I. EL JEFE DE FAMILIA
Antes de morir en la villa de Managua el 31 de marzo de 1824, don Pedro Chamorro Argüello —una de las primeras víctimas de la disolución anárquica desatada en Nicaragua a raíz de la independencia— recomendó a su esposa doña Josefa Margarita Alfaro llamar al hijo que tenía en Guatemala, casi de veinte años, para restablecer sus bienes en buena parte confiscados y educar a sus desamparados hijos menores. El último, acabado de nacer, era Fernando Chamorro Alfaro.
Tres años después, en enero de 1827, llegaba a Granada el hermano mayor de éste: José Fruto Pérez, hijo de Josefa Pérez y de don Pedro. Fruto había sido concebido durante la estancia guatemalteca de su padre, entre 1803 y 1807, cuando cursó primero el bachillerato en Filosofía —su tesis fue elogiada en la Gazeta de Guatemala el 28 y 29 de febrero de 1805— y luego el bachillerato en Derecho Civil. “Petrus Chamorro / per obtinendo Bacca – / laureatus gradu in Jure- / Civili; / etc”, decía en latín la correspondiente tarja —una hoja impresa por un lado—, datada el 30 de enero de 1807.
El primer paso de la madre política de Fruto, a quien don Pedro nunca dejó de suplirle todos sus gastos, fue pedirle que tomara el apellido de su esposo. “Fruto —refiere el historiador Pedro Joaquín Chamorro Zelaya— resistía por amor y respeto a su madre natural la señora Josefa Pérez, dando así muestras de que deseaba servir sin el estímulo del interés personal, y que no se avergonzaba de su madre ni de su origen humilde. Mas la viuda de su padre insistió, ordenó y él hubo de someterse”.
Inmediatamente Fruto Chamorro, quien sería el líder por antonomasia del conservatismo granadino en la primera mitad del siglo XIX, se hizo cargo de la administración de los bienes de la familia Chamorro y de la formación de sus seis hermanos: cuatro varones (Rosendo, Dionisio, Pedro Joaquín, Fernando) y dos mujeres ( Mercedes Jacinta y Carmen). Así, como un jefe de familia y tras haber concluido el bachillerato en Filosofía y asimilado conocimientos de agrimensura en Guatemala, se incorporaba a los 23 años a su nueva patria Fruto Chamorro.
Pronto el joven, decidido y enérgico, cumpliría a cabalidad los destinos asignados. No sólo restableció los intereses familiares, sino que él mismo comenzó a formar un capital propio. Igualmente, se preocupó por templar el carácter de sus hermanos.
II. PRESTIGIO SOCIAL Y POLÍTICO
Al mismo tiempo, Fruto Chamorro se integró a la sociedad granadina de la época, casándose con la hija de don Leopoldo Avilés: la “bella y acaudalada señorita” Mercedes Avilés, con la que procreó cinco hijas mujeres; y desempeñándose entre los suyos como albacea de herencias. Ese papel lo ejerció en el caso de las hijas menores de edad del finado Narciso Arellano: sus primas Luz y Elena Arellano Chamorro.
A ese prestigio social sumó el político, pues fue electo Diputado —en representación de su sector— para la Asamblea Ordinaria de 1836 e integró la Constituyente que decretaría la Constitución del 30 de abril de 1838. Luego fue designado Senador para el período de 1839 a 1842. Asimismo, sirvió importantísimos cargos: Supremo Delegado de la Triple Confederación Centroamericana, formada por El Salvador, Honduras y Nicaragua (mayo, 1843-marzo, 1845), Prefecto del Departamento Oriental (abril-agosto, 1845) y Ministro de Hacienda (septiembre, 1845-julio, 1846) antes de ser elegido Director Supremo del Estado (tomó posesión el primero de marzo de 1853) y de asumir, por vez primera en la historia de Nicaragua la Presidencia de la República.
III. EL PERIODISTA DEL MENTOR NICARAGËENSE
Chamorro, además, fue periodista, mejor dicho, canalizó en una publicación periódica sus ideas que respondían a un proyecto conservador de Estado-nación. Éstas pueden rastrearse en el semanario Mentor Nicaragüense que dirigió y editó en la Imprenta de la Universidad de Granada, a su cargo desde el 26 de octubre de 1841, cuando lanzó el “Prospecto” de dicho periódico: el más sobresaliente hasta entonces en Nicaragua. De acuerdo con ese documento, el objetivo del periódico era:
“La ilustración de los pueblos, presentándoles doctrinas sanas y sencillas de las materias que más les interesen; manifestarle todo aquello que influya en su bien y prosperidad; formar el espíritu público sobre las sólidas y verdaderas bases en que se funda nuestro sistema de Gobierno, y poner al alcance de todos, cuantas ideas y pensamientos hayan en relación con estos objetos”.
Veamos, pues, un resumen del pensamiento de don Fruto. En primer lugar, había claridad en sus ideas, reflejada vivamente en su periódico. Al referirse a las tareas propias de la prensa, resulta ilustrativa su nota introductoria. Dice:
“Quisiéramos poder seguir siempre la máxima de Horacio, de mezclar en nuestro periódico lo útil con lo dulce, para instruir al mismo tiempo y deleitar a los lectores, mas esto no es posible en ciertos asuntos que por naturaleza o en sí mismos llevan anexo el desagrado, sin que baste a removerlo el modo de tratarlos. Sin embargo, prefiriendo lo útil a lo deleitable, vamos a hablar de una materia interesante”. O sea —observa un historiador costarricense— que es necesario tocar ciertos temas en la prensa, aún cuando los mismos no pueden gustar a ciertas personas sensibles. “En ésta la responsabilidad del periodista y Chamorro no elude cumplir de modo adecuado su tarea. Y así lo hace”.
Tampoco elude su convicción de participar en política, comenzando con la municipal. “Este asunto —las elecciones municipales— demanda la personal cooperación más activa y eficaz de todos los hombres de bien”. (El subrayado es nuestro). Así, escribe: “La indiferencia, la apatía, la indolencia o la confianza de materia tan delicada es una gravísima culpa política, es una especie de traición a la Patria y a uno mismo; y es la prueba más concluyente de la falta de espíritu público y de patriotismo. El que deja abandonados los graves asuntos del Estado al ocaso o al arbitrio y maniobras del perverso, del inmoral o del aspirante, no debe tener una conciencia tranquila, sino que ha de ser turbada con continuos remordimientos por un largo período de su vida”. (El subrayado también es nuestro)
IV. IDEAS
En materia moral, Chamorro proclama la máxima cristiana: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo; máxima que dirige a los padres y madres de familia para que sus hijos no sean “unos facinerosos, entes despreciables, objetos de odio y de oprobio: odio y oprobio que redundarán con tristeza y consternación contra vosotros. No dejéis, pues, de predicarles el respeto y temor de Dios, el amor a la justicia y la caridad del prójimo”. Y remata con esta sentencia latina: “Discite justitiam moniti et nollite contennere Divos” (Aprended la justicia y guardaos de no querer menospreciar a los dioses). Aún más: transcurrida la celebración de la Semana Santa en Granada el año de 1842 (en la que constató “una grande, numerosa y general concurrencia poseída de recato y devoción, lo que prueba la moralidad de este pueblo y le coloca en un lugar muy distinguido”), editorializa propugnando por un mejor adorno y una mayor iluminación en los templos, ya que era preciso tener presente y no olvidar
“Que la Religión es el consuelo de los mortales; que influye mucho y muy poderosamente en las acciones de los hombres, en sus afectos, en su moral, en sus relaciones públicas y privadas, y que les enseña cosas a que no llega la autoridad civil; que en todos los países y en todos los tiempos ha existido un culto público; y que su publicidad tiene, como dice un sabio escritor, ventajas políticas y religiosas: políticas, por cuanto es un principio de concordia, de confianza y de fraternidad; religiosas, por cuanto pone a los hombres en estado de edificarse, de sostenerse y de animarse mutuamente con el ejemplo. Hay hombres enemigos del culto, porque destruyéndole piensan que destruyen su principio y su objeto. Por fortuna, en Granada no hay ninguno de estos hombres”.
En relación con el Ramo de Hacienda, defiende los intereses de los productores, en particular de los ganaderos, el más sangrado por impuestos (un 10 por ciento “en los aumentos de su especie” y un 5 en “los frutos o esquilmos”, todo por el derecho de diezmo), no sin antes establecer: “la riqueza del Estado la forman los capitales en giros de comercio, los hacendados de cacao, añil y cría de ganado; mas este último ramo sufre hoy el mayor recargo de derechos, de manera que lejos de recibir fomento por la ley, más bien parece que tienden a su destrucción, según las ligeras observaciones que vamos a hacer”. Y las detalla para concluir:
“Obsérvese el estado actual de las haciendas de ganado en los distritos de Acoyapa y Tipitapa. Compárense con el estado que tenían el año de 1830, y se advertirá una baja espantosa, que no sólo tiene su origen en las oscilaciones políticas sino que es en la exorbitancia de los derechos que hoy sufre, que son mayores que los del extranjero en las importaciones marítimas del comercio”.
En materia de policía, destaca los objetivos y jurisdicciones que le otorga: “La seguridad personal, la propiedad, el honor, la salubridad, la comodidad, la decencia son los primeros objetos de la policía. A su alcance están las cárceles, hospicios, hospitales, lazaretos, cementerios, montes, caminos, puentes, lagos, ríos, abastos, incendios, mercados, calles, plazas, edificios”. Y agrega que, como ramo de la administración pública, “no existe entre nosotros: parece un fantasma que sólo tiene nombre”.
INFLUENCIA DE FILANGIERI
En cuanto a la Instrucción Pública, no deja de ser significativo este concepto puntual: “que popularizar la instrucción no es darla con uniformidad, porque como dice este autor —se refiere al señor Filangieri, o sea, Gaetano Filangieri (1753-1788), jurisconsulto napolitano que delineó una instrucción pública a expensas del Estado con la finalidad de formar ciudadanos en el espíritu de la Constitución—: “Ella exige, hablando de la educación que se dé a cada uno según sus circunstancias y el objeto a que esté destinado. Que el colono reciba la instrucción necesaria para ser Ciudadano o colono, y no para ser Magistrado o caudillo; que se dé al artesano en su infancia una educación a propósito para alejarle del vicio, para inclinarle a la virtud. Al amor a la Patria, el respeto a las leyes, y para facilitarle los progresos de su arte; mas no la que se requiere para dirigir la Patria, y llevar el timón del Gobierno. Finalmente , la educación pública exige, para ser universal, que participen de ellas todas las clases y todos los órdenes del Estado, pero no que todos estos órdenes y todas estas clases tengan en ella su misma parte. En una palabra, debe ser universal, pero no uniforme; pública, pero no común”.
Aparte de esta acotación excluyente, Chamorro insistía en la educación moral (“ser buenos padres, buenos hijos, buenos esposos, buenos hermanos, buenos amigos y buenos cristianos”) y privilegiaba la enseñanza elemental o primaria (“que, en opinión de algunos políticos y economistas, es la que el público está obligado a costear”). En esa misma línea, se apropiaba de un curioso Capítulo sobre el matrimonio, extraído de la obra de Miss Hannah Moor (1745-1843) sobre el sistema moderno de educación de las mujeres.
ESPOSA , COMPAÑERA, SEÑORA Y DAMA
Al respecto, en el Mentor Nicaragüense (Núm. 8, sábado, 18 de diciembre, 1841) hizo suyo, transcribiéndola, la siguiente clasificación de Moor, escritora inglesa cuya influencia pionera en el pensamiento feminista de Nicaragua permanece desconocida: “Hay cuatro clases de mujer entre las candidatas al matrimonio, que son: las esposas , las compañeras, las señoras y las damas. El hombre se une a una esposa, se casa con una compañera, obsequia a una señora y se apalabra con una dama. Es feliz con una esposa, discute con una compañera, bosteza con una señora y cela a una dama. Es amado por una esposa, bien tratado por una compañera, estimado por una señora y tolerado por una dama. Es uno con su esposa, pareja con su compañera, acompañante de la señora y portero de la dama. Cuando un hombre enferma, lo atiende su esposa, le compadece la compañera, le visita la señora y se informa de su salud la dama. Si el hombre empobrece, le consuela la esposa, le aconseja la compañera, le riñe la señora y le abandona la dama. Si el marido muere, se desespera la esposa, llora la compañera, se consuela la señora y se casa la dama, porque las damas son las que menos pueden aguantar la viudez”. Desde luego, Fruto Chamorro prefería a la esposa y a la compañera; y no se le conocieron affaires con señoras y damas.
PROYECTO DE ESTADO –NACIÓN
Hasta aquí las principales ideas expuestas en el Mentor Nicaragüense, periódico que dejó de publicarse en su número 24, correspondiente al 16 de abril de 1842. Como afirmamos, articulaba un proyecto de Estado-Nación, o más específicamente de Gobierno, desde el estatus social del hombre representativo que era Fruto Chamorro.
En fin, tales ideas las compartían los hombres de bien, en concreto quienes lo nombraron para encargarse de la Imprenta de la Universidad de Granada. Ellos debían participar en dicho gobierno y dirigir, exclusivamente, ese proyecto. Por el contrario, estaban excluidos de ambos —de acuerdo con esta concepción— los autores de libelos y pasquines, cuyas invectivas y ocultas amenazas “son de hombres oprimidos —sostenía don Fruto—, de los que no tienen libertad para hablar y escribir, y de los esclavos que no pueden expresar sus sentimientos, sino en la oscuridad y de un modo clandestino”.
Porque, al plantear esta dicotomía, Chamorro optaba por el primer tipo de hombre: el hombre libre, el justo republicano “que con la franqueza y el orgullo siempre modesto que le caracteriza, habla y escribe en público sin el recelo de ser conocido porque sus palabras y discursos todos deben ser dirigidos al bien común”. Y condena a su opositor: el que “gruñe y ladra en la oscuridad”, reduciéndole a categoría zoológica. Luego se pregunta y, sin tutubear, responde:
“Mas ¿cuál es el objeto del que escribe pasquines, invectivas y amenazas? En verdad que no puede tener otro que el muy innoble y reprobado de desahogar pasiones y de promover el disturbio público. Objeto criminal digno de severo castigo”.
V. “CAMPEÓN DEL ORDEN”
Verdadero conductor en materia política, Chamorro concebía ésta como un padre riguroso. Sin embargo, no pudo plasmar, en la realidad, sus ideas obsesionadas por el orden y partidarias de un sistema capaz de poner freno a las facciones anárquicas y de administrar con método, pureza y economía el tesoro nacional, requiriendo de un Gobierno fuerte y centralista, cuyo fundamento social estribara sólo en la virtud y el talento. Al respecto, su pensamiento es interpretado por Chamorro Zelaya:
“Fruto encontraba que la causa principal de los desórdenes en Centro América era la nulificación de la primera autoridad, como una reacción natural contra el poder absoluto de los reyes; y la triple soberanía de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, lo que es distinto a la independencia de los mismos entre sí; y a veces la preponderancia del Legislativo, proclive a la peor especie de dictadura…”
Ejemplo a seguir, Fruto asumió el papel de empeñarse ser un “Campeón del Orden”. Esta bandera la enarbolaron, por un lado, el Comandante de las Armas (a partir de 1845) general J. Trinidad Muñoz —vinculado a León— y, por otro, el coronel Fruto Chamorro, principal jefe del bando granadino. Pero sus conceptos de orden, esgrimidos por ambos para justificar sus acciones, eran diferentes. Para el primero, consistía en la erradicación a la fuerza de las manifestaciones de la anarquía popular, a la que primero agitaba y luego aparecía como su indispensable sofocador, con el fin de adquirir prestigio y ser considerado “el salvador del país”.
FUNDAMENTACIÓN IDEOLÓGICA
En el segundo, el orden constituía toda una fundamentación ideológica. Para don Fruto, el orden era la contraparte necesaria y legítima del desorden, del tumulto demagógico y de los alzamientos populares; es decir, la respuesta para continuar una situación semejante a la proporcionada por la quietud colonial, donde se desarrollase el cómodo estatismo de las familias ricas. O, más precisamente, el de la suya, para lo cual había sido mandado a traer por su madrastra a Guatemala, donde llamaban serviles a los que no eran liberales exaltados.
Fue el caso de su padre quien, en compañía de don Crisanto Sacasa y del presbítero Policarpo Irigoyen, había organizado en Managua el primer embrión de partido conservador en el marco de la guerra civil de 1824. Embrión o bando político que se identificaba con los sacasistas o serviles y contra los ordoñistas o fiebres, acaudillados por Cleto Ordóñez. Los sacasistas, obviamente, eran encabezados por don Crisanto Sacasa, quien conciliaba el conservatismo social con el liberalismo económico. Para José Coronel Urtecho, el sacasismo granadino —truncado con la guerra civil de 1824— consistía en una modificación de la mentalidad colonial por la capitalista. Pero tenía dos faces: una tradicionalista, de donde se derivaban el patriarcalismo, el clericalismo, el orientalismo granadinista, la tendencia oligárquica y el sentido del orden: y otra moderna, expresada en los siguientes elementos: subordinación de la política a la economía, sentido burgués de la posición social fundada en el capital, desprecio de la pobreza como señal de inferioridad y sobreestimación absoluta del dinero.
MENTALIDAD EMPRESARIAL
El conservatismo de Fruto Chamorro, igualmente, conciliaba ambas faces. Ya detectamos, al sintetizar sus ideas, la dimensión tradicionalista que las caracterizaba. Ahora veremos su tendencia moderna. Ésta también la expresó en el Mentor Nicaragüense. Por ejemplo, don Fruto poseía una mentalidad empresarial. A tal conclusión se llega después de analizar su plan de la Hacienda Modelo, expuesto en varios números del periódico. Con ella, intentaba promover la agricultura de su región, sosteniendo e incitando a los vecinos propietarios:
“Depongamos todo miedo y todo recelo en esta especulación. Es empresa muy sencilla y muy conocida. Muy pocos ignoran cómo se siembra y se cosecha el maíz, arroz, frijoles, trigo, caña dulce, jiquilite, algodón; y no faltan inteligentes para el cultivo de otros artículos de agricultura. Muy pocos ignoran que estos trabajos, hechos en pequeños, por individuos aislados y escasos de recursos, producen utilidad; y todos deben conocer que ésta debe aumentarse en razón directa de los fondos o capitales, a más de la economía y demás ventajas que resultan de un trabajo en grande, con desahogo, y sin necesidad de mal vender los frutos”.
La Hacienda Modelo, formada por 200 accionistas y un director, no llegó a concretarse, pese a que sus primeros socios —23— se reunieron en varias ocasiones. Su intento por llevarla a cabo, sin embargo, revelaba el pragmatismo económico de don Fruto, quien la consideró no sólo de interés individual, sino general.
VISIÓN NACIONAL DESDE SU GRANADINISMO
Al mismo tiempo, esta iniciativa no excluía la promoción del comercio interno, ya que don Fruto —en las mismas páginas del Mentor Nicaragüense— concibió otro plan: el de establecer dos ferias en Granada, que tampoco llegaron a realizarse. Una “el 8 de diciembre, día de la concepción, que durará 8 días y la otra el 1 de marzo”. Porque Granada —sostenía— “posee todos los ramos: ganado de toda clase, maderas, tintas, frutos, cacao, café , cueros y otros infinitos artículos”.
Mas esta evidente manifestación de tendencia localista, iba acompañada de una idea constante del imaginario nacional en formación: la del canal interoceánico, mito a través del cual Granada tendría un porvenir grandioso, pues “su posición geográfica —consignó don Fruto, en principio— es tan adecuada para traficar con todos los demás estados y con las plazas extranjeras”. En este sentido, mantenía una sección permanente, titulada “Comercio”, en el Mentor Nicaragüense con el fin de promover ese “manantial de la riqueza de un Estado”, como definía tal actividad económica.
Otras secciones del periódico, aparte del Editorial, se titulaban “Administración de Justicia”, “Economía”, “Industria”, “Legislación” y “Variedades”. En todas ellas planteaba reformas modernas de corte capitalista, reflejando una visión nacional desde su granadinismo y estableciendo, con claridad programática, el concepto de patria. “Non solum nobis nati sumis; sed partim vindicat patria”: “No hemos nacido sólo para nosotros; sino también para la patria”, decía el lema, en cada uno de sus números del Mentor Nicaragüense.
“EJÉRCITO RESTAURADOR DEL ORDEN”
Ahora bien, al anterior resumen de las ideas socialmente tradicionales y económicamente progresistas de don Fruto, hay que sumar la marca civil o civilista en la que insistía, contraria a la militar o militarista de J.Trinidad Muñoz, su antagonista regional que representaba los intereses de León y, como vimos, recurría a otra concepción del orden. Tras debelar el movimiento armado y agrarista de Bernabé Somoza en 1849, con la cooperación de don Fruto, Muñoz se proclamó “el defensor de la libertad del orden en Nicaragua”. Pero este líder occidental cometió el error de ejecutar un golpe de estado el 4 de agosto de 1851 al Gobierno constituido del licenciado Laureano Pineda —quien había sido electo como Director Supremo, significando el triunfo de Oriente— perdiendo su disputa política ante Fruto Chamorro.
En todo caso, Fruto no pudo impedir la guerra civil de 1854: culminación del proceso anárquico experimentado hasta entonces por Nicaragua, pese a su decidido empeño de restaurar el orden y reorganizar la República. Este objetivo se lo impuso al triunfar sobre Muñoz, lo que significó la derrota de León, quedando no sólo dueño del poder efectivo, sino también del prestigio necesario para ganar las próximas elecciones del Director Supremo.
TRIUNFO Y ELECCIÓN DE CHAMORRO
Esta victoria electoral fue legitimada por el decreto, que había emitido y sancionado la Asamblea Legislativa el 26 de febrero de 1853, dictado en base del dictamen de la Comisión respectiva de la Asamblea de tabla demostrativa del número de candidatos que fueron 26. De ellos, Chamorro obtuvo 96 votos, Francisco Castellón 193, José Sacasa 157, Rosalí Cortés 70 y los restantes entre 13 y un votos. Por tanto, atendiendo al principio de la igualdad social —“paladín del republicanismo”, según la Constitución de 1838— dicha Comisión concluyó que “a favor de ninguno —se refería a los tres primeros— hai (sic) los sufragios necesarios para constituir elección popular”; pero que, obligada a elegir “con tino al varón ilustre que las circunstancias designen para conducir victoriosa y dignamente la marcha política y social de Nicaragua”, había resuelto emitir ese decreto.
José Coronel Urtecho anota al respecto: “Desde tu toma de posesión del primero de abril de 1853, don Fruto hace sentir , con su característica firmeza, que tratará de llevar a la práctica su concepto de orden que en efecto, será el consagrado por la Constitución de 1854”. Concepto marcado por la tradición colonial, específicamente paternalista, que plasma en el “Mensaje” de su toma de posesión el 24 de abril del mismo año de 1853, sumado a una voluntad nacional de representar a todos los pueblos y regiones del Estado:
“Todos los pueblos del Estado son para mí una sola familia, una sola identidad. El mal de uno afecta a los otros; es mal común. Por eso mi Gobierno no verá en cada uno de ellos sino un objeto en ejercitar su paternal solicitud. Jamás he considerado como enemigo común a ningún pueblo; enemigo sí de la tiranía, la he combatido en León como en Granada, en Managua como en Rivas; la he combatido donde la he visto. No soy ciudadano de un pueblo, sino de todos los pueblos: mi patria es el Estado”.
DESEQUILIBRIO ENTRE LEÓN Y GRANADA
El mismo historiador afirma que Chamorro no logró resolver —siquiera en una forma viable— el problema del equilibrio entre Granada y León, o entre Oriente y Occidente, que era —al fin y al cabo— el principal problema político del país. No convenció a los leoneses que Chamorro, durante su primera administración como Director Supremo, haya invertido nueve mil pesos para reparar una de la torres de la Catedral —dañada por un rayo— ni adquirido los terrenos del cementerio e iniciar su construcción, ni comprado en 7,500 pesos la casa del Cuartel que no pertenecía al Estado. Tampoco quedaron satisfechos con otras acciones que ratificaban su tendencia nacional, abarcando el Occidente del país —como la creación de una feria anual en El Viejo— y el Septentrión, al donar mil pesos de la masa decimal a los indígenas del Departamento de Segovia para remediarles la escasez que padecían, y 500 pesos para proporcionar maíz a los agricultores a fin de que lo cultivaran. Siempre en León, estableció la Lotería a favor de la beneficencia, canceló los atrasos de las listas civil y militar, heredadas de administraciones anteriores; devolvió a la Metrópoli el Palacio Episcopal; aumentó la renta para el Hospital, reparó la Casa del Cabildo y socorrió personalmente a varios vecinos, entre ellos a un señor Carmenate, a quien donó 50 pesos para resarcirlo del incendio de su casa. “Las viudas y los defensores de la patria y los inválidos —puntualiza Chamorro Zelaya— por las mismas causas tenían sus pensiones al día”.
Porque, viendo en Chamorro un adversario de temple —dispuesto a imponer su criterio y a consolidar la hegemonía de Granada— los mismos leoneses inmediatamente conspiraron contra su gobierno, alegando el derecho de insurrección. Pero Chamorro, sosteniendo la necesidad de prever los males antes que remediarlos, capturó, procesó y expulsó del país a los cabecillas, como lo justificara en su mensaje del 21 de noviembre (también de 1853)
A los líderes políticos de León, convencidos del desequilibrio que significaba Chamorro, no les quedó otra opción que invadir el país desde Honduras, iniciando la llamada guerra civil de 1854. A ella, por otra parte, había contribuido el primer acto trascendental de la administración Chamorro que fue dictar el decreto gubernativo del año anterior, convocando a elección de diputados para una Asamblea Constituyente. Ésta se reunió en Managua el 22 de enero de 1854 y el 30 abril siguiente fue aprobada. Chamorro, entonces, fue nombrado por dicha Asamblea para servir el primer período constitucional (del 1 de marzo de 1855 al 1 de marzo de 1857), con lo que concluirá el término de dos años para el que había electo como Director Supremo en 1853. Se inauguraba, en suma, una nueva carta fundamental que otorgó el nombre de Presidente de la República al jefe de Estado, fijando en cuatro años la duración del período presidencial.
BIBLIOGRAFÍA
ARELLANO, Jorge Eduardo: General Fernando Chamorro Alfaro, Managua, PAVSA, 2000; CORONEL URTECHO, José: Introducción a la época de la anarquía en Nicaragua. Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano. Núm. 134, noviembre, 1972, pp. 39-49; CHAMORRO CHAMORRO, Martín: La Lección de Don Fruto Chamorro. Granada, Ediciones del Partido Nacional Conservador, 1994; CHAMORRO ZELAYA, Pedro Joaquín: Fruto Chamorro. Managua; CUADRA CH., Pedro J.: La posición histórica de don Fruto Chamorro en Nicaragua. Granada, Tip. de El Centro-Americano, 1938; CUADRA PASOS, Carlos: Fruto Chamorro / Breve comentario a una intensa vida. Managua, Fondo del Grupo Conservador Tradicionalista, 1947.