Hasta anoche, Ricardo Mayorga no sabía si pelearía o no este día en Nueva York.

¡Mayorga estrangulado!

Edgard Tijerino M.Enviado especila/Nueva York ¿Qué diablos estoy haciendo aquí? Eso me pregunté mientras veía, atormentado, cómo la posibilidad creciente de ver a Ricardo Mayorga estrangulado por el exceso de peso, se convertía en algo real, drástica y dramáticamente irreversible. Como el ahorcamiento de Judas, la puñalada de Brutus, la muerte de Aquiles. No es […]

Edgard Tijerino M.Enviado especila/Nueva York

¿Qué diablos estoy haciendo aquí?

Eso me pregunté mientras veía, atormentado, cómo la posibilidad creciente de ver a Ricardo Mayorga estrangulado por el exceso de peso, se convertía en algo real, drástica y dramáticamente irreversible.

Como el ahorcamiento de Judas, la puñalada de Brutus, la muerte de Aquiles.

No es posible que se haya estado manejando “no hay problemas”, cuando Mayorga estaba siendo aplastado por la inutilidad de llevar la aguja de la balanza a las 147 libras.

Un muscularmente inadvertido José Rivera, a simple vista “carne para el asador” frente a la furia casi homicida de Mayorga, registró 146 libras y un cuarto, en tanto el nica, que llegó con hora y media de retraso, hizo saltar la báscula hasta 153 libras y media, dejando a los que no tenían la menor idea de la dificultad por la que estuvo atravesando, con la boca abierta.

La noche del jueves, cuando llamé a la habitación de Rigoberto Garibaldi buscando como nos reuniéramos para cambiar impresiones en el Café Starbucks enfrente del Hotel, me sorprendió su respuesta:

“Lo siento. No puedo ahora, voy a trabajar con Ricardo”

¿Trabajar por la noche a pocas horas del pesaje? Obviamente no era necesaria ninguna traducción.

Bueno, dije, Mayorga puede estar peleando con algún sobrepeso nada alarmante. El equipo que dirige Carl King, había dicho que “todo estaba normal”.

En la mañana, antes de las 7:00, volví a marcar el número de Garibaldi y nadie respondió, cambié para la habitación de Mayorga y quien tomó el teléfono fue Garibaldi.

“Estoy trabajando con Ricardo. Tiene que seguir botando peso”.

¿Cuántas libras?

“Es algo, pero tenemos que trabajar”.

¿Peligra la pelea?

“Estamos luchando para evitar eso”

El pesaje estaba señalado a la una de la tarde en la esquina de Fulton y Williams, cerca del Bronx.

Mientras caminábamos hacia la estación del Metro, Kelly Swanson del equipo de Don King me dijo: “Hay problemas con el peso de Mayorga. Será difícil que logre reducir lo que necesita”.

En un lugar tan pequeño como una de las aulas del Incae y con una hora de retraso, se realizó el pesaje, sin Mayorga. La gente de Rivera se extrañó de no verlo y comenzaron a investigar.

Cuando la situación quedó al descubierto para los boricuas, le pregunté a Rivera, que cuántas libras de más toleraría, y me dijo “tres libras, o quizás cinco”. Un momento después me dijo: “no más de tres”.

Pero, cuando Ricardo marcó 153 y medio, las negociaciones otorgaron el visto bueno para permitirle 151 y un cuarto.

“No, no puedo bajar más. Imposible”, dijo Mayorga, y tomó un poco de agua y un centímetro cúbico de gaseosa.

Recordé aquel diálogo de Juan Rulfo en su Pedro Páramo: ¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? No Doña Eduviges. Más te vale.

LLANTAS BAJAS

El equipo de Ricardo Mayorga encabezado por Carl King, el hijo del Don, quedó con las llantas bajas en abierta desventaja buscando como salvar la pelea.

“Todo es negociable”, me dijo el abogado Tony González, mientras un agobiado Garibaldi, veía frustrarse el intento de usar las dos horas permitidas para volver a la báscula.

“Qué problema, me siento mal”, dijo en español Carl King y trató de estirarse en la butaca llevando sus manos a la cabeza.

“Pienso que encontraremos la forma que la pelea se haga. Hay tiempo para seguir negociando”, agregó Tony González.

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