La rebelión del 4 de abril y los motivos de su fracaso

  • Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.(San Mateo, Capítulo 5, versículos del 1 al 10)

Hugo Ramón García

La rebelión del 4 de abril de 1954, un día como hoy hace cincuenta años, ha sido y sigue siendo por razones de historia la rebelión más contundente para acabar con la dictadura militar de Anastasio Somoza García, quien por ese tiempo pretendía, rompiendo el orden constitucional, prolongar su fastidiosa presencia en el poder público a través de los pactos políticos celebrados en Managua el 3 de abril de 1950 con el caudillo del Partido Conservador de Nicaragua, general Emiliano Chamorro Vargas, que la opinión pública denominó como “el Pacto de los Generales”.

Tres motivos fundamentales dieron origen a que la rebelión del 4 de abril de 1954 fuera aplastada militarmente: a) la cancelación de la gira a Montelimar por parte de Somoza Gacía, quien se dirigió al Aeropuerto Internacional Las Mercedes a recibir un lote de caballos de raza que le enviaba de regalo el funesto dictador de la República de Argentina, Domingo Perón; b) la infame infidencia que hizo del complot un traidor, un infiltrado, de esos cobardes elementos que imitan con sus acciones el papel de Judas; y c) la ausencia de unidad en concepto de mando a causa de la diferencia de criterios que se dio entre los mismos rebeldes, lo que vino a desembocar en una absoluta anarquía que dejó por resultado una espantosa matanza que el tiempo ni la historia olvidarán, y en donde perecieron 23 ilustres ciudadanos.

Las condiciones de secuestro estaban muy bien planificadas, y dentro de los ataques estudiados, le correspondía al ex teniente académico Adolfo Báez Bone, originario de Juigalpa, Chontales, dispararle al carro presidencial donde viajaría a Montelimar el dictador con sus hijos. Todos los complotistas se hallaban disgregados en “sitios claves”, listos al ataque, pero como el plan fracasó por las causas ya detalladas, Somoza García alentado de natural perversidad ordenó a sus buitres una masiva masacre que golpeó hondamente la conciencia nacional, sometiendo a la práctica su bellaca teoría de la cual se ufanaba: “Plata para los amigos, palo para los indiferentes, y plomo para los enemigos”.

Al fracasar rotundamente la rebelión de aquel abril, “caluroso y florido”, como lo llama en su apasionado poema Edwin Castro Rodríguez, y ser capturado por la guardia Adolfo Báez Bone, el “célebre” coronel Anastasio Somoza Debayle, que había egresado de la “universidad” del crimen, la diabólica West Point, terminantemente con su estilo autoritario de un tirano profesional, instruyó a sus chacales para que lo remitieran a su despacho, y a su presencia, y estando en el lugar aludido, lo vapuleó cobardemente a golpes y patadas, pero Báez Bone, como todo hombre valiente, de aquellos que saben morir por un ideal, le tiró encima al psicópata continuador de la dinastía su misma sangre, haciéndolo que por esos caros efectos quedara padeciendo de trastornos mentales, hasta que fue enviado a una clínica de los Estados Unidos.

Este complot contaba con la suficiente ayuda económica del Partido Conservador de Nicaragua y además con la solidaridad de muchos oficiales de la extinta Guardia Nacional de Nicaragua, lo mismo que por la gigante hazaña de Jorge Rivas Montes, y la sobresaliente participación de destacadas figuras de la sociedad civil entre ellas doctores Enrique Lacayo Farfán y Francisco (Paco) Ibarra Mayorga, pues cabe decir que este movimiento libertador era de extracción democrática, porque todos los insurgentes involucrados en el plan tenían por razones de nacimiento esa hidalga formación.

En esa ocasión que relata la historia, el viejo Tacho, serviría de “mediador” en un conflicto familiar que se había suscitado entre los hermanos Luis y Tachito, y los tres conjuntamente, padre e hijos, habían convenido viajar a Montelimar para ponerle fin a través del diálogo al problema apuntado, que de no haberse aplazado, y el complot hubiese triunfado, indudablemente que este país acosado más que nunca por tanta corrupción, viviera en un clima de auténtica democracia, ya que por este entonces Nicaragua contaba con excelentes valores que hubieran respondido por la dignidad y el decoro de la República, en cuyas entrañas se siguen viviendo angustiosos momentos, ya que puede más la necia ambición de los indolente y oportunistas, antes que las buenas intenciones de los sensatos.

Otro que sufrió la ira infernal y enconada del verdugo de “La Curva”, era Pablo Leal Rodríguez. A este insobornable patriota, el “flamante” Tachito, el de lentes oscuros, “que se impide ver el fondo del alma”, como lo dijera una vez el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en uno de sus tantos editoriales, dándole rienda suelta a sus sádicos instintos, con una bayoneta le cortó la lengua, hasta llevarlo al final del martirio que le tenía deparado.

Que el espíritu de lucha de los inmolados el 4 de abril de 1954 ilumine la conciencia en formación de las presentes generaciones para que asuman con responsabilidad ciudadana los retos de la historia, y sepan honrar a la patria con el buen ejemplo.

El autor es periodista de Somoto.

Editorial
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