Este camión de pasajeros, que los cubanos llaman “El Camello”, fue diseñado por Héctor Costa y otros profesionales cubanos. Fue concebido para transportar de forma masiva a la población durante el “período especial”. Costa se graduó en diseño en Berlín, Alemania, y ahora reside en Managua.

Capitalismo mantiene al socialismo cubano

Douglas Carcache La isla, que perdió una ayuda anual de tres mil millones de dólares al desaparecer la Unión Soviética, depende ahora de la inversión privada extranjera, las remesas y hasta de los viajes de los cubano-americanos. El Gobierno de Castro hace negocios con Estados Unidos, pero le impide a los cubanos trabajar por cuenta […]

Douglas Carcache

La isla, que perdió una ayuda anual de tres mil millones de dólares al desaparecer la Unión Soviética, depende ahora de la inversión privada extranjera, las remesas y hasta de los viajes de los cubano-americanos. El Gobierno de Castro hace negocios con Estados Unidos, pero le impide a los cubanos trabajar por cuenta propia.

Héctor Costa estaba turbado el 11 de noviembre de 1989. Le costaba creer que el Muro de Berlín estuviera siendo derribado por alemanes socialistas, si apenas cinco semanas antes, el 7 de octubre, habían celebrado con un desfile el aniversario de la República Democrática Alemana (RDA).

Costa era uno de los miles de cubanos que vivían en Berlín. Algunos habían sido enviados a trabajar, pero otros, como él, estudiaban. Tan pronto terminó de caer el muro, les llegó la orden de La Habana de regresar. Sin embargo, muchos de los cubanos ya estaban casados con alemanas y “otros optaron por casarse para no irse”.

Unos ocho mil cubanos trabajaban en Berlín oriental cuando el muro se vino al suelo, pero 15 años después viven en Alemania 30 mil cubanos, según datos del Ministerio de Asuntos Exteriores de esa nación europea. La mayoría llegaron en los años noventa a través de contactos con parientes o amigos que se quedaron al desaparecer la RDA.

Héctor Costa fue uno de los cubanos que regresó a la isla, tras sucumbir el socialismo en Europa. “No sé si por desgracia o por suerte —relata—, otros compañeros y yo estábamos terminando, estábamos por cuestión de papeleo, ya habíamos terminado la monografía… Vivía mi papá todavía y yo le tenía mucho respeto; él no me lo impuso, pero me decía ‘venite para Cuba, no se te ocurra quedarte”.

Costa, quien se graduó en diseño de medios de trabajo, no se quedó en Alemania, pero cinco años más tarde optó por ir a vivir a Nicaragua, después de un período crítico en La Habana donde asistía al centro de trabajo, más para estar presente que para laborar, porque había poco que hacer.

LA MANO DE LA URSS

Al comenzar la década de 1990, mientras los estudiantes cubanos volvían de Alemania y de la Unión Soviética (URSS), los rusos llenaban los vuelos de Aeroflot saliendo de La Habana, también de vuelta a casa.

Más de 12 mil ingenieros soviéticos, especialistas y militares vivían en Cuba en 1989, donde recibían parte de su salario en dólares y compraban en las tiendas diplomáticas, almacenes de productos importados, sólo para extranjeros y altos funcionarios del Gobierno.

Los rusos tenían en Cuba restaurantes, clubes, escuelas y gimnasios propios y reservados, donde tampoco entraban los cubanos.

A finales de los años ochenta, la URSS enviaba a Cuba más de tres mil millones de dólares al año en ayuda, incluyendo unos dos mil millones en subsidios de petróleo, según datos recabados por The Wall Street Journal en el Banco Central cubano y el Departamento de Estado de Estados Unidos.

LA SUERTE DE SALIR

Al perder ese sostén, Cuba entró al “período especial”, una etapa que Héctor Costa vivió entre 1991 y 1994 y recuerda bien: “Tú sentías que lo mínimo, lo básico para vivir, estaba difícil de conseguir. Se incrementaron los apagones. Yo trabajaba en una oficina de diseño en La Habana y la falta de proyectos se sentía. Llegaba un proyecto cada tres meses y así sobrevivíamos, retirábamos el mismo salario pero prácticamente no hacíamos nada”.

El salario promedio en Cuba ha sido de unos 15 dólares por mes.

En 1994, Costa y otro diseñador fueron elegidos para ir a impartir clases, por ocho meses, a la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli). Era su oportunidad. Salió de Cuba en agosto, una semana después de iniciada la crisis de los balseros. “Vine con cierto temor —rememora casi diez años después—, porque ese pequeño incidente podía haber provocado muchas otras cosas, hasta una intervención norteamericana”.

Cumplido el convenio con la Upoli, Costa y su colega regresaron a Cuba sólo para renunciar a sus empleos y volver a Nicaragua, donde la misma universidad ya les había garantizado un trabajo. ¿Cómo hizo para salir de la isla? “Tratando de agilizar las cosas —explica—, me casé con una nicaragüense, para agilizar un poco el regreso”.

DÓLARES BIENVENIDOS

El “período especial” llevó al Gobierno de Fidel Castro a realizar una serie de ajustes económicos y sociales. Por ejemplo, el 26 de julio de 1993 levantó la prohibición de poseer dólares, un delito por el que cualquier ciudadano iba a la cárcel. La falta de moneda convertible en la isla, mientras buscaba inversiones extranjeras, ya no le dejaba otra opción.

Luego, las remesas familiares han sido el sostén de miles de familias en Cuba, a donde entraron 1,100 millones de dólares, por esa vía, durante el año 2002, indican estudios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La economía de la isla también se ha beneficiado de lo que gastan 150 mil cubano-americanos que llegan de visita cada año.

Por otro lado, Estados Unidos se ha convertido en un importante socio comercial de Cuba, a pesar de ser su principal contrincante político. En el año 2003, el Gobierno cubano importó productos estadounidenses, en especial agrícolas, por un valor de 344 millones de dólares, señalan informes oficiales.

LA LIBERTAD DE ELEGIR

La empresa privada en Cuba es un privilegio para extranjeros, en sociedad con el Estado. Los nacionales aún tienen impedido experimentar el capitalismo. “El trabajo (de los cubanos) es para el Estado y te cierran muchas posibilidades de trabajo propio, por cuenta propia —relata Héctor Costa—. En el área de diseño, por ejemplo, no puedes abrir todavía un centro de diseño particular”.

Él buscó, por eso, su oportunidad en Nicaragua. “Quizás, desde el punto de vista económico, todavía no tengo la solvencia financiera que uno desearía, pero sí me siento realizado en el sentido de que estoy haciendo algo útil, algo provechoso en la escuela de diseño”.

¿Qué ha encontrado Costa en Nicaragua, que no halló en Cuba? “El hecho de tener trabajo y poder conseguir las cosas elementales —afirma—. Buscarte un par de zapatos que te gusten y tenerlos, la comida que quieres comer, o sea la libertad de elegir en ese sentido… Convivir con compañeros de diferentes ideologías, respetar, tolerar, es muy interesante para mí”.

Recuerda que en Cuba, entre los diseñadores que trabajaban juntos había tolerancia, pero “a nivel de dirección el que opinaba diferente era mal visto”. Costa quiere imaginarse a la Cuba del futuro “con una participación ciudadana de todo tipo, con una unión entre los cubanos de afuera y de adentro, y con esa tolerancia de diferentes posiciones ideológicas y políticas; aunque siempre manteniendo la seguridad social, la salud, la educación gratuita”.

DEUDA Y CORRUPTELA

Cuba depende hoy de la inversión privada extranjera y de la ayuda de Venezuela, país del que recibe petróleo y al que ya le debe 752 millones de dólares, por una parte del crudo que le ha suministrado en los últimos tres años, hasta 53 mil barriles diarios. Al Club de París, compuesto en su mayoría por naciones europeas, también le debe más de diez mil millones de dólares, según datos publicados por The Wall Street Journal.

Con los ajustes económicos, los trabajadores cubanos perdieron el “empleo garantizado”, que era una de las banderas del socialismo; y hasta enero de 1996 el Gobierno había despedido, de trabajos superfluos e improductivos en el Estado, a casi un millón de ciudadanos, dejándoles la oportunidad de ir a cultivar huertos en el campo o en predios baldíos de las ciudades.

La gente, sin embargo, ha buscado otras formas de sobrevivir, enfrentando la prohibición de hacer trabajos por cuenta propia. Es por eso que entre enero y octubre del año 2003, la Policía cubana descubrió 181 talleres ilegales, 525 fábricas clandestinas y 315 locales que servían de almacén, según informes de periodistas europeos acreditados en La Habana.

Otro problema que afecta la economía de Cuba es la corrupción en las empresas del Estado, razón por la que en el 2003 fueron separados de sus cargos 450 administradores y “cuadros de dirección”, además de despedir a 1,900 dependientes por “engaño al consumidor”, tal como indicaba la explicación oficial.

BASTA CON LIBERTAD

Héctor Costa sólo quiere libertad para trabajar. “Me bastaría con eso”, enfatiza. Reconoce lo bueno del acceso a la educación en la isla, aunque comenta: “Nos dieron las alas y cuando íbamos a volar nos las cortaron, porque te hacen hasta doctor, sin pagar un centavo, pero cuando tu quieres ejercer… Te dan las alas, te enseñan a volar, pero cuando vas a volar, te dicen: ‘No, trabajas para el Estado’. Eso de alguna manera te frustra”.

“No es malo trabajar para el Estado —explica—. Yo trabajo y aporto lo que tengo que aportar, pero al mismo tiempo denme, como ciudadano libre y pensante que soy, la oportunidad de hacer mis cosas”.

A los cubanos que se resisten al control del Estado, los funcionarios suelen llamarlos malagradecidos, porque supuestamente olvidan la atención social que han recibido desde niños, en salud y educación.

“A mí me mandaron a Alemania, es cierto, conocí otro país, otra cultura, me eduqué, conseguí un buen nivel y no pagué ni un centavo —refuta Costa—. Pero, bueno, todo tiene un precio, díganme, trabajo cinco años para el Estado, o diez, o trabajas hasta el viernes para el Estado, pero sábado y domingo es tuyo”.

MERCADO NEGRO CRECE

El economista nicaragüense Carlos Benavente dice que lo más importante que ha logrado Cuba “ha sido modificar toda la estructura para la búsqueda de su inserción en el mercado internacional, al punto de modificar la constitución cubana y permitir las sociedades anónimas, para hacer las empresas mixtas”.

Sostiene que el Estado cubano también renunció al monopolio del comercio exterior, quedando el Gobierno sólo con el monopolio del azúcar, el petróleo y los alimentos básicos, mientras las empresas extranjeras se concentran en el turismo, la biotecnología y los productos farmacéuticos.

El Estado cubano tiene inversiones conjuntas con compañías europeas y canadienses, mientras que “el mercado negro se desarrolla por el ‘efecto demostración’, porque al haber un incremento del consumo la gente pobre comienza a comprar más para llevar el nivel de vida de los ricos”, explica Benavente.

“Los paladares”, las comiderías populares que autorizó el Gobierno, han propiciado un nuevo tipo de empleo entre los cubanos, sobre todo niños o jóvenes, “que buscan clientes en las esquinas, en un mercado paralelo cuyo promotor es el paladar”, añadió el economista, quien viaja con frecuencia a la isla por asuntos de negocios.

Afirma que en Cuba no hay liberalización económica, sino apertura de las relaciones comerciales para elevar las exportaciones. “Es una economía mixta, donde el Estado tiene el monopolio de los productos estratégicos, como níquel, petróleo y los alimentos básicos”.

DEPENDENCIAS

Hasta 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder, el 70 por ciento del intercambio comercial de Cuba era con Estados Unidos. Luego el 80 por ciento de sus negocios los hizo con los países del campo socialista, hasta 1989. Después de 1990, la isla ha logrado que el 40 por ciento de sus exportaciones vayan a Europa, otro 40 por ciento a Canadá y América Latina, y 20 por ciento a China y Vietnam, indican informes oficiales.

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