente de Asomif, señaló durante la Primera Conferencia Centroamericana de Microfinanzas, que las medidas de ajuste estructural, “si bien es cierto han logrado mantener los equilibrios macroeconómicos, su impacto social ha significado una mayor concentración de la riqueza y una pobreza más amplia y profunda”.

Para Alaniz, el 25% del Producto Interno Bruto (PIB) en la región es generado por los micro y pequeños empresarios. “Al desaparecer la banca estatal, el vacío fue llenado por las instituciones de microfinanzas a pesar de las adversidades políticas y legales que hemos enfrentado producto de la incomprensión e ideas preconcebidas”, subrayó.

Pero la experiencia de don Rodrigo adquiere relevancia porque durante todo el año produce frutas tropicales. Con una actitud flexible al cambio, transformó su cultura agrícola, por sugerencias de los técnicos diversificó su producción, recuperó la riqueza de los suelos debilitados por los monocultivos, aplicó técnicas para producir abono orgánico. “Los ingresos han mejorado, la finca ha mejorado, yo he mejorado como persona, todo ha sido bueno”, dice mientas mueve la cabeza en un gesto de reafirmación.

LA REINA DEL CHAYOTE

Doña Lilliam Alvarez González es un ejemplo de la capacidad y el desarrollo de las mujeres rurales en el proceso productivo a través del apoyo de las instituciones de microfinanzas. Ella tiene la fama en su comunidad, La Concepción, de poseer una fértil huerta de chayotes en plena temporada de verano.

Mientras sus vecinos arrancan los últimos frutos marchitos a la chayotera, ella se prepara para cortar unas frutas rebosantes de frescura, que le permitirá un margen desahogado de negociación frente a los intermediarios que casi siempre imponen los precios de compra a los pequeños productores.

En tan sólo media manzana de tierra, ella y sus nueve hijos han instalado un sistema artesanal de riego por goteo, gracias al financiamiento otorgado por la financiera Fundación 4 i 2000 y con el apoyo técnico del Programa de Agricultura Sostenible. Todo comenzó como un proyecto piloto con el fin de valorar la viabilidad económica en este tipo de inversiones.

A pesar que doña Lilliam vive en una de las tierras más fértiles del país, suelos de origen volcánico, los pequeños productores no obtienen los mejores rendimientos en la producción. La gran mayoría sólo siembra hortalizas durante la época lluviosa, el resto del año las tierras quedan subutilizadas por falta de microsistemas de riego por goteo.

“En el verano el chayote sube de precio porque la producción nacional baja y entra a los mercados el chayote tico, pero ahora yo puedo ir a vender el chayote nica a mejor precio a los mercados, porque tengo chayote en verano”, aseguró doña Lilliam.

Todos sus hijos participan en la agricultura. Pedro, el mayor, estudia contabilidad y finanzas en la capital, gracias a una beca. Él se encarga de registrar los rendimientos de la huerta.

Además del chayote, doña Lilliam y sus hijos producen otras hortalizas y frutas en el pequeño espacio de su parcela. Por ejemplo, siembra frijoles en vaina que le ha generado buenos ingresos y ha experimentado nuevos mercados para colocar su producción.

Don Antonio Morales y doña Lilliam Álvarez son dos productores prósperos que han sabido aprovechar las oportunidades del financiamiento. Su buenaventura depende mucho de su actitud positiva frente a la vida. “El crédito por sí solo no basta, no lo es todo —afirma doña Lilliam, como si estuviera dictando una conferencia sobre microfinanzas—, se requiere de conocimientos tecnológicos, de aplicación de nuevas tecnologías, y sobre todo de una actitud positiva”, subraya.

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