Adolfo Bonilla
“Cuando ando con tragos yo manejo mejor”, es una de las expresiones comunes entre los beodos. Hace más de tres decenios, en una madrugada me tocó ir de pasajero en una carretera montañosa y sinuosa –pendiente abajo–, hasta la ciudad de Panamá. El que nos llevaba en un jeep era un amigo que estaba en ese momento ‘hasta donde no es’. Le sugerimos que le diera la llave del traste a uno de nosotros, pero como era de esperarse ripostó: “Cuando yo ando así soy más tranquilo, no se preocupen”. Insistimos, pero no cedió. Confiamos en él.
Total, desde que encendió el ‘yipito’ arrancó raudo, sin parar y sin hacer caso de nuestras palabras y súplicas, hasta que llegamos a un restaurante donde se detuvo, apagó la ignición y se quedó dormido sobre el timón. El resto nos fuimos a cenar y como una hora más tarde regresamos, encontrándolo en la misma posición en que lo dejamos. A pesar de todos los esfuerzos por despertarlo, aun después de trasladarlo al asiento trasero no recobró el sentido.
¿Habrá ido consciente este sujeto cuando iba al volante? Sólo por la gracia de Dios no nos accidentamos en el camino. Este personaje iba manejando sin saber lo que iba haciendo. Iba con ‘el automático’ puesto. Es en estas situaciones cuando se atropella a alguien, se choca contra algo o contra otro vehículo, y el que anda pasado de tragos muchas veces no recuerda qué sucedió porque anda temporalmente con amnesia alcohólica (laguna mental, también la llaman) y algunas veces no despierta nunca.
Hará unos tres años, un joven de unos 29 años de edad, con un buen puesto de trabajo y con un buen futuro por delante, no escuchó el Mensaje de Alcohólicos Anónimos que le llegó hasta su oficina, y una madrugada –manejando en completo estado de ebriedad y a toda velocidad– se estrelló contra un muro de la Laguna de Tiscapa y se precipitó guindo abajo. Allí terminaron sus días, dejando un niño huérfano de corta edad y una viuda.
Es claro que cuando alguien ingiere licor nunca piensa que le puede ocurrir a él porque se considera distinto a los demás; pero no, el alcohol no distingue edad, raza, sexo ni capacidad intelectual ni nada, puesto que la clave está en que esta sustancia altera la mente y cuanto más guaro se consuma más le afecta el comportamiento.
Ojalá en esta Semana Santa haya un poco de mayor prudencia y sensatez entre los conductores de vehículos, para que no expongan sus vidas ni las de las demás personas. Lo que se acostumbra en Suecia es turnarse entre amigos la tarea del manejo. A una fiesta van –digamos– dos parejas en un mismo carro y el que va de chofer no bebe, y en la siguiente ocasión se intercambian la responsabilidad de conducir. Los familiares y amigos tienen también que colaborar, a fin de tratar de evitar accidentes mortales. Lo recomendable es reflexionar antes de echarse el primer trago porque después del primero ya no se puede reflexionar. Felices y sanas pascuas a todos.
El autor es periodista.