Trabajadores centroamericanos recogen tomates en un campo de Indiantwon.

Nueva esclavitud en la Florida

Viven y trabajan en el más absoluto anonimato a sólo dos horas de los grandes atractivos turísticos de Orlando y Miami. Pocos saben de su existencia. Son miles de campesinos procedentes de México y Centroamérica, que trabajan en condiciones infrahumanas. La misma prensa estadounidense lo califica como una forma de “esclavitud moderna” Eloy Guerrero/EFE REPORTAJES […]

  • Viven y trabajan en el más absoluto anonimato a sólo dos horas de los grandes atractivos
    turísticos de Orlando y Miami. Pocos saben de su existencia. Son miles de campesinos
    procedentes de México y Centroamérica, que trabajan en condiciones infrahumanas.
    La misma prensa estadounidense lo califica como una forma de “esclavitud moderna”

Eloy Guerrero/EFE REPORTAJES

A una hora al oeste de las mansiones de lujo de West Palm Beach y de los jardines bien cuidados, se encuentra la población de Indiantown. Esta pequeña urbe está repleta de barracones y casas móviles donde se hacinan miles de mexicanos y centroamericanos.

Para ahorrar su escaso salario de apenas unos 750 dólares al mes y poder enviar dinero a sus familiares, seis a ocho personas se amontonan en habitaciones con colchones sobre el suelo.

Los bajos salarios que reciben, casi el mínimo autorizado de 5.25 dólares por hora, permiten que los norteamericanos se desayunen jugo de naranja a precios competitivos y que durante al almuerzo puedan comer hamburguesas baratas con lechuga y tomate.

“No soy un ser humano, soy sólo dos manos para recoger cítricos y tomates”, es el eslogan que repiten las organizaciones que defienden, con muy poco éxito hasta ahora, los derechos de estos braceros sometidos a lo que el diario Palm Beach Post ha calificado de “una nueva y moderna esclavitud”.

ROCIADOS CON PESTICIDA

Ezequiel es un joven mexicano que acaba de terminar su jornada de diez horas en una plantación agrícola, cercana a Indiatown, casi en las faldas el Lago Okeechobbe.

Acaba de cobrar 52 dólares por ese trabajo, está rendido, quemado por el sol y la mirada perdida. Con humildad, acepta que se le invite a una cerveza, pero no a comer, a pesar que sí tiene hambre.

No desayunó y sólo para el almuerzo en el campo, en una media hora de descanso que les dan, y en pleno sol, comió una ración de arroz y frijoles, con tortillas de maíz que había llevado en una bolsa de plástico.

No lo sabe, pero en la piel de su cuerpo lleva todavía rastros del pesticida con el que le rociaron, a él como otras decenas de trabajadores, esa mañana antes de entrar a la plantación.

El autobús que les llevó muy temprano a la plantación, casi cuando todavía no había salido completamente el sol, paró a la entrada y todos se tuvieron que bajar para ser rociados, uno a uno.

El letrero en inglés lo dice muy claramente, pero los campesinos no lo entienden. En inglés se explica que es obligatorio ser rociados antes de entrar a la plantación para evitar que se contaminen los árboles de naranjas con la peligrosa plaga del cancro.

Ezequiel comió su comida con las manos, sin habérselas lavado como dicen las instrucciones de una marca de pesticidas, que hay que hacer si se ha estado expuesto a esos químicos.

Y si se ha frotado los ojos cansados con sus manos, los efectos del pesticida entrarán mas rápidamente al cuerpo.

Ya dentro de las plantaciones, los inmigrantes trabajan cerca de las máquinas que rocían los árboles con químicos o debajo de las avionetas que pasan volando muy bajo esparciendo los pesticidas en el aire.

LEYES VETADAS

Muchos de los pesticidas son inofensivos para los seres humanos, pero los expertos advierten que si son absorbidos por el cuerpo humano día tras día, puedan causar serios problemas de salud.

La poderosa e influyente asociación de dueños de plantaciones agrícolas de la Florida, se ha encargado de vetar o reducir los proyectos de ley para regular el uso de pesticidas.

De igual forma, ha frenado cualquier intento de dar derechos a los trabajadores agrícolas, quienes no pueden formar parte de sindicatos y que están excluidos, deliberadamente, de la ley que regula las relaciones laborales en Estados Unidos.

La presidenta del Comité de Agricultura de la Asamblea Legislativa estatal es Marty Bowen, una heredera millonaria de la industria de cítricos de Florida y propietaria de una compañía que ha sido acusada de violar los derechos laborales de los trabajadores.

Los campesinos son contratados y pagados por contratistas locales, quienes se encargan de todos los trámites, incluso, en algunos casos, de conseguir números de documentos de seguridad social falsos.

“Las razones de que los dueños de las plantaciones usan contratistas es para distanciarse de los trabajadores y poder emplear a indocumentados, sin tener responsabilidad alguna”, denunció Raul Barrera, del Proyecto Justicia para los Trabajadores Agrícolas.

Ezequiel, esta mañana, fue muy temprano al lugar donde los recoge cada día el autobús y fue un contratista local, latino igual que él, quien decide cuántos trabajadores necesita para ese día.

Y luego al final de la jornada, acude a una “Oficina de Trabajo”, por detrás de la tienda “Guatelinda”, a cobrar. Dentro de la oficina hay un letrero que dice que sólo podrán cobrar los que tengan los papeles en regla y documento del Seguro Social.

“No importa ese cartel, la mayoría somos ilegales y cobramos de todas maneras, mostrando nuestros documentos falsos”, dice Ezequiel quien, sin embargo, se niega a revelar el nombre con el que aparece en el Seguro Social.

Ezequiel, si es que es su verdadero nombre, paga cien dólares mensuales por compartir una habitación con otros cinco hombres y cree que gasta unos 300 dólares en comida al mes.

Cada mes envía, desde la misma tienda “Guatelinda” que sirve más que todo a trabajadores guatemaltecos, unos 250 dólares al mes a su esposa en Chiapas, que sirve para alimentar también a sus dos hijos pequeños.

No tiene seguro médico y, en un caso de emergencia, no se atrevería a un ir a un hospital por temor a que lo deporten. Enseña sus manos llenas de ampollas y dice que no puede darse el lujo de comprar una “pomadita”.

Dice lo mismo como mucho otros trabajadores agrícolas: “Cuando ahorre algo más, y pueda construir una casita en mi pueblo, me regreso, ya no aguanto más”.

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