- Desde su casa, el espacio más íntimo de Gioconda Belli, la escritora de fama mundial abre las puertas de su vida como mujer, esposa y amante
Desde la terraza de la casa de Gioconda Belli en Managua se divisa el Lago Xolotlán, ese manto de agua es el paisaje perfecto para que Gioconda se traslade a un mundo íntimo e infinito: su imaginación.
Gioconda, de 55 años, lleva iluminaciones doradas entrelazadas con su tupido cabello castaño. Cuando Gioconda recuerda su edad, le parece que alguien se equivocó al inscribirla, porque se siente joven, es más, mejor que joven, porque tiene consigo la sabiduría acumulada que la hace sentir mucho más segura de sí misma.
Es precisamente en esta etapa de su vida cuando desea haber sido un árbol para vivir 300 años. “Me parece que el ser humano es por su naturaleza, el que tiene conciencia de que es precisamente cuando se encuentra en su desarrollo más frondoso, que empieza a deteriorar”, reflexiona.
Con su esposo Carlos Castaldi se casó en 1987, pero conviven desde 1985. Después de casi 20 años de amaneceres y anocheres, Gioconda ha llegado a un punto al que nunca pensó llegar. “Uno ya es como parte de la otra persona, ha sido un descubrimiento”, confiesa esta mujer con dos uniones formales previas a la actual.
Ese íntimo vínculo con su esposo Carlos se hace sentir sobre todo cuando están separados porque Gioconda viaja frecuentemente, y es entonces cuando se evidencia ese sentido de pertenencia, de camaradería, de amistad, de complicidad muy grande, que sólo con el paso de los años se logra experimentar.
En el caso de la relación de pareja, la escritora afirma que han tenido un gran aliado: el sentido del humor. “Él siempre me hace reír, tenemos una relación muy juguetona”. Y aunque la alegría es uno de los mayores atributos de su esposo, confiesa que realmente lo que más le gusta es lo guapo que es, y al confesarlo ríe muy pícara.
La escritora fue revolucionaria, ha sido feminista y una quebrantadora de las normas sociales, pero detrás de esa convulsiva personalidad se esconde una mujer que admira en un hombre, lo que mujeres menos controversiales reconocen como un gran atributo. Resulta que Carlos, periodista norteamericano, además de ser un hombre con grandes conocimientos intelectuales, es todo un experto en mejoras para la casa. Sabe hacer de todo, desde un comedor hasta reparaciones en el sistema eléctrico.
Fue precisamente su marido, quien hizo el comedor de su casa en Nicaragua y una pequeña mesa que adorna la sala. Para Gioconda él es un hombre completo.
Como pareja han vivido grandes pasiones, pero con el tiempo las cosas cambian. “Hemos tenido un amor muy apasionado, creo que ha sido muy importante. En una relación larga, a una de las cosas a las que yo le tenía miedo era que la pasión se va muriendo, pero ahí es donde la complicidad juega un papel muy importante y también la alegría, la risa y el humor”, dice.
Gioconda es reconocida como una intelectual, pero sus preocupaciones van más allá de opinar sobre temas como la guerra en Irak. Ella también se preocupa por verse bien y estar en forma.
Normalmente va al gimnasio tres veces a la semana y no come carbohidratos, como el arroz y la papa. Inició con la dieta del doctor Atkins, pero ahora le ha hecho algunas modificaciones y como toda persona que lucha contra el aumento de peso, a veces hace cosas que no debería, como consumir azúcar, lo cual representa todo un reto porque cuando está en Nicaragua le encanta comer Eskimo de cocoa. “Siempre estoy tratando de perder diez libras”, nos cuenta.
CONOCIENDO SU CASA
La casa de Gioconda la construyó un arquitecto ya fallecido llamado Payo Rubí. La terminó en 1994 y antes de hacer la construcción de acuerdo al gusto de la escritora, esta casa era una especie de ermita, estaba construida completamente cerrada. “La persona que vivía aquí antes, la había construido como un pequeño vientre para encerrarse”, cuenta Gioconda. De su aspecto anterior conserva la forma de pico.
Una de las grandes ilusiones en la vida de Belli ha sido vivir en un lugar donde pudiera tener la vista maravillosa que tiene. “Es mi noción de patria”, dice.
Belli decidió conservar elementos del estilo caribeño como la madera, los colores y la forma del techo.
La decoración la ha hecho coleccionando muebles, como un par de sillas abuelitas que compró en una tienda de antigüedades en Granada. “Este es el lugar donde yo soy totalmente feliz, no me hace falta nada en esta casita”, dice.
Los muebles los ha comprado en Nicaragua, como es el caso de su cama, la cual adquirió camino a Los Pueblos Blancos. El concepto de decoración que ha aplicado lo define como acogedor.
Asegura que ha gastado muy poco en la decoración, pero no accede a dar una cifra aproximada. La casa está compuesta por una amplia terraza con ladrillos de barro, rodeada de un jardín engramado y la misma está cercada con malla. Posee una habitación principal, la cual tiene integrado el pequeño estudio de Gioconda, donde apreciamos libros como La Revolución Perdida, de Ernesto Cardenal y la última edición de La Prensa Literaria.
Existe un cuarto pequeño en el cual se aloja Adriana, de 10 años, su hija menor que procreó con su esposo Carlos. No hay divisiones entre la cocina y el comedor. Los libros y las fotografías familiares son protagonistas en la decoración, ya que rodean las paredes y reflejan diferentes capítulos de su vida.