José Adán Silva
Sabía que no podían ausentarse por mucho tiempo y que era imposible que la Policía Nacional, enclenque económicamente y golpeada por la matanza de sus cuatro oficiales de Bluefields, pudiera controlarlos como lo hizo hace pocos meses.
Después que una banda de taxistas asaltantes secuestró, robó y amenazó de muerte a una agente del Ministerio Público, en noviembre del año pasado, la Policía Nacional realizó un intenso operativo en toda la capital para detener la entonces alarmante ola de asaltos dentro de los taxis.
Pero ahora las prioridades, de las muchas que tienen, son otras, y así vemos que combaten a las pandillas, narcotraficantes, ladrones sofisticados; vigilan a los siempre incendiarios universitarios, cuidan a diputados y ministros y muchas otras actividades que apenas les alcanza a cubrir con el disminuido número de seis mil agentes. A razón de un policía por cada 700 personas.
El año pasado se supo que en Nicaragua, de cada cuatro taxistas, uno de ellos tiene antecedentes delictivos. O sea de que de los 20 mil taxis que circulan por todo el país, unos cinco mil son potencialmente sospechosos de cometer cualquier delito contra las personas.
Y quizás a eso se deba que, luego de un silencio prudencial de dos o tres meses, vuelvan los asaltos contra los pasajeros de taxis, o las mismas muertes contra los taxistas nocturnos, como al que asfixiaron y mataron de siete puñaladas allá en Carazo.
Hace dos días escuchaba por radio a un afligida estudiante universitaria que pedía al taxista que la asaltó, que por favor le devolviera los cuadernos para finalizar con éxito sus asignaturas.
Un señor humilde de Mateare, que vino a vender unos productos de su magra cosecha, casi lloraba de rabia frente a la Estación Tres de Policía, luego que dos bandidos que conducían un taxi lo despojaron de 150 córdobas que con mucho esfuerzo había logrado reunir luego de vender sus cosechas en el Mercado Oriental.
¿Y qué me dicen de las últimas denuncias en los medios de comunicación? Ahí están, como estaban hace pocos meses, los mismos delincuentes de siempre que asaltan y desvalijan en la terminal de transporte del Mercado Huembes a los ingenuos pasajeros que vienen de dejar el lomo y el orgullo en Costa Rica, para mitigar el hambre de sus familias pobres.
La Policía dice que no puede hacer nada porque la gente no pone las denuncias. Atrapan a los ladrones y luego los sueltan por falta de testigos y acusadores. Y no es culpa de la Policía.
Desgraciadamente el sistema jurídico nicaragüense establece que para condenar a un delincuente debe haber un proceso judicial, con acusación, pruebas, burocracia y todo el cuento que eso conlleva.
Y a como están las cosas con la justicia, muy pocos se atreven a llevar a juicio a uno de estos malditos, porque al final de los juicios nadie quiere estar frente a una de esas sorpresas atroces del Poder Judicial, el cual es capaz de apresar a los acusadores asaltados y soltar a los taxistas delincuentes.