- Yunieth, de cuatro años y su
hermano Cristino José, de siete, recogen maní junto a su abuela, pero desean jugar y estudiar
Emiliano Chamorro
EL CHONCO, CHINANDEGA.- Ella quisiera ser profesora y poder enseñar a los niños a leer y escribir, mientras a él le gustaría ser ingeniero. Sin embargo, en las condiciones de vida que llevan, al menos por ahora, se les hace difícil realizar esos sueños.
Ellos son Yunieth Sarita Rostrán y Cristino José Rostrán, de cuatro y siete años; dos hermanitos que viven en la comunidad El Chonco, a 45 kilómetros de la ciudad de Chinandega, en la ruta a El Guasaule.
Mientras Yunieth cuenta que quisiera estudiar, Cristino la interrumpe y dice que su hermanita no puede leer ni escribir. “Pero sé dibujar y vos no”, riposta la pequeña.
En sus rostros es evidente la infelicidad por no poder llevar una vida como la de otros niños.
Los encontramos recogiendo maní en una finca, curtidos y sucios quizás por la polvareda del verano y los rayos del sol que laceran sus cuerpos frágiles.
LAS SOBRAS
El maní que recogen es el que ha quedado, después que el dueño de la finca levantó la cosecha para la exportación.
María Cristina Cáceres, de 56 años y abuela de los niños, dice que para ella es muy triste tener que exponer a sus nietos en el trabajo agrícola, “pero es la pobreza que me obliga”.
Los niños anhelan volver a las aulas de clase. Dicen que no les gusta recoger maní y que su mayor deseo es jugar y estudiar.
“Cuando llegamos a la casa descansamos un ratito y después nos ponemos a pelar el maní. Después, por la tardecita que lo pelamos tenemos que ir a venderlo”, asegura Cristino, un niño flaco e hiperactivo.
Además de la pobreza en que viven, estos niños no tienen tiempo para jugar, tampoco para ir a recibir clases. Los levantan a las cinco de la mañana, porque a las seis tienen que estar en la finca buscando el maní.
LA MUÑECA ESPERA
Yunieth sueña con ser profesora y dar clases a otros niños. De pronto, cambia la conversación y recuerda que tiene una muñeca, pero pocas veces tiene tiempo para jugar con ella.
“Yo tengo una muñequita viejita pero como no puedo jugar con ella…”, dice con pesadumbre.
Calla un momento y agrega: “Me gustaría que todos los niños puedan leer, pero enseñarles yo”. Se ríe.
Cristino tiene una cicatriz en el pómulo derecho, producto de una caída accidental. Dice que no tiene juguetes y que desea una bicicleta para divertirse.
La abuela es consciente de que sus nietos deberían estar estudiando, pero le parece imposible por las limitaciones económicas en que viven.
“A mí me encantaría, claro que me gustaría que estudiaran, pero figúrese que a mí la facilidad no me da, por la pobreza”, afirma María Cristina Cáceres.
Relata que cuando el maní, que le regalan, se termina en la finca, le pide ayuda a sus hijos para alimentar a Yunieth y a Cristino. “No hay de otra”, enfatiza.
Asegura que tiene a sus nietos desde que estaban recién nacidos y lamenta que su hija, la madre de los niños, no los vea ni les ayude. Desconoce el paradero del padre de los niños.
La finca donde recogen maní está ubicada al pie del Cerro El Chonco y el Volcán San Cristóbal. La gente de estas comunidades carecen de agua potable y energía eléctrica.
NIÑEZ Y DERECHOS
La última encuesta del Ministerio del Trabajo reveló que alrededor de 314 mil niños nicaragüenses viven en situaciones de riesgo y explotación laboral.
El procurador de la niñez y la adolescencia, Carlos Emilio López, expresó que miles de niños en el país viven en un ambiente de explotación infantil. Hizo un llamado al Ministerio de la Familia (Mifamilia) para que garantice a estos niños seguridad y derechos.
La Ley de Organización, Competencia y Protección del Poder Ejecutivo (Ley 290) establece que es Mifamilia el que tiene potestad de ubicar a los niños en centros de protección o en un hogar sustituto, cuando están desamparados o sin la protección de sus padres, si se encuentran en situaciones de riesgo o de explotación laboral.