Los latinos, integración y valores estadounidenses

Marcela Sánchez Mi peluquera, una mujer latina gentil y trabajadora, me preguntó esta semana si ya había visto la película “La Pasión de Cristo.” Cuando le dije que no, ofreció prestarme el DVD. Lo extraño del caso es que la película todavía no ha salido en DVD, o por lo menos no debe salir antes […]

Marcela Sánchez

Mi peluquera, una mujer latina gentil y trabajadora, me preguntó esta semana si ya había visto la película “La Pasión de Cristo.” Cuando le dije que no, ofreció prestarme el DVD.

Lo extraño del caso es que la película todavía no ha salido en DVD, o por lo menos no debe salir antes de tres meses. Lo que ella me estaba ofreciendo era una versión pirata que su familia le envió desde América Latina.

Recordé entonces una práctica frecuente entre nosotros los latinoamericanos que resulta incompatible con valores esenciales en Estados Unidos. Aunque comprar y mirar un DVD pirata es una ofensa menor en comparación con otras que ocurren al sur de la frontera, es un ejemplo de una cultura de impunidad que convierte a los latinos en blanco de críticas en este país.

Desde las torres de marfil de la academia estadounidense hasta las calles de California, hay quienes argumentan que la nueva ola de inmigrantes latinoamericanos, que han convertido a los latinos en la principal minoría en este país, está perjudicando gravemente a Estados Unidos. Aseguran que las persistentes faltas latinoamericanas, incluido un irrespeto general por la ley, amenaza al propio tejido social estadounidense.

Aunque su lógica fracasa de forma rutinaria y es desmentida por más de 150 años de historia de integración hispana en esta nación, los defensores de la causa latina no pueden desconocer esos temores. Como mínimo, no deberían reducir el debate a una mera reacción defensiva y reconocer, por el contrario, nuestras fallas.

Es un hecho que los latinos vienen de sociedades donde la desconfianza por la autoridad y las leyes es común. En la lucha por sobrevivir, ser recursivo es algo más a menudo admirado que denunciado, incluso cuando, como en el caso de los DVD pirata, los métodos están en conflicto con la ley.

También es un hecho que en la ola de inmigración de los últimos 35 años, quienes vienen de América Latina dejaron países donde anteriormente la autoridad era sinónimo de represión. Los que vinieron más recientemente dejaron atrás una región donde democracias nacientes adolecen de frágiles sistemas de justicia y donde el respeto por la ley permanece muy bajo. Sólo el 21 por ciento de los latinoamericanos encuestados el año pasado por Latinobarómetro creen que la gente de su país cumple las leyes.

Claro está que millones de inmigrantes latinoamericanos quebraron la ley federal estadounidense en el instante que entraron a este país. Pero están ahora acá, y es, como mínimo, logísticamente imposible enviarlos a casa. Cabe citar al hermano del presidente Bush, el gobernador de la Florida, Jeb Bush, quien este mes afirmó: “Una vez están aquí, ¿qué hacemos? ¿decimos básicamente que son leprosos de la sociedad? ¿qué no existen? Me parece que una política que los ignora es una política que no quiere reconocer la realidad”.

El momento en que inmigrantes legales o ilegales empiezan a vivir acá es también el momento en el que aprender el valor y el espíritu de la ley se hace absolutamente decisivo. Aunque es algo que atañe claramente y en primer lugar al individuo, la sociedad estadounidense tiene también algo de responsabilidad.

Los inmigrantes no aprenden a respetar la ley simplemente castigándolos por no hacerlo, o más aún cuando las leyes se tornan injustamente en su contra, como aseguran muchos defensores de los inmigrantes.

En el corazón de la justicia estadounidense yace la confianza de que legisladores, jueces y policías estarán alerta para asegurar que la creación y la aplicación de leyes no castigue excesivamente a un grupo sobre otro. De hecho, es cuando se aplica la ley en contradicción con ese espíritu de justicia –desde la detención de individuos por su simple apariencia étnica hasta las redadas en puestos de trabajos que castigan a empleados pero no a los empleadores– que la sociedad estadounidense hace que aumente la desconfianza entre los inmigrantes y que el Estado de Derecho se erosione.

Dichas acciones refuerzan el hábito cultural de impunidad entre latinos. Para ser justos, claro, los inmigrantes latinos no son violadores de la ley por naturaleza. De hecho, datos policiales han demostrado que las detenciones discriminatorias de automovilistas han detectado pocas violaciones entre inmigrantes.

Este épico momento de integración entre dos culturas tiene el potencial adicional y sin precedentes de influir también en lo que pasa en América Latina. De la misma forma que las remesas de dinero enviadas a casa están dándole más poderes a los pobres y ayudando a romper viejas estructuras de clase, un creciente respeto por el Estado de Derecho entre inmigrantes latinos puede tener positivas y necesarias repercusiones en la región.

Tal vez algún día mi peluquera le diga a sus parientes que le envíen en cambio un producto legal. Y yo, por mi parte, trataré la próxima vez de explicarle mejor por qué he decidido esperar a que el DVD de “La Pasión” salga oficialmente.

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